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Opinión

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Descubrir a Yasushi Inoue

Cuando se suele hablar de literatura japonesa contemporánea, el único referente para muchos suele ser Murakami. Alguno que otro mencionará a S?seki, a Yoshimoto o a alguno de sus dos premios Nobel (Kawabata y ?e); pero lo más probable es que uno de sus mejores escritores resulte desconocido.

Yasushi Inoue ganó todos los premios importantes de la literatura japonesa. Fue poeta, ensayista y escribió cuentos y novelas. Reconocido por la meticulosidad con que componía su ficción histórica, convirtió horas de investigación en imágenes casi poéticas. Tenía la habilidad para incluir los detalles justos para recrear otros tiempos. Más de una veintena de sus obras fueron llevadas al cine o la televisión desde 1952 (Crónica de mi madre (2011) de Masato Harada, la más reciente).

Inoue (1907-1991) es para muchos el secreto mejor guardado de la literatura japonesa del siglo veinte. Muy pocos de sus libros se han traducido al inglés, y muchos menos al español (La escopeta de caza, fue publicada por Anagrama en 1990). Quizá por ello, el que Sexto Piso se haya propuesto empezar a rescatar su vasta obra es motivo de celebración.

La editorial publicó hace un par de años F?rinkazan: La epopeya del clan Takeda (llevada al cine en 1969 con Toshiro Mifune). La saga de un r?nin (como se llamaba a los samurai sin amo durante el periodo feudal japonés entre 1185 y 1868) que se convierte en la mano derecha del jefe de uno de los tres clanes que se disputaban el territorio japonés en el siglo XVI.

Este año, Sexto Piso nos presenta un volumen muy distinto: Luna llena y otros cuentos, que recupera tres historias clásicas de Inoue: Vida de un falsificador (1951), Obasute (1956) y Luna Llena (1958). Los tres cuentos incluidos en el libro son muy distintos, aunque compartan la elegancia de estilo, el sentido del humor inquietante del autor y el escenario del Japón de la posguerra.

Inoue nació en Hokkaido, pero creció en la península de Izu (sitio donde transcurre mucha de su narrativa). Su propia infancia podía haber sido parte de un universo ficticio: fue criado por su abuela Kano en casa aparte al resto de su familia. Kano, en realidad, era la querida de su abuelo; pero años atrás éste hizo que Kano adoptara a su nieta más pequeña (la madre de Inoue) para que ésta cuidara a su amante en su vejez. Esto, por supuesto, despertó resentimientos y lealtades divididas. Su padre, un médico militar pasaba mucho tiempo en campaña, mientras el joven Inoue crecía en la casa chica, a unos pasos de donde vivía el resto de su familia.

Hay que decir que la traducción de Gustavo Pita es extraordinariamente eficaz para mostrar la elegante y delicada prosa de Inoue. Y aunque el traductor peca por momentos de un entusiasmo académico desbordado (el libro incluye al final 14 páginas de notas con referentes geográficos e históricos); habrá más de un lector que agradezca esa oportunidad para ahondar en la cultura japonesa.

En Vida de un falsificador, el más extenso, un periodista es contratado para escribir la biografía de Keigaku, un famoso pintor recientemente fallecido. Mientras toma nota de la poco documentada vida de Keigaku, recorre el país visitando los sitios donde este vivió. Aprovecha para hablar con la gente que posee cuadros suyos, con la esperanza de recuperar, en las anécdotas y recuerdos que estos pudieran tener, aspectos desconocidos que despierten su interés por una tarea que básicamente lo aburre. En esas visitas, descubre que muchas obras atribuidas a Keigaku son en realidad falsificaciones hechas por H?sen, un amigo del pintor con una vida más bien desgraciada. H?sen se ganó la existencia vendiendo gangas que supuestamente conseguía por su conocimiento del pintor. El narrador, que tiene una tarea y lo sabe, va sin embargo obsesionándose por el misterio del falsificador y la vida fallida de este va apoderándose de su relato, hasta que no importa otra cosa.

Obasute recupera una leyenda japonesa que solía aparecer hasta en los libros infantiles: la época en que los ancianos eran llevados hasta el monte Obasute para contemplar la luna, y eran luego abandonados ahí, para reducir el número de bocas que alimentar en la familia. El narrador recuenta cómo conoció la leyenda, en un libro ilustrado y perturbador; y los paralelismos que guarda con su propia familia. Un relato elegante y profundamente conmovedor enmarcado por la sacudida emocional que sufrió Japón y sus habitantes durante la posguerra.

El relato final del libro, Luna llena, es un recuento, casi en forma de thriller, con momentos de tinte casi Shakespeariano, del ascenso y caída de un ejecutivo que pasa a ser presidente de una compañía cuando su antecesor cae en desgracia, el tiempo que se sostiene en el poder, hasta su propio derrumbe. Si se me permite el desvarío, es una suerte de versión japonesa de la novela de dictadores latinoamericana, tan propia del boom. Retrato implacable de una cultura empresarial donde el presidente es casi dios, y sólo su propia soberbia, sumada a la adulación ciega y las traiciones, puede ir minando su poderío, hasta que el golpe de estado llega, a mano de los accionistas.

El libro de Inoue es apenas un aperitivo, delicioso e incontestable, de la mejor literatura nipona. Al terminarlo, fuera del placer postergado de la relectura futura, sólo queda anotarse a la lista de espera, para la próxima entrega que vaya preparando Sexto Piso de su obra.

Twitter @rgarciamainou

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