En la carta que la semana pasada López Obrador dirigió a los inversionistas, misma que se publicó en El Financiero, señaló que el modelo económico que propone es “semejante al que se aplicó en el país en el periodo denominado del Desarrollo Estabilizador”. Indicó que no es la intención “revivir el modelo del pasado y aplicarlo de manera mecánica”, sino ajustarlo tomando en consideración “la inserción de México en la globalidad, el surgimiento de una nueva generación de derechos individuales y sociales y una vertiginosa transformación tecnológica”. ¿Qué quiso decir? Vaya usted a saber.

Cuando se analiza el periodo referido, que corresponde a la década de los 60 del siglo pasado, hay dos grandes vertientes: la estabilidad macroeconómica y la política de desarrollo económico. En este artículo analizaré la primera y la próxima semana la segunda.

Por lo que toca a la estabilidad macroeconómica, tanto Antonio Ortiz Mena (secretario de Hacienda) como Rodrigo Gómez (director del Banco de México) tenían perfectamente claro que una de las condiciones indispensables para lograr un proceso de desarrollo económico sostenido era la estabilidad de precios, por lo que el ejercicio de las políticas fiscal y monetaria fue compatible con el objetivo de mantener el tipo de cambio fijo. De ahí que, en general, durante el periodo referido, no se generaron presiones fiscales significativas que requiriesen del financiamiento primario del Banco de México. Durante este periodo, el déficit fiscal (equivalente al hoy agregado Requerimientos Financieros del Sector Público) representó en promedio 1.6% del PIB, financiado en su mayor parte con crédito de la banca comercial (dada la política de encaje legal que estableció cómo asignar entre el gobierno y el sector privado el financiamiento bancario). El resultado de esta política macroeconómica fue que la tasa de inflación promedio en la década fue de 3.1 por ciento.

Para analizar el manejo de las políticas fiscal y monetaria mexicanas durante la década de los 60, es importante señalar que en esos años regía el acuerdo de Bretton Woods que estableció un sistema mundial de tipos de cambio fijos basados en un sistema fiduciario de patrón oro en el cual Estados Unidos mantenía fijo el tipo de cambio del dólar frente al metal (40 dólares por onza con total convertibilidad) y todos los países a su vez una paridad constante frente al dólar con esta moneda como reserva internacional. Obviamente, para mantener fijo el tipo de cambio del peso frente al dólar, no se podían generar presiones fiscales que requiriesen del financiamiento del banco central, lo cual se hizo.

Otra consideración importante es que en esos años no existía un mercado internacional de capitales. Para efectos prácticos, los únicos flujos de capital que cualquier país recibía eran inversión extranjera directa y financiamiento por parte de organismos internacionales como el Banco Mundial o el Banco Interamericano de Desarrollo, lo cual representaba una restricción adicional a una política fiscal deficitaria (al final de la década el saldo de la deuda externa ascendió a un poco más de 4,000 millones de dólares). El mundo es en la actualidad totalmente diferente: los tipos de cambio son flexibles y existe un mercado internacional de capitales muy desarrollado con casi perfecta movilidad de los mismos.

Así, durante el periodo analizado, el manejo de las políticas fiscal y monetaria claramente fue exitosa al haber dotado a la economía de un marco macroeconómico de estabilidad que permitió el crecimiento acelerado de la economía. Por su parte, la política de desarrollo económico se sustentó en dos grandes instrumentos de política: proteccionismo comercial y subsidios, tema del siguiente artículo.

IsaacKatz

Economista y profesor

Punto de vista

Profesor de Economía, ITAM. Caballero de la Orden Nacional del Mérito de la República Francesa. Medalla al Mérito Profesional, Ex-ITAM.