He criticado tangencialmente el trabajo de Thomas Piketty varias veces en ocasiones anteriores, pero su reciente visita, combinada con la crisis de identidad que vive México, exige exhibir las falacias en las que incurren este tipo de investigadores.

El mundo académico, como el literario, ha sufrido del acortamiento de plazos de atención del público, creando la tentación de exentar la laboriosa tarea de probar causalidad y simplemente interpretar correlaciones. Los autores de estas obras ganan el favor del público simplificando teorías al lenguaje coloquial, tomando fantasiosas hipótesis y buscando información que las corrobore, en lugar de interpretar la información disponible y buscar de ahí la hipótesis. En su libro El Capital en el Siglo XXI, Piketty ha comprobado a millones de lectores ingenuos que el problema de la desigualdad es causa de la misma desigualdad a través de argumentos circulares.

La OCDE recientemente estableció que, en los países que la integran, la desigualdad sigue en crecimiento y en ningún país más que en México. Las medidas que proponen la OCDE y Piketty giran alrededor del sistema fiscal y ciertamente son necesarias para mantener al sistema operando, pero la realidad de la desigualdad es más profunda y sigue siendo, en términos académicos, el arenque rojo del que nadie quiere hablar.

Las personas inteligentes, atractivas, con recursos y, o, con cultura se reproducen entre sí. Esta realidad asusta a la población y la ignoramos (arenque rojo). A lo largo de dos o tres generaciones se puede detectar cómo los descendientes se irían separando por selección natural, a lo largo de la historia de la humanidad, se pueden ir separando diferentes razas. El problema es que mientras que a Piketty lo promueven para un Nobel por ignorar esta parte de la ecuación, a docenas los han exiliado por explorarla.

Nadie quiere que haya humanos más dotados que otros, queda claro que ésta es la postura de los villanos, de los racistas, de los nacionalsocialistas. Sin embargo, mientras sigamos barriendo el tema bajo la alfombra, la desigualdad seguirá creciendo. Entre todas las explicaciones de la desigualdad en México, pocas si acaso alguna, se remonta a cómo se dio el mestizaje en nuestro país, cuando todos sabemos que vivimos en un sistema de castas.

Puesto de una manera práctica, si comparáramos las vidas de dos niños con padres en idénticas circunstancias económicas, pero los de uno tienen atributos físicos más deseables, son más inteligentes, cultos y astutos y los del otro todo lo contrario, inevitablemente la balanza de capital favorecería al infante con mejor genética. El punto inicial del capital no cambiará la situación de desigualdad, sólo nos hará sentir mejor al respecto.

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