Giovanni Sartori, en La democracia en 30 lecciones (Taurus, 2009), trató de sintetizar temas, conceptos y reflexiones relevantes en esa materia que ayudan a dimensionar matices entre la democracia antigua, que dirimía de forma directa asuntos públicos en la plaza de una pequeña Atenas, y la democracia liberal, la república representativa que se arraigó con el surgimiento de los estados de territorios extensos y que es la base de lo que hoy tenemos y entendemos por democracia en buena parte del mundo. Rescato la disección que hace Sartori sobre democracia antigua (directa) y democracia moderna (representativa), en donde expone que, para él, el modelo de hace más de 2,000 años que practicaron los atenienses, con el cual, junto a otros elementos, se usaba la aclamación (mano alzada y gritos de apoyo), pereció por ser incompatible ante el cambio de comunidad pequeña al concepto de Estado.

Sin duda la antigua democracia directa tiene un alto valor histórico por esbozar el principio de autogobierno entre iguales, aunque se daba en un entorno donde había esclavos (que obviamente no votaban) e impedimento para las mujeres que no podían participar en la aclamación o alzando la mano en asambleas que eran masivas, pero que nunca contaron con la presencia de la mayoría de habitantes.

Por eso el teórico explica dos problemas de aquel modelo que pereció luego de dos siglos y medio de vida: por un lado, la participación de entre 3,000 y 5,000 personas en una Atenas con máximo 35,000 habitantes y que el resultado implicaba que los ganadores acapararan todos los espacios, sin ninguna inclusión de la minoría, aunque en proporción esa minoría fuera muy elevada. Así, votaban en promedio unos 3,000, las manos de unos 1,501 eran consideradas mayoría y las de 1,499 se quedaban sin posibilidad de incidencia, sin representación, sin inclusión.

Sartori alude a la palabra misma, de origen griego, que se compone por demos (pueblo) y kratos (poder). Entonces, recuerda que entre los siglos IV y V a.C. “el pueblo” tuvo al menos cuatro interpretaciones: los todos (plethos), los muchos (hoi polloi), los más (hoi pleiones) y la multitud (ochlos).

Esa última interpretación evoca concentraciones ocasionales, no representativas, que pueden “calentarse”, decía el italiano. La salida que conforme a la historia se ha ido encontrando, ya con repúblicas representativas, no ha sido cancelar ejercicios de democracia directa, sino reconocer que la participación no sesgada es clave, lo mismo que la especificidad de su contenido y las condiciones para aplicar un veredicto popular.

En cuanto a la democracia representativa, los conceptos de mayoría absoluta y mayoría relativa Sartori los reflexiona diciendo que el primero implica que los más tienen todos los derechos y los menos ninguno, mientras que el segundo asume que los más tienen derecho a mandar, pero sin pretender borrar a los menos y siempre respetándoles derechos. De ahí que existan fórmulas de inclusión o proporcionalidad para las minorías en los parlamentos y que en ejercicios electivos como referendos o plebiscitos se pida deliberar con equidad y que se pongan umbrales mínimos para hacer vinculante una decisión. Incluso en una asamblea espontánea se da la palabra a los que piden no, no a los que van por un sí. Es claro que no vota antes de deliberar.

Tampoco es perfecta la lógica representativa y es verdad que ejercicios de democracia directa pueden coexistir con buenos resultados y legitimidad, siempre que no sean improvisados o en eventos a modo. Por ejemplo, si en el estadio olímpico de Ciudad Universitaria, previo a un partido de los Pumas, alguien tomara el micrófono y pidiera que levanten la mano los que quieren que ese equipo sea el campeón, pues seguramente la mayoría de sus aficionados estarían de acuerdo con apoyar el sí, pero el resultado sería distinto si la misma pregunta se hiciera en casa de los equipos rivales. Por eso es importante que, si una decisión involucra a todos, a todos se convoque y se considere, y no se asuma que preguntarles a unos cuantos, en cualquier momento, sin aviso previo, sin deliberación y sin información sobre la mesa, es en realidad un ejercicio de democracia directa. Ni siquiera en Atenas funcionaba así, porque aquella democracia directa basaba su veredicto parcialmente en la “aclamación” de la mayoría presente en una plaza, pero también en un consejo de 500 integrantes y en magistraturas rotativas que garantizaban alternancia permanente y le daban orden y cierta lógica horizontal a las definiciones del pueblo que no era Estado.

En las sociedades modernas, los gobernantes deben tener cuidado de no confundir ni de manipular los mecanismos de democracia directa con pretendidos ejercicios democráticos donde unas cuantas manos alzadas podrían llevar a decisiones que en vez de favorecer el interés general provoquen lesiones irreparables al mismo.

*Consejero del INE.

Marco Antonio Baños

Consejero del Instituto Nacional Electoral

Columna invitada