La destrucción creativa es el proceso de mutación industrial que revoluciona la estructura económica desde adentro, destruyendo continuamente a la estructura antigua”.

Joseph Schumpeter

En la primera parte de este artículo, analicé la destrucción ocurrida en diversas ciudades famosas en la Antigüedad y la Edad Media. Mencioné como en Alejandría, Constantinopla, Córdoba y Tenochtitlán, grandes obras fueron devastadas, ya sea porque sus enemigos consideraban que sus preceptos religiosos y costumbres eran contrarios a los suyos o, simplemente, por el capricho de eliminar cualquier vestigio de las civilizaciones anteriores. En otros casos, la destrucción fue causada por la rapiña, la ambición o incluso por descuido.

La destrucción puede no ser mala si conlleva a la transformación y a la renovación. El economista Joseph Schumpeter define el proceso de “destrucción creativa” en su libro Capitalismo, Socialismo y Democracia (1942), señalado al principio de este artículo. Este proceso de destrucción es fundamental para que nuevas empresas surjan y la economía crezca.

Un concepto similar es utilizado en algunas culturas antiguas. En el hinduismo, Brahma es el dios de la creación, Vishnu es el de la preservación, mientras que Shiva es la deidad de la destrucción. Este último representa el final de la vida, pero en el contexto de que la muerte otorga la posibilidad de que la vida surja nuevamente.

Cuando la destrucción carece de una propuesta para construir algo mejor y únicamente busca eliminar lo que existe, la sociedad resulta seriamente afectada. En 1862 el escritor ruso Iván Turgenev en su novela Padres e hijos, popularizó el término Nihilismo con la frase: “El Nihilista es un hombre que no acata ninguna autoridad, que pone en duda y no acepta ningún principio por muy respetable que este sea”. Unos años después surgió el Anarquismo, movimiento encabezado por Mijail Bakunin, quién influido por el Nihilismo, expresó el rechazo total a toda forma de autoridad y gobierno. Para Bakunin, el poder es la causa de la corrupción de todo gobernante, por lo que su movimiento se oponía a todo tipo de orden y gobierno. Los anarquistas buscaban la destrucción de los valores e instituciones de la sociedad, pensando que la destrucción generaría, de manera espontánea, un modelo sin los defectos y sin la corrupción del pasado.

A finales del siglo XIX el Anarquismo cobró gran fuerza y se tornó en un movimiento sumamente violento. Entre 1881 y 1913 más de 17 mil personas, incluyendo 40 jefes de estado, políticos y miembros de los cuerpos diplomáticos, entre los que se encontraban el Zar Alejandro II de Rusia, el presidente Sadi Carnot de Francia, la princesa Sizzy de Austria, el rey Humberto de Italia, los presidentes Garfield y McKinley de Estados Unidos y el Primer Ministro español Antonio Canovas, fueron asesinados en ataques terroristas provocados por anarquistas. Como es obvio, este afán de destruir por destruir, además de terminar con miles de vidas de civiles, nunca creó ninguna obra ni mecanismo que beneficiará en algo a la sociedad.

En 1914, el primer país en ser invadido durante la Primera Guerra Mundial fue Bélgica, país que tenía la mala fortuna de localizarse en la ruta de ataque de Alemania hacia Francia. Los alemanes no esperaban que Bélgica con su pequeño ejército opusiera resistencia, sin embargo el gobierno belga decidió resistir. Los alemanes atacaron con excesiva crueldad, concentrando su ofensiva en la ciudad de Lovaina. En esta antigua ciudad, se demolieron e incendiaron más de 9 mil casas. La Biblioteca de la Universidad, fundada en el año 1425, fue incendiada intencionalmente provocando que más de 230 mil volúmenes fueran consumidos por el fuego, incluyendo 750 manuscritos medievales. La destrucción de Lovaina no era necesaria desde el punto de vista militar; su único objetivo era causar pánico entre la población civil belga. El alto mando alemán siguió los preceptos de Carl von Clausewitz, famoso estratega militar de principios del siglo XIX, que decía: “El terror acorta las guerras”. Sin embargo, el resultado fue contraproducente para Alemania, ya que provocó un cambio en la actitud de varios países en relación a su participación en la guerra. La prensa inglesa calificó este hecho como “una traición a la cultura y a la civilización”. La “violación de Lovaina” provocó que el pueblo inglés decidiera apoyar a Bélgica y alistarse para ir a la guerra.

