En un país donde el término "feminicidio" se ha vuelto tan común que a veces se elude su intensidad política, tiende a olvidarse que antes, hace veinte años apenas, no había palabras con que nombrar el asesinato de una mujer por el hecho de serlo, esa atrocidad que ahora representa una de las marcas más evidentes de un patriarcado depredador, de una sociedad que crea y tolera machos violentos.  Si escribir (sobre) feminicidio sin traicionar a las víctimas es difícil, escribir sobre el feminicidio de una hermana, cuya ausencia ha pesado durante treinta años, para evocarla, demandar justicia y expresar el duelo, es un duro cometido que implica romper un largo silencio, dar voz al recuerdo y al dolor.

"A veces es necesario un poco de silencio para que las palabras se junten todas sobre la lengua y, ya reunidas, se atrevan a saltar al mismo tiempo", escribe Cristina Rivera Garza en las primeras páginas de "El invencible verano de Liliana", crónica-homenaje dedicada a su hermana, asesinada por un exnovio. El silencio al que alude es momentáneo en el contexto, pero el silencio protector del duelo, el silencio ante lo inesperado, incomprensible, insoportable, el silencio de la culpa y de la vergüenza de los sobrevivientes, el silencio de la ausencia de palabras para nombrar la violencia, constituye el subtexto, la experiencia subyacente a esta escritura, cuidadosa y cuidada, en busca de justicia.

"¿Quién puede decidir si treinta años son pocos años o muchos años?" (nos) pregunta y se pregunta la escritora. Ante la petición de un expediente policiaco, ante una demanda de justicia, ante un duelo que parece interminable, treinta años después del feminicidio de una joven, ¿quién puede determinar lo que significa el tiempo del duelo para una familia mutilada? ¿El sistema de justicia?¿La sociedad? Si no se ha hecho justicia, si sólo con el tiempo se han encontrado las palabras para nombrar el horror: "feminicidio", "terrorismo de pareja", si sólo ahora ésta y otras familias pueden procesar lo que pasó, si sólo ahora existe indignación social ante el afán de posesión de un hombre que asesina a una mujer, ¿acaso no es justo, necesario, indispensable, exigir esa justicia pendiente y recibir respuesta?

Al escribir la historia de su hermana, enmarcada en la búsqueda de su expediente,  "memoria oficial de la presencia de Liliana", en los laberintos del sistema judicial, para que se enjuicie al asesino, Rivera Garza recupera ella misma la figura  y voz de Liliana, su voz, preservada en su archivo de cartas, recados y apuntes. Le da nueva vida y le hace justicia ante quienes leemos y ante un sistema que por demasiado tiempo, ése sí excesivo, ha cerrado y archivado casos, por desidia y corrupción, con un interminable desprecio por las mujeres y el dolor de sus familias. "No crean ni por un minuto que los expedientes viven para siempre", le dice una funcionaria. Y si los expedientes van al "archivo muerto" o desaparecen, ¿acaso muere el deseo de justicia? ¿acaso desaparece la urgencia de acabar con la impunidad en este país donde se asesina a once mujeres al día y niñas y adolescentes son desaparecidas a diario?, preguntamos.

Con este libro excepcional, Rivera Garza nos acerca al mundo de Liliana, una adolescente inquieta y sensible,  "una mujer libre", "muy alta, muy esbelta, muy a su aire", que escribía y se reía, que por momentos se sentía "desprotegida" en la gran ciudad, pero confiaba en sí misma y que hasta el final "pensó que se podía enfrentar sola al patriarcado y que podía ganarle". Desde su compromiso con la literatura y con la justicia, recuerda también a las otras chicas "masacradas", advierte las señales de peligro de  violencia machista letal,  denuncia su atroz impunidad. Sin dramatismo, nos demuestra el poder de la palabra para nombrar y recuperar una vida, para hacer y exigir justicia.

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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