Straight Talk On Trade es el reciente libro de Dani Rodrik publicado por la Universidad de Princeton. El texto recoge las ideas y argumentos que el autor ha sostenido por un par de décadas.

Su argumento central es que hemos vivido en los últimos años un exceso de globalización. Eso ha generado que los costos de los bienes se profundicen y que la ganancias en la mayoría de los países se concentren en las grandes corporaciones, en ciertas regiones, en las élites y en sectores como el financiero. Lo que ha dado origen a una violenta reacción política que se refleja en el resurgimiento de candidatos y partidos de extrema derecha en Europa y en Estados Unidos.

Como los procesos de globalización comerciales, financieros, industriales, de telecomunicaciones, etcétera, no pueden ser gobernados ni por instituciones supranacionales, que en realidad nunca se fortalecieron, ni por las nacionales, que se debilitaron, entonces la apertura y la liberalización generaron desequilibrios excesivos y crisis, como las financieras, con enormes costos económicos y sociales.

Esa globalización desmedida, y no las ideas proteccionistas, es la que ahora ponen en riesgo el proceso mismo de globalización.

Rodrik propone una globalización limitada, con instituciones internacionales que permitan mayor coordinación en temas como los ambientales, laborales o tributarios, pero, sobre todo, en donde los gobiernos nacionales puedan desarrollar sus propias políticas. Hasta el momento, no hemos construido instituciones globales que rindan cuentas a los ciudadanos, por lo que su legitimidad es limitada, así como no es claro siempre a los intereses a los que sirven.

Es posible que la Unión Europea evolucione a una unidad con políticas fiscales conjuntas, acordadas en un parlamento común, pero muy poco probables. El estado nacional seguirá siendo el espacio para política pública. De hecho, en la visión de Rodrik, uno de los problemas de la globalización es que se pretende tener recetas comunes, siempre efectivas, que se promueven o incluso se imponen, para lograr objetivos como incrementar la productividad, reducir la inflación, generar crecimiento o competencia.

La evidencia, por el contrario, muestra que las naciones siguieron políticas menos ortodoxas, basadas en políticas de manufactura local, no sólo de apertura comercial y liberalización de mercados, como Taiwán, China, India, Corea o Vietnam, logrando alcanzar largos periodos de importante crecimiento económico per cápita.

México es el ejemplo de lo contrario. El seguir la receta de liberalizar el comercio y los mercados, a raja tabla, sin políticas industriales nacionales, permitió estabilizar la economía, pero prácticamente sin crecimiento.

La apertura generó una economía dual, en la que los sectores modernos y dinámicos están separados del resto de los sectores y regiones, por lo que el crecimiento no se detonó y las desigualdades crecen. La personas siguen migrando del campo a la ciudad, pero no para incorporarse a la industria, que les permitiría tener mejores salarios y condiciones laborales, sino a la informalidad o los servicios con salarios muy bajos.

Rodrik considera que las políticas que pueden reorientar el proceso de globalización, para reducir sus costos, extender sus beneficios y evitar los riesgos que la ultraderecha representa, en este contexto solamente se podrán articular desde la izquierda. De ese polo surgieron las instituciones que ya una vez salvaron al capitalismo, como el estado de bienestar y la políticas contra cíclicas.

Señala que, por fortuna, ahora contamos con un extenso capital de ideas económicas que nos permiten entender mejor cómo funcionan en realidad los mercados y como se puede hacer política pública para intervenir con eficacia. Los trabajos de Admati y Johnson sobre la regulación que requiere el sistema financiero para prevenir otra crisis, los de Piketty y Atkinson sobre las políticas que se pueden implementar para reducir la desigualdad, los de Mazzucato y Ha-Joon sobre el papel del sector público, los de Sach y Summers sobre el rol estatal en la inversión en infraestructura, los de Stiglitz y Ocampo sobre la reforma a los organismos internacionales para que las naciones en desarrollo tengan mayor influencia en las decisiones.

Es decir, buena parte de lo que ahora se reflexiona en economía tienen que ver con desechar la idea de que existen recetas únicas y que las fallas más graves de la economía vienen del estado, cuando los mercados en general, tienen que ser intervenidos para alcanzar los fines sociales que queremos.