En mayo de 1933, Joseph Goebbels, recién nombrado Ministro de Propaganda del régimen Nazi, autorizó “la quema de libros”. Tanto en Berlín como en 30 pueblos universitarios, se destruyeron libros de más de 150 escritores famosos. Las obras de Emile Zola, Sigmund Freud, Marcel Proust, Thomas Man, Ernest Hemingway, Karl Marx y muchos otros, fueron quemadas. Este atentado contra la cultura universal ocurrió, irónicamente, en la Plaza Bebel de Berlín que está localizada entre el edificio de la Opera, la Universidad y la Catedral, justo en el centro cultural y religioso de la ciudad. La quema de libros fue el preámbulo de la terrible destrucción ocurrida en los siguientes años, donde millones de personas perdieron la vida.

Ese evento no fue muy diferente a lo que ocurrió unas décadas después en Bosnia, La destrucción selectiva de bienes culturales, archivos y bibliotecas fue deliberadamente utilizada durante la Guerra de Yugoslavia (1992-1995). Los ejércitos serbio y croata tenían como objetivo borrar el pasado musulmán de Bosnia y para ello, dañaron seriamente muchas construcciones, destruyendo pruebas materiales, como libros, documentos y obras de arte, que podrían recordar a las generaciones futuras, que diferentes etnias y religiones habían compartido un patrimonio común por siglos.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los Aliados en su conquista del norte de Italia, bombardearon en el año 1944 la Abadía de Montecassino. Este monasterio, fundado en el año 529 fue la cuna de la orden Benedictina y tuvo como alumno más célebre a Tomás de Aquino. El monasterio nunca fue ocupado por tropas alemanas, pero fue atacado por 240 aviones estadounidenses, ya que como reconoció el gobierno americano en 1969, los Aliados, estaban erróneamente convencidos de que era utilizado como fortaleza militar. El monasterio fue totalmente destruido, pero sus manuscritos medievales y sus pinturas habían sido resguardadas en El Vaticano.

En ese mismo año, la ciudad de París casi fue destruida ante la orden de Hitler de dinamitar todos los monumentos de la ciudad si las tropas alemanas no lograban resistir un ataque de los Aliados. Sus palabras textuales fueron: “París no debe caer en manos del enemigo, salvo siendo un montón de escombros”. Aun cuando la orden no fue cumplida, como se detalla en la novela ¿Arde París? de Dominique Lapierre y Larry Collins, el afán destructor del dictador Nazi, no tenía límite. En el otoño de 1944, después del levantamiento anti-nazi en Polonia, la ciudad de Varsovia fue devastada. Ante el avance de los Aliados y la derrota inminente de Alemania, Hitler exigió a su pueblo en febrero de 1945, “un último esfuerzo por la defensa del territorio alemán”, para lo que reclutó niños y ancianos para defender Berlín. Un mes después, Hitler ordenó “destruir cada puente y bloquear cada carretera”. La conducta nihilista y auto-destructiva del dictador nazi es incomprensible, ya que ante una derrota inminente, prefirió ver a su población y a su país devastados, antes que aceptar la rendición.

En la tercera parte de esta serie, analizaré los destrozos de la Revolución Cultural China en la década de 1960 y la autodestrucción de Camboya por el régimen dictatorial de Pol Pot en la década de 1970. También comentaré sobre el movimiento de guerrilla maoísta “Sendero Luminoso” en Perú y la devastación de monumentos religiosos por parte de los Talibán e ISIS en el Medio Oriente. Concluiré con la descripción de algunos acontecimientos actuales que repiten este patrón histórico, donde en vez de utilizar la creatividad para construir, se utiliza para destruir.

*Agradezco a Alejandro Beuchot algunas de las ideas para la elaboración de este artículo

• Sus opiniones son personales y reflejan su interés en aprender de la historia.