La sociología de las catástrofes es un campo disciplinar que ha florecido en los últimos decenios, en parte, desgraciadamente, por las catástrofes suscitadas en el mundo entero a raíz de razones de diversa índole: catástrofes naturales, guerras, atentados, accidentes o pandemias que provocan la muerte colectiva.

La muerte colectiva es, de hecho, el punto de inflexión entre la humanización o deshumanización como respuesta ante la tragedia. En un intento del campo disciplinar por definir qué es lo que se considera como una catástrofe transculturalmente, encontramos que es, de hecho, la presencia de la muerte lo que en la mayoría de los casos “sensibiliza” ante una tragedia. No es el hecho de diferenciar un atentado de un accidente, ni el hecho de politizar la tragedia, lo que más indigna. Es el hecho de buscar definiciones alternas a una negligencia. Y la negligencia aplica ante todas las catástrofes: indigna, por ejemplo, que edificios se caigan en un sismo y se descubra que los permisos de construcción podrían haber hecho caso omiso de la reglamentación anti-sismos. La catástrofe indigna cuando en un tsunami, los más afectados son aquellos que cuentan con menos recursos para tener sus propiedades bien cimentadas en lugares fuera de peligro. Indigna, por ejemplo, que en una pandemia, quienes menos pueden practicar el confinamiento son quienes tienen que salir a trabajar, sin tener la opción de trabajar desde casa. Y justo los estudiosos de las catástrofes desde el punto de vista sociológico lo señalan: lo que indigna no es la presencia de accidentes, es la falta de prevención, es la negligencia en las condiciones de vida de los actores de una comunidad. Lo que indigna son las condiciones previas de desigualdad por las que suceden las catástrofes.

Cuando suceden las catástrofes – que en sociología bien se tiene cuidado de no denominarlas accidentes – siempre, el debate está en el origen del drama, que constantemente busca en las responsabilidades humanas una parte de la causalidad. Según Gaëlle Clavandier, la cuestión central es cómo una sociedad hace frente a sus muertos hoy en día – entiéndase por sociedad no solamente a los ciudadanos, sino a las instituciones y a los representantes de esas instituciones-. Es de sumo interés por lo tanto, entender las catástrofes no sólo desde el punto de vista de la prevención de riesgos, sino también desde el punto de vista de la asunción de responsabilidades humanas cuando esas catástrofes pudieron haber sido prevenidas. Es en el papel que adoptan las instituciones, los representantes y los ciudadanos, donde viene el verdadero punto de quiebre en el que la desconfianza hacia las instituciones se acentúa.

Después de una catástrofe señalan, viene un período de intensa incertidumbre. El impacto simbólico que las muertes humanas de una catástrofe causan en una sociedad, no se puede contener cuando lo único que se demuestra es una inmensa deshumanización e insensibilidad para, por lo menos, actuar bajo los cánones del duelo que se dictan socialmente.  La incertidumbre sobre otras incertidumbres, en estos tiempos parecen más estadios permanentes que transitorios, y esto no desemboca más que en el amplio deterioro del tejido social. No es que los sociólogos sean clarividentes, simplemente, estudian a partir de experiencias previas lo que los errores del pasado nos deberían de enseñar para no repetirlos. Ante estos hechos ya documentados sobre el estudio de las catástrofes en el mundo, se revela como carencia de humanismo actuar a contracorriente.

@lilianamtzlomel

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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