Uno de los rasgos definitorios del ser humano es sin duda la curiosidad. Hace cuatro o cinco mil años, cuando nuestros ancestros contemplaban el cielo nocturno, cubierto de miriadas de puntos de luz aparentemente muy lejanos, sin duda se preguntaban qué eran, por qué se movían, por qué desaparecían cada día. No tenían manera de saciar esa curiosidad todavía, así que creaban mitos, historias hermosamente tejidas para vestir de sentido a los fenómenos naturales.

La búsqueda de conocimiento es universal a todos los seres humanos, por lo que buscar un solo origen para el nacimiento de la ciencia es tarea baladí. Pero como somos occidentales, más o menos hemos acordado atribuir este inicio a un grupo de filósofos en la antigua Jonia, en lo que hoy llamamos la Grecia asiática, conocidos hoy como los Presocráticos porque, bueno, no eran Sócrates. Hace unos 2,500 años, Tales de Mileto, Anaximandro, Demócrito y otros, creían que era importante separar los mitos de lo que podían observar, y estaban interesados en por qué las cosas son lo que son y de qué están hechas, para lo cual desarrollaron teorías que hoy nos parecerían risibles, si bien estaban llenas de razón.

Hoy día y gracias a las ideas de filósofos naturales como Francis Bacon contamos con una herramienta que hemos ido afilando hasta usarla para crear avances tecnológicos increíbles: la ciencia. A la vez, el corpus del conocimiento humano (todo lo que sabemos) y el método que utilizamos para obtenerlo (cómo sabemos lo que sabemos), la ciencia ha permitido que los humanos nos beneficiemos del conocimiento científico en todas las parcelas de nuestra vida diaria, desde la medicina y la agricultura hasta el dispositivo que estás utilizando para leer esto, y el Internet que nos conecta instantáneamente con cualquier parte del mundo. Marie y Pierre Curie nos dieron la ciencia nuclear, los experimentos de Franklin, Volta, Faraday y muchos otros, la electricidad. Mendel sentó las bases de las leyes de la herencia a mediados de 1850 y cien años después, en plena Guerra Fría, Watson y Crick publicaron el hallazgo de la doble hélice del ADN, lo que nos dio la ciencia genética. Las vacunas, la medicina moderna, los artilugios que nos permiten adentrarnos en los más lejanos rincones del Cosmos u observar a detalle átomos mismos, han sido la base de la práctica totalidad del avance, bienestar y alimento  de la humanidad.

Nuestro sistema económico se sustenta directamente en descubrimientos realizados por científicos de todo el planeta, en los que se basan las nuevas tecnologías que alimentan las empresas que pagan por ese conocimiento y los impuestos en ese país. Los avances en meteorología, medicina, ciencias alimenticias y otras tantas que nos permitan tomar decisiones informadas como nación deben contar con el respaldo, si no con el impulso del gobierno del país donde se hace ciencia. En nuestro país tenemos 23 investigadores por cada 100,000 habitantes, veinte veces menos que países líderes. EU dedica más del 2.5% del PIB a investigación y desarrollo, China y la UE, más del 2%. En México, menos del 0.5 por ciento.

Invertir en investigación científica puede significar para un país una enorme diferencia  en su economía. La investigación de nuevas energías, microbiología, genética, vacunas y medicinas, puede suponer no sólo avances económicos sino también beneficios sociales muy importantes, al mejorar la calidad de vida de los ciudadanos con energía más barata y de mayor cobertura con mayor eficiencia, limpia y moderna, mejores hospitales o medicinas más baratas y efectivas. La conservación del patrimonio natural y cultural de una nación puede representar un gran aumento en el turismo y el restablecimiento de ecosistemas en peligro, pero el camino de la investigación debe continuar para lograrlo. Según Yale, la inversión en investigación y desarrollo puede convertirse en un círculo virtuoso de crecimiento económico y desarrollo humano, o un círculo vicioso sin investigación y un bajo índice de crecimiento en el desarrollo humano.

Muy por debajo de países como Eslovenia, Estonia, Lituania o Georgia, en nuestro país no se hace ciencia como deberíamos, aun contando con instituciones e investigadores vinculados a las principales universidades y focos de conocimiento del mundo. La atención que pongamos como nación a este respecto puede definir el futuro socioeconómico de México para las generaciones por venir. Por eso hacer ciencia es importante.

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Ramón Martínez Leyva

Ingeniero

Un pálido punto azul

Es ingeniero en Sistemas Computacionales. Sus áreas de conocimiento son tecnologías, ciencia y medio ambiente.

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