Hace unos pocos días falleció Clayton Christensen, destacado economista y uno de los pensadores más ilustres de la escuela de negocios de la Universidad de Harvard. En 1997 cobró notoriedad al publicar uno de los libros de negocios más reconocidos de los últimos 50 años y que es considerado ya un clásico en la materia: El dilema del innovador.

La quiebra de las empresas es un mecanismo común, de depuración del sistema, propio de las economías de mercado. No debe sorprendernos que una empresa fracase, particularmente cuando no es gestionada correctamente o cuando se desenvuelve en un entorno altamente competido. Lo que sí resulta sorprendente, es la quiebra de las buenas empresas. Es decir, de aquellas que son bien gestionadas, que escuchan a sus consumidores y que invierten agresivamente en nuevas tecnologías.

Christensen dedicó su obra fundamental al estudio de estas empresas y postuló una paradoja. El fracaso de las buenas empresas procede de decisiones que son tomadas cuando estas compañías son consideradas entre las mejores del mundo. Al respecto, hay dos posibles explicaciones. La primera, la más sencilla, es que estas empresas realmente no eran tan buenas, sino que tuvieron suerte, pero estuvieron sujetas a una mala administración que se mantuvo oculta por los buenos resultados. La otra explicación, que es a la que Christensen dedica su estudio, es que hay algo en la manera en la que son tomadas las decisiones de las buenas organizaciones, que siembra las semillas del fracaso eventual.

Contrario a la creencia de los años 80, Christensen señala que la razón del fracaso es, precisamente, la existencia de una buena administración. La posición de liderazgo puede perderse si las empresas escuchan a los consumidores, si invierten en nuevas tecnologías para proporcionar mejores productos a éstos, si dan un seguimiento puntual a las tendencias de mercado, si apuntan sus inversiones a las innovaciones que prometen los mayores rendimientos. Entonces, hay momentos en que las empresas no deben escuchar a los consumidores y deben invertir en productos de bajo desempeño y bajo margen.

Hay reglas que los directivos deben conocer, para determinar cuándo se deben regir por los principios tradicionales de la administración y cuándo deben emplear consideraciones alternativas. Estas reglas son los principios de la innovación disruptiva y son frecuentemente ignoradas por los directivos.

El elemento fundamental, aunque no único, del fracaso, es la incapacidad de distinguir entre el cambio tecnológico de sostenimiento y el disruptivo. El primero se refiere a cambios, que pueden ser incluso radicales, que solamente mejoran el desempeño de los productos existentes. El cambio disruptivo, que a veces puede aparecer bajo la forma de productos de peor desempeño, modifica sustancialmente la oferta de valor que percibe una franja importante de consumidores. Estos nuevos productos pueden ser más baratos, más sencillos y convenientes.

Christensen indica que el cambio tecnológico de sostenimiento raras veces lleva a las buenas empresas al fracaso. Al parecer, las buenas prácticas de gestión empresarial son las adecuadas para mantener el éxito de las organizaciones que enfrentan este tipo de innovación. Es la innovación disruptiva la que lleva al fracaso de las buenas organizaciones. El mensaje de Christensen es que las buenas prácticas gerenciales, adecuadas para los momentos de innovación de sostenimiento, no son suficientes para vislumbrar el advenimiento del cambio disruptivo.

Con sus ideas, Christensen revolucionó la gestión empresarial. Ahora se acepta que debemos pensar diferente o, como se dice, fuera de la caja. El disruptor no es el competidor tradicional, sino el que se encuentra fuera del radar. Por esta razón, una de las recomendaciones que se hace a las organizaciones es incorporar a su consejo de administración a miembros procedentes de otras industrias o con un pensamiento no convencional.

*Socio director de Ockham Economic Consulting, empresa de consultoría especializada en competencia económica, regulación y análisis de mercados.

Javier Núñez Melgoza

Consultor

Competencia y Mercados

Consultor en Competencia Económica y Regulación, además es profesor universitario.