Eran las 11:30 del martes, me preparaba para transmitir vía remota el programa de radio, cuando mi hija gritó: “Mamá, te buscan en la puerta”. Mi primera respuesta fue de preocupación, quién me buscaba, por qué, por qué a estas horas. Como si alguien me hubiera señalado por los constantes síntomas que me provoca la alergia y un equipo de la Secretaría de Salud estuviera afuera para analizarme y asilarme.

Abrí la puerta y me encontré con una escena que nunca olvidaré. Un señor, con cubreboca puesto, me esperaba mientras sostenía un hermoso arreglo de flores. El gesto, que en cualquier otro momento me hubiera llenado de emoción, me llenó de dudas. ¿Debo recibir el arreglo? ¿Lo desinfecto antes? ¿Le digo que gracias, ya lo vi, que se lo lleve? Lo tomé, no sin antes asegurarme de que el mensajero no tuviera cara de portador, lo que es un ejercicio necio, puesto que muchos de los portadores del SARS-CoV-2 no tendrán la enfermedad e irán por la vida asintomáticos. Pero así son estos tiempos raros, en los que absurdas rutinas nos dan seguridad, creerse médico para diagnosticar a primera vista y sana distancia, llevar un detente, qué sé yo.

Ya que tenía mi arreglo de flores en mano, me dijo: “¿Puede firmar de recibido, por favor?”. Sé que mis palabras habrían sonado ridículas hace cuatro meses o seguramente lo serán dentro de 50 años, pero esta última solicitud se sintió como cuando crees haber terminado un maratón, porque tu reloj así lo marca y descubres que te faltan un par de kilómetros más. Sentí terror. Vi su pluma, pensé en cuántas personas más habrán firmado con ella, en si me daba tiempo de entrar a la casa y buscar la mía, pero las plumas siempre se me esconden, así que decidí ir por ese par de kilómetros más de riesgo y firmar.

Agradecí al buen hombre, cuya cara sólo pude ver a la mitad y que finalmente está arriesgándose todos los días, para cumplir con los caprichos de parejas enamoradas. Metí las flores a casa, limpié el florero con una toallita desinfectante, después me lavé las manos, luego tomé otra toallita y limpié el envase de las toallitas, me puse gel antibacterial, limpié el envase del gel y tiré la toallita, no segura todavía de que lo había dejado todo bien desinfectado. Mientras veía mi desinfectado arreglo, encontré una tarjeta que se asomaba entre las rosas. Pensé en tomarla, pero de sólo imaginar toda la tarea que tendría que repetir para abrir el sobre, decidí dejarla ahí y agradecer a mi esposo por el detalle, finalmente era nuestro aniversario, tenían que ser de él.

Hoy, preguntan en un chat de Whatsapp si hemos escuchado a los pájaros, ¿es mi imaginación o hay más pájaros? En una ciudad como la Ciudad de México, la de los pájaros grises, escucharlos cantar es una novedad. Pero mi interlocutora tiene razón, yo también los escucho, y no sé si es que hay más, o que el encierro nos deja tiempo para atenderlos. Pero en medio de tanta incertidumbre, los pájaros cantan y ésa es la belleza de la que nos sostenemos.

Sé que prometí llenar este espacio de preguntas, pero la mayoría de dudas que tengo en la cabeza estos días está principalmente relacionadas con la higiene, así que sólo les dejo una. ¿Podremos canjear la mañanera, por la conferencia vespertina y dejar al subsecretario al frente de absolutamente todo?

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Pamela Cerdeira

Periodista, conductora, locutora, escritora y comunicadora mexicana

Columna invitada

Periodista, conductora, locutora, escritora y comunicadora mexicana. Conduce el programa "A Todo Terreno" en MVS Radio. Ha escrito para diversas publicaciones y trabajado en distintos espacios en radio y televisión.