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Cronoscopio
Léase para sobrevivir el final de la fiesta.

Resígnese y conserve el ánimo ligero. El mes de la patria está a punto de acabarse porque todo termina y no hay un solo instante que no se pierda. Aunque todo sea susceptible de repetirse eternamente y pocas cosas sean sospechosas como la eternidad y nada con tantas lecturas como las historias nacionales.
Si ya tiene nostalgia prematura o no celebró lo suficiente piense que la Independencia no se logró en un grito. Que no fue el cura Hidalgo quien recibió los vítores del pueblo liberado, y tuvieron que pasar 11 años y 11 días, después de los tañidos de la campana de Dolores, para que los insurgentes pasaran de revoltosos malhechores a convertirse en los héroes que nos dieron patria.
El almanaque nacional más digno y respetable que cualquier carnet de fiesta y baile indica que la consumación de la Independencia tuvo una fecha precisa: el 27 de septiembre de 1821.
Y antes de que se pregunte usted por qué no festejamos justo en ese día, lector querido, habremos de decir que mucha de la culpa —además de la ignorancia, la resaca y cierto resentimiento— es por la dificultad de separar tamaño acontecimiento nacional de la equívoca figura de un solo hombre: Agustín Cosme Damián de Iturbide y Aramburu. Cuando se firmó por fin la Independencia, el ejército de las tropas españolas de Agustín de Iturbide, unido con el de los insurgentes mexicanos de Vicente Guerrero —previamente enemigos acérrimos, y ya ocupados en idénticas pasiones— habían entrado hombro con hombro a la otrora capital de la Nueva España, hoy Ciudad de México, por diferentes rumbos y formando una columna principal.
Reunidos, pero también estupefactos, los 7,616 infantes, junto con los 7,755 elementos de caballería y los 763 artilleros con todo y sus 68 cañones y llevando a Iturbide al frente —que además ese día cumplía 38 años— marchaban oyendo vivas, pisaban fuerte las calles y se sentían, por fin, triunfantes y más felices que cansados.
Desde su creación, producto de un abrazo y que se consignaba en el Plan de Iguala, aquel ejército se había llamado Trigarante debido a las tres garantías que defendía: la religión católica como la única tolerada, la total independencia de México y la unión entre los bandos para hacer la guerra a cualquier opositor. Era un día glorioso.
Iturbide —gallardo, con la pinta y las mejores aptitudes de un soldado— primero había sido un ilustrado criollo y favorito de Calleja nuestro archienemigo de la Independencia, después un hábil general del ejército realista que casi acaba con Morelos, más tarde y porque no era nada tonto, amigo de la causa libertaria y al final, el luminoso estratega que había diseñado el Plan de Iguala con insoportable brillantez y al final el consumador de nuestra Independencia.
Por ello marchaba al frente del Ejército Trigarante cuando entró triunfante a la Ciudad de México. Sin embargo, la historia todo le cobraría. Oscilando entre el heroísmo y la traición, Agustín de Iturbide, como Antonio López de Santa Anna y Porfirio Díaz, sería personaje crucial de la tríada de los villanos de la historia nacional y como quiso la fatalidad que cumpliera 38 años justo aquel 27 de septiembre, la memoria patria se negó a celebrar la fiesta de la Independencia en aquella fecha. Además, sírvase anotar que no existe en todo el territorio nacional ninguna estatua o monumento en su homenaje ni calle que lleve su nombre.
La fiesta de su onomástico había empezado con un agasajo monacal y gastronómico en la ciudad de Puebla. Después con una cabalgata —agotadora, pero triunfal— al frente de un ejército que cualquier general habría soñado.
Las crónicas atestiguan que aquel día gallardos ejércitos y divisiones, por pura devoción a Iturbide, habían salido desde Chapultepec para reunirse con el grueso de las tropas en Tacuba. Cuentan que el reloj todavía no marcaba el medio día cuando el jefe máximo del Ejército Trigarante —el cumpleañero—, montado en un caballo negro y seguido del Estado Mayor, avanzó por el Paseo Nuevo hasta llegar a la avenida de Corpus Christi, deteniéndose en la esquina del convento de San Francisco bajo un soberbio arco triunfal.
