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De obras de arte y vandalismo con comida

La escena se ha repetido más frecuentemente en la última mitad del año: activistas en contra del cambio climático han aventado comida a obras de arte. Así por ejemplo, aventaron latas de sopa de tomate a los girasoles de Van Gogh expuestos en la National Gallery –que resultó sin daño, como lo calcularon los mismos protestantes porque está cubierta con un vidrio–. Después, otro grupo de activistas lanzó puré de papa a una obra de Monet exhibida en el museo Barberini de Potsdam. En La Haya, un activista pegó con pegamento su cabeza a la Chica del Arete de Perla de Vermeer, mientras otro compañero le lanzaba puré de tomate. Estas imágenes han dado la vuelta al mundo y pocos se han quedado indiferentes ante estos actos.
Bajo el cuestionamiento “¿Qué vale más, el arte o la vida?” el colectivo que protesta hace el cuestionamiento “¿Estás más preocupado sobre la protección de una pintura que sobre la protección del planeta y nuestras personas?“. La construcción lógica del argumento en sí mismo, no muestra ningún tipo de validez. Pero justo lo que buscan estos colectivos es la reacción, que nadie se quede indiferente, y el escándalo para según ellos, hacer oír su voz sobre el tema del calentamiento global.
Algunos defensores de estas acciones argumentan que por un lado, el hecho de que estas personas hayan elegido obras de arte que están protegidas por vidrios, hace que atraigan el apoyo de grupos más moderados en sus protestas. Algunos analistas consideran que los movimientos sociales radicales generalmente logran el cometido de llamar la atención de una causa para posteriormente, poder trabajar en ella. Sin embargo, la diferencia aquí radica en la naturaleza de las protestas en sí mismas, ¿por qué si las protestas son sobre el calentamiento global, no son dirigidas por ejemplo hacia las grandes transnacionales que más gases emiten al medio ambiente y sí a los pintores impresionistas? ¿Por qué no dirigir la atención de las protestas en cumbres donde se toman decisiones sobre la legislación internacional en materia del cambio climático, y sin embargo lo hacen atacando la obra del barroco neerlandés?
Cuando facciones radicales han visto resultados sobre sus protestas, han sido en el marco de eventos que marcan una diferencia con la causa que están defendiendo. En este sentido, algunos han argumentado que el ataque a los impresionistas es por lo que significaron en su momento histórico son su relación con la revolución industrial, el ancestro de lo que hoy podría ser una de las causas de la contaminación. Realmente, la validez de este argumento resulta rebuscada y refuerza la noción de que las obras de arte y lo efímero de la comida como medio de ataque, no tienen otra misión en el mundo más que un aspecto estético. El arte y la comida también hacen reflexionar y promueven ideologías. Por eso, los ataques en realidad, más allá de un radicalismo, caen en lo totalmente ridículo y absurdo de una ideología que tiene buenas intenciones, pero carece de sustancia. Lo único que han logrado hasta el momento, según han reportado, es que cada vez más organizaciones de museos se sientan vulnerables a ataques, por lo que han tenido que reforzar sus gastos en seguridad. Parecería que justo lo estético, lo bello o lo que está en el mundo como una de las mejores manifestaciones de las creaciones humanas, atrae justamente, lo contrario.

