No serás castigado por sentir ira, sino la ira misma te castigará.

Buda.

Los procesos de decisión sobre temas económicos o financieros, como he apuntado en otras ocasiones, rara vez son estrictamente racionales. Frecuentemente la presencia de sesgos en nuestros procesos de decisión, los errores de percepción, la forma en la que se nos presenta la decisión o carencias en la calidad de la información que tenemos para decidir, condicionan las decisiones y provoca que estas no siempre garanticen nuestro mejor interés económico.

Y frecuentemente, las decisiones que adoptamos las tomamos además en condiciones específicas de estado de ánimo, que también inciden en la naturaleza y orientación de nuestras decisiones; siendo el enojo una de las emociones que se ha estudiado como afectan nuestras decisiones.

En algunos casos, una situación de contexto que provoca una sensación de enojo (como puede ser un accidente o un imprevisto), que además de enojo nos provoca un descalabro financiero de corto plazo, puede llevarnos a tomar una decisión que, además de la afectación coyuntural, se vea negativamente impactada por nuestro estado de ánimo. Por ejemplo, cuando después un accidente automotriz o de un percance médico, tenemos que evaluar de manera rápida entre dos decisiones: pagar un deducible (y en algunos casos un coaseguro) o evaluar si por el elevado costo de estos conceptos es preferible absorber el pago del percance de manera directa.

En una situación como esta, se agrega un componente que afecta la decisión. Percibimos que estamos teniendo que optar entre dos opciones que consideramos en principio malas para nosotros; aun cuando en este caso hayan sido derivadas de un tema fortuito.

En otras ocasiones, nos sentimos obligados a elegir entre alternativas que en muchos casos no percibimos favorables.

Cuando todas las alternativas parecen malas, frecuentemente las personas tienden a postergar su decisión y en muchos casos, a evitarla.

En el artículo “Portrait of the angry decision maker” de Lerner y Tiedens, se muestra que el enojo puede afectar las percepciones de las personas y determinar sus decisiones, aun en casos en los que la decisión no se encuentra relacionada con el motivo del enojo.

Se detallan diversas investigaciones que apuntan a que las decisiones bajo enojo tienden a tomarse, a partir de la formación de expectativas pesimistas del futuro o de los resultados de las alternativas que se nos presentan, lo que tiende a subestimar los potenciales resultados favorables de la decisión y a sobredimensionar los potencial resultados negativos de las alternativas que nos parecen menos malas.

Una de las formas que adopta la influencia del enojo en nuestras decisiones es el condicionamiento de nuestra decisión a tratar de castigar o descalificar a las personas o situaciones que percibimos que son culpables de nuestro enojo (o del contexto negativo de nuestra decisión). Otro efecto del enojo, es que puede provocar una reducción de la capacidad de evaluación de los riesgos implícitos a la decisión.

El artículo señala también que otro efecto adicional de procesar las decisiones a partir de ánimo de enojo, es que las personas seamos más receptivos a los argumentos de alguna de alternativas, que muestren también enojo. Ello implica que, ante un estado de ánimo de esta naturaleza, entre varias alternativas las personas tenderán a escoger aquellas que reflejen mejor su postura de enojo o molestia ante una situación terminada, reduciendo el análisis que se realiza de la decisión en términos de sus efectos directos para quien la toma.

Distintos estudios apuntan a que una persona promedio enfrenta situaciones de enojo frecuentemente a lo largo del día y del mes, por lo que muchas de las decisiones que tomemos estarán inmersas en este contexto de estado de ánimo.

Cuando se trata de decisiones que tienen un impacto de largo plazo, por ejemplo, las financieras, es fundamental evitar que el enojo nos lleve a tomar decisiones subóptimas para nuestro futuro personal y el de nuestras familias. De ahí la importancia de ser capaz de analizar las alternativas por sus propios méritos y, ante dos alternativas que consideramos malas, elegir aquella que creemos implica escenarios futuros menos negativos.

Al final de cuentas, las emociones son momentáneas, pero las consecuencias de nuestras decisiones económicas y financieras son de largo alcance.

El autor es politólogo, mercadólogo, especialista en economía conductual y Director General de Mexicana de Becas, Fondo de Ahorro Educativo.

Síguelo en Twitter:  @martinezsolares

Raúl Martínez Solares

CEO de Mexicana de Becas

Economía Conductual

Desde 2006 fue Director Comercial de Mexicana de Becas, Fondo de Ahorro Educativo y a partir de enero de 2012 es Director General de esa empresa.

Es especialista en temas de estrategia de negocios y mercadotecnia; Economía Conductual, cambios demográficos y ahorro previsional de largo plazo, como pensiones y ahorro educativo.