Dicen también que fue recibido por el alcalde más antiguo, José Ignacio Ormaechea, quien le entregó las llaves de la ciudad (que ni puertas, ni cerraduras, ni nuevo nombre tenía). Y que al paso del contingente fue vitoreado con gritos de ¡Viva Iturbide!, ¡Viva el Ejército Trigarante!
Después, como se estilaría por décadas enteras, el homenajeado dio un discurso que a la letra decía:
“Mexicanos: Ya estáis en el caso de saludar a la patria independiente como os anuncié en Iguala; ya recorrí el inmenso espacio que hay desde la esclavitud a la libertad, y toqué los diversos resortes para que todo americano manifestase su opinión escondida.
“Ya me veis en la capital del imperio más opulento sin dejar atrás ni arroyos de sangre, ni campos talados, ni viudas desconsoladas, ni desgraciados hijos que llenen de maldiciones al asesino de su padre; por el contrario, recorridas quedan las principales provincias de este reino, y todas uniformadas en la celebridad han dirigido al Ejército Trigarante vivas expresivos y al cielo votos de gratitud. Se instalará la junta; se reunirán las cortes; se sancionará la ley que debe haceros venturosos, y yo os exhortó a que olvidéis las palabras alarmantes y de exterminio, y sólo pronunciéis unión y amistad íntima”.
Casi innecesario decir que no hubo palabras más sentidas, frases tan conmovedoras, sentimientos tan prístinos, nacionalismo mejor exaltado.
Todavía con el discurso resonando en los oídos del pueblo, ahora sí ya casi mexicano, se quedó formalmente instalada una Junta Gubernativa y la elección de Iturbide, por unanimidad como presidente de tal junta. Después hubo misa y al día siguiente, se citó una reunión para redactar el Acta de Independencia del Imperio Mexicano.
El documento, firmado por los 38 miembros de la junta, a la letra decía: “La Nación Mexicana que, por trescientos años, ni ha tenido voluntad propia, ni libre uso de la voz, sale hoy de la opresión en que ha vivido. Los heroicos esfuerzos de sus hijos han sido coronados, y está consumada la empresa, eternamente memorable, que un genio, superior a toda admiración y elogio, por el amor y gloria de su Patria, principió en Iguala, prosiguió y llevó al cabo, arrollando obstáculos casi insuperables.
Restituida, pues, esta parte del Septentrión al ejercicio de cuantos derechos le concedió el autor de la naturaleza y reconocen por inajenables (sic) y sagrados las naciones cultas de la tierra, en libertad de constituirse del modo que más convenga á su felicidad, y con representantes que puedan manifestar su voluntad y sus designios, comienza á hacer uso de tan preciosos dones y declara solemnemente que es nación soberana é independiente de la antigua España (...) y que va a constituirse con arreglo a las bases que en el Plan de Iguala y tratados de Córdoba estableció sabiamente el primer jefe del ejército imperial de las tres garantías, y sostendrá a todo trance y con el sacrificio de los haberes y vidas de sus individuos (si fuere necesario) esta solemne declaración, hecha en la Capital del imperio a 28 de Septiembre del año de 1821, primero de la independencia mexicana.”
Aquel fin de fiesta luminoso, y usted podría celebrar la Independencia esta semana que nos queda, fue también el principio de la negra leyenda del primer imperio mexicano. Dicen que, ante el pelotón de fusilamiento, Iturbide gritaba que no era un traidor... pero todavía entre nosotros anida la desconfianza.
Y es que a veces sospechamos, si no es que también tiene la culpa de que nos burlemos del honor, perdonemos toda ofensa y consideremos que la traición es, esencialmente, una cuestión de costumbre.