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Cuando llegó la Revolución
En 1910, México tenía quince millones de habitantes. Todos esperaban la fastuosa celebración del primer Centenario de la Independencia, que había sido preparada con una anticipación desesperante y prometía ser la mejor fiesta que cualquiera hubiera contemplado. Monumentos, desfiles, bailes, festivales, banquetes y carteles aparecían por todos lados. Sin embargo, la aparición del cometa Halley, justo el 15 de septiembre, al final de la ceremonia del Grito, resultó un evento que nadie se esperaba. Muchos sintieron pánico. Otros, dijeron que era una demostración de que los cielos se unían al luminoso aniversario de las celebraciones centenarias y hasta el espacio sideral festejaba con nosotros. Algunos, muertos de miedo, quedaron convencidos de que la enorme bola como de fuego, era una señal del fin del mundo.
Como si no hubiera sido suficiente, al final de la verbena popular organizada en la Plaza Mayor, una muchedumbre avanzó hacia el Palacio Nacional profiriendo alaridos que nada tenían ver con la Independencia y fueron subiendo de tono. Después se escucharon detonaciones. Como cuetes, como tiros disparados al aire, dijeron las crónicas. Seguramente por el júbilo que la fecha provocaba en el pueblo, pensaron unos, pero la prensa aclaró que entre el ruidero se escuchaban claramente, gritos y ovaciones para Francisco I. Madero.
Nacido en una hacienda que se llamaba El Rosario, allá muy lejos, en Parras, Coahuila, el 30 de octubre de 1873, Francisco Indalecio, fue el primero de los 16 hijos que tendría el matrimonio de Don Francisco Madero Hernández y Doña Mercedes González Treviño. Estaba llamado a ser un gran héroe de la guerra que cambiaría al país. Pequeño de estatura y frágil de salud, Francisco resultó ser un enorme ideólogo y disciplinado estudiante. Su familia era acomodada y pudiente: tenía minas, haciendas, tierras de labranza, caballos, ganado y florecientes negocios.
El segundo hijo del matrimonio, hermano favorito de Francisco, se llamó Gustavo Adolfo y desde niños fueron inseparables. Cuando tenían 12 y 10 años, sus papás los mandaron de internos; primero a Saltillo, a la escuela jesuita de San José a cursar la primaria y después a Baltimore en Estados Unidos, a continuar con sus estudios. Sus padres esperaban que Francisco, siendo el mayor, fuera el heredero de los negocios y las tierras de la familia. Muy bien encaminado, después de su estadía en tierra yankee, quiso irse a Francia. Estuvo en el Liceo Versalles durante un largo tiempo y luego en la Escuela de Altos Estudios Comerciales de París. Cuando regresó a México en 1892, los frutos de su educación comenzaron a notarse: emprendió modernas obras de riego para los campos de la familia y tan exitoso fue su proyecto que hasta le valió una felicitación del mismísimo general Porfirio Díaz. Pero entre la admiración y la fortuna, como suele suceder, también creció la mala yerba de la envidia y el chisme. Entre las habladurías, se decía que el capital personal del hijo mayor de los Madero ascendía a la increíble cantidad de 500 mil pesos…y que de tanto leer y estudiar se había vuelto loco porque creía que los muertos le hablaban… si no ¿cuál sería el motivo de ponerse cada vez más flaco y cenizo?
Pocos se enteraron del verdadero cambio que se había operado en él. Después de su viaje a Europa, como todo joven acaudalado y pudiente, Francisco -que había leído de todo- tuvo una revelación ideológica. y se puso a escribir un libro. Se llamaba La Sucesión Presidencial en 1910. Para junio de 1909 ya había vendido los ejemplares suficientes para financiar su proyecto antirreeleccionista e iniciar una serie de recorridos por toda la República.
Su propuesta de no reelección era en esencia una crítica a las formas de gestión política de Porfirio Díaz, donde gobernadores, jefes y "notables de pueblo" tomaban las decisiones sin ninguna clase de consenso social.
Decidido a trabajar en ello, en abril de 1910, Madero encabezó la Convención de organizaciones partidistas y fundó el Partido Antirreeleccionista, que lo designó candidato a la Presidencia para las elecciones que estaban a punto de llegar.
Un nuevo desengaño lo esperaba. Después de las elecciones, celebradas en junio y julio de 1910, el Congreso de la Unión declaró nuevamente presidente de la República a Porfirio Díaz. En respuesta, Madero, publicó el Plan de San Luis, manifiesto en el que declaraba nulas las elecciones para presidente y vicepresidente de la República, magistrados a la Suprema Corte de la Nación y diputados y senadores. Desconocía al gobierno de Díaz y lo acusaba de cometer y apoyar el fraude electoral más escandaloso de la historia de México. Declaraba Ley Suprema de la República el principio de No Reelección y, finalmente, hacía un llamado para que el día 20 de noviembre, de las seis de la tarde en adelante, todos los ciudadanos de la República tomaran las armas para arrojar del poder a las autoridades que en aquel momento gobernaban.
Aquel día amaneció domingo. Don Porfirio y su familia desayunaron en el Hotel Géneve, famoso por haber servido el primer sándwich en la Ciudad de México, y se comieron varios.
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