Notas del pensamiento del almirante más importante para las Américas: Colón

Fue la Providencia la encargada de proteger a los marinos cuando decidieron lanzarse hacia tierras y mares desconocidos, juran algunos. Y la necesidad de asombro, dicen otros, el verdadero móvil del descubrimiento de América. Ya para no hablar de la ambición, el poder y la cartografía. Será el sereno —hubiera dicho mi abuela—, pero es a un solo hombre a quien se le atribuye tal hazaña.

Si alguna vez fue el ídolo de alguien —hay una estatua suya en Paseo de la Reforma— hoy, en esta tierra, ya no lo es más. Cristóbal Colón no es una figura bien vista, no tiene buena fama, es víctima habitual de  los muy caros huevazos que la raza le avienta a su efigie a la menor provocación y perfecto chivo expiatorio de que “nuestras raíces” hayan desaparecido en el oprobio, ya nadie hable náhuatl ni utilice cuchillos de obsidiana.

Sin embargo, habría que reconocer también sus virtudes. Sus amplios conocimientos de navegación y astronomía que entre otros saberes y curiosidades, le permitieron concebir el proyecto para partir de Europa en ambicioso viaje marítimo hacia la tierra prometida por Marco Polo. Su concepción de ir siempre hacia el Oeste para llegar a donde estaban las flores del té fragante, la pimienta más roja, también blanca y por supuesto negra. La sal y el azafrán, las especias más valiosas que el oro y otras riquezas que podrían curar cualquier espíritu y contentar todas las ansias. La admiración que provocó cuando dijo que la Tierra era una esfera, el océano no tenía fin y comprobó que las dimensiones que había calculado del globo terráqueo eran absolutamente correctas.

También su notable necedad (o perseverancia). Porque Colón habría de sufrir mil desengaños al toparse con la realidad de los que rechazaron su proyecto una y otra vez. (Ya se sabe de sus naufragios reales y metafóricos: la Corte de Portugal lo echó a la mar y lo lleno de lodo, los reyes católicos de España se tardaron en aceptar, porque sus ideas estaban en contra de los preceptos de la Biblia que negaban la redondez de la Tierra y hubo de hacer una gran labor para dejar a la reina encantada y convencida).

Tardó meses. Los planes de la expedición hacia América contemplaban tres carabelas: la Santa María, donde viajó Colón; La Pinta, cuyo capitán era Martín Alonso Pinzón, y La Niña, capitaneada por Vicente Yánez Pinzón. El número de tripulantes no se sabe con certeza, pero los que han leído los apuntes del almirante calculan poco más de 105. Y con todo ello un buen día se hizo a la mar.

Documentó la aventura con precisión. Poco se sabría del viaje sin los cuadernos de navegación que Colón escribía todos los días. Además de una puntual bitácora de navegación, sus apuntes no sólo muestran la formación de Colón y lo revelan como un hombre de espíritu crítico, moderno y humanista, sino también revelan detalles divertidos en sus citas de Ptolomeo, la Historia natural de Plinio y las muchas notas sobre los viajes de Marco Polo. El apunte de Colón para aquel glorioso día de 1492 —un jueves, que no sábado como en este año— dice lo siguiente:

Esta tierra la vio primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana, puesto que yo a las 10 de la noche, estando en el castillo de popa, vi lumbre; aunque fue cosa tan cerrada que no quise afirmar que fuese tierra, pero llamé a Pero Gutiérrez repostero de estrados del rey y le dije que parecía lumbre, que mirase él, y así lo hizo, y la vio. (...) A las dos horas después de media noche apareció la tierra, de la cual estarían dos leguas.

Sabemos que el almirante descendió a tierra, dio gracias a Dios y tomó posesión de la isla en nombre de los reyes católicos, mientras grupos dispersos de indígenas aparentemente inofensivos, contemplaban con curiosidad a los recién llegados. Colón al respecto escribe:

Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vi de más de una  moza, y todos los que yo vi eran mancebos, que ninguno vi de edad de más de XXX años, muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras, (...) y son de color de los canarios, ni negros ni blancos...

Aquel día cambió el mundo. La suerte estaba echada, el destino escrito y el descubrimiento consignado en el libro de los tiempos. Y Colón se convirtió en un tema que no dejaría de tocarse para bien y para mal. Tan polémico, hasta el origen de su nacimiento se desvaneció: diversos lugares se postularon como su tierra natal y aunque la tesis triunfadora fue que había nacido en Génova, ninguna estuvo muy bien sustentada por la documentación que existía al respecto, llena de lagunas y misterios. Su hijo, Hernando Colón, autor de un libro sobre la vida de su padre, contribuyó a la controversia. Se escribieron textos tan parciales como: “Venciendo prejuicios e intereses, temores e ignorancias, el hábil y ambicioso marino genovés Cristóbal Colón arribó a América por la Isla Guanahaní, imponiendo su primera determinación colonialista al renombrarla San Salvador”. O tan inútilmente precisos como el titulado Las cosas suplicadas y que Vuestras Altezas dan y otorgan a D. Cristóbal Colón en alguna satisfacción de lo que ha de descubrir en las mares Oceánicas, del viaje que ahora, con la ayuda de Dios, ha de hacer por ellas en servicio de Vuestras Altezas, donde se enlistan títulos, prebendas, división de dineros, tierras y mercancías que todavía ni existían. Y así América y Cristóbal Colón se fueron perdiendo y encontrando.

Pero no se arredre, lector querido. Todo adquiere sentido cuando las consideraciones provienen de la voz de la sensatez y el estudio. Una como la de Edmundo O’Gorman, cuando en su libro La invención de América, dice:

“El 12 de octubre se conmemora la llegada del navegante genovés Cristóbal Colón a tierras americanas y el inicio del encuentro entre dos culturas. La trascendencia de este hecho histórico no tiene parangón en la historia y sus implicaciones han dado cabida a innumerables disertaciones, interpretaciones y polémicas. Por lo pronto, baste recordar que, en efecto, en 1492 no sólo se dio el descubrimiento de un nuevo continente y con él, el inicio de su conocimiento de todo el planeta, sino también el encuentro de dos mundos. Cambiaron las estructuras políticas, económicas, sociales y culturales en los dos hemisferios y, en forma arrolladora se dio un trasplante de modelos del Viejo al Nuevo mundo. Muy cierto que también el atropello de las culturas autóctonas, pero también la implantación de la lengua española que hoy hablamos y leemos. El mestizaje racial y cultural que nos dio origen y que es la base del ser constitutivo de la mayoría de las naciones americanas”.  Más clara ni el agua de las Indias Occidentales.

Mejor razón para dejar de insultar al almirante, no hay otra. El mundo, después de Colón, se ha hecho más pequeño y la indiferencia grande. El tiempo de los aventureros no volverá jamás. Ya no hay tiempo que sobre, mares desconocidos, ni más tierras que descubrir de este lado de la mar océano. Pero todavía podemos celebrar ser americanos y seguir gritando, cada 12 de octubre, ¡qué viva la raza!