Opinión

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De puño y letra y de principio a fin

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Por Cecilia Kühne

Un día como hoy, 24 de mayo, hace 102 años, murió en Montevideo, donde cumplía una misión diplomática, el poeta Amado Nervo, representante del Modernismo

Cuando llegó a la Ciudad de México, el siglo XIX estaba a punto de acabarse y la urbe deslumbraba. Todavía porfiriana y presumida resultaba un buen lugar para vivir y quizá para inspirarse con la pluma. Aquel joven, entusiasmado y lleno de ilusiones literarias ya había publicado una columna semanal en el diario El Correo de la Tarde de Mazatlán y estaba listo. Se llamaba Amado Nervo, había nacido en Nayarit y era poeta desde los 16 años. Una vez instalado en la ciudad, comenzó publicando crónicas y críticas en periódicos como El Nacional y El Mundo. Gran observador de las tendencias de la época, con su propia opinión sobre la modernidad, no lo convencían los anhelos de “versos brillantes” ni “las ideas nuevas” pero lo que miraba le provocaba cierta fascinación.

La circunstancia de vivir mal pagado -de la pluma- y el hecho de cambiar su estilo poético por una prosa periodística le fueron carcomiendo el entusiasmo, pero nunca le impidieron escribir. A pesar de tal regusto amargo, sus textos llegaron incluso a casi inaugurar géneros. Vaticinó la aparición del fax en una crónica titulada “El teléfono-telégrafo” que casi inauguró la ciencia ficción mexicana y en otro artículo titulado “La última guerra”, decretó la desaparición del automóvil, y haciendo homenaje a la iluminación eléctrica en la Catedral, imaginó a muchachas coqueteando deleitosamente con los muchachos y hablando de la moda, desde máquinas voladoras que surcarían el cielo citadino.

Cada vez más comprometido de escritos y palabras, Nervo fue requerido para colaborar en distintos espacios. Para la Revista Moderna publicó ensayos breves, crítica teatral y crónicas y fue autor de otras columnas que se llamaron ”Pimientos Dulces”, “La semana de la moda”, “Cartas de mujeres” y “La Semana” aparecidas tanto en periódicos como El Imparcial como en semanarios del estilo de El mundo Ilustrado. Incluso – y ya denotando el hastío de sentirse “emborronador de cuartillas por profesión”- tuvo una columna colectiva llamada “Fuegos Fatuos” donde compartía la pluma con Salvador Dávalos y Alberto Michel con el seudómimo también colectivo de Triplex.

No obstante llegaría el día en que Nervo dejara por un tiempo su habitual agenda periodística. Viajó a París como corresponsal de El Mundo y le cambió la vida. Lo cotidiano se hizo excepcional: conoció a Rubén Darío, se convenció de que la poesía y la vida iban de la mano y no, publicó la versión francesa de su novela El Bachiller y comenzó a desarrollar la obra que habría de darle increíble celebridad y un largo prestigio. Baste mencionar, por ejemplo, su poema La Hermana Agua. De lejos, Nervo reportaba que a los lectores les parecían muy bellas sus correspondencias: “De México me dicen” –escribió-, “que se ha desarrollado mucho mi talento en París".

El sueño pronto terminaría. Nervo fue despedido y tuvo que regresar a México. Sin embargo, y casi nomás llegando, publicó El Éxodo y Las Flores del Camino. Siguió componiendo verso, ensayo y prosa y hasta una biografía de Sor Juana Inés de la Cruz. Merced a los sufragios del grupo modernista y a un reconocimiento largamente aplazado, alcanzó el triunfo de primacía entre los poetas y fue llamado “El poeta mexicano por antonomasia”.

Apenas hace dos años se celebró el centenario de su muerte ocurrida el 24 de mayo de 1919, es decir un día como hoy, lector querido. Sin embargo, todavía víctima de las habladurías de los que adjetivan frívolamente su poesía y no lo han leído seriamente. Se le sigue acusando de insoportablemente adolorido por su amada inmóvil; absurdamente sentimental (Si no te quieren como tú quieres que te quieran, ¿qué importa que te quieran?); tachando de cursi, (Ama como puedas, ama a quien puedas, ama todo lo que puedas. No te preocupes de la finalidad de tu amor); considerando rencoroso y dramático (Cómo quieres que tan pronto/ olvide el mal que me has hecho, /si cuando me toco el pecho/ la herida me duele más!/ Entre el perdón y el olvido /hay una distancia inmensa; / yo perdonaré la ofensa;/ pero olvidarla.... ¡jamás!); apropiándose y citando a la menor provocación aquello de ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!.

Interpretar es bueno, lector querido, sentir en la víscera un poema, también (y extraordinario). Sin embargo, leer de primera mano, más. ¿Qué tal una fuente primaria como la autobiografía del poeta que empieza así?:

“Nací en Tepic, pequeña ciudad de la costa del Pacífico, el 27 de agosto de 1870. Mi apellido es Ruiz de Nervo; mi padre lo modificó, encogiéndolo. Se llamaba Amado y me dio su nombre. Resulté, pues, Amado Nervo, y, esto que parecía seudónimo -así lo creyeron muchos en América-, y que en todo caso era raro, me valió quizá no poco para mi fortuna literaria. ¡Quién sabe cuál habría sido mi suerte con el Ruiz de Nervo ancestral, o si me hubiera llamado Pérez y Pérez!”

Y ¿qué mejor llegar al final de este texto, con el propio final que escribió Amado Nervo?:

“Mi vida ha sido muy poco interesante. Como los pueblos felices y las mujeres honradas, yo no tengo historia: nunca me ha sucedido nada".

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