China vuelve a sorprender al mundo con un nuevo virus convertido en pandemia. Bajo la enferma idea de contener la expansión del comunismo y el deseo de incorporar al país más poblado de la tierra a la economía de libre mercado, las naciones de occidente han permitido a la República Popular China y sus apéndices del mundo desarrollado, Singapur, Hong Kong y Taiwán, hacer lo que han querido sin dar cuentas a nadie. A lo largo de los años, los países desarrollados movieron su industria y buena parte de su conocimiento tecnológico a aquel país para aprovecharse de su abundante mano de obra barata, sus nulos derechos laborales y su falta de respeto a los más elementales derechos humanos, para obtener millones de productos a bajo costo e introducirlos a sus economías. Por largo tiempo, los ciudadanos de estos países gozaron de productos baratos mientras las grandes compañías multinacionales se enriquecían obscenamente, trasladando estas prácticas trasnacionales al resto del mundo. El beneficio terminó cuando los ciudadanos del mundo desarrollado comenzaron a perder sus trabajos y hoy se remata con un nuevo virus mortal que nos han regalado por la insana práctica de invadir el espacio natural de los animales.

La fascinación por China había venido en aumento porque se decía, sin sustento empírico, que crecía a tasas de 14%, porque sus 1,400 millones de habitantes ya comían dos veces al día y se habían convertido en una economía de libre mercado y, con el ridículo de que iba a financiar todas las obras de infraestructura del planeta porque tienen mucho dinero para todos menos para ellos. Todo, mientras se pasaba por alto su nulo aprecio por los derechos humanos y su carencia de libertades elementales. China, el modelo perfecto con una dictadura política con libre mercado y castración social. Lo anterior carece de ética alguna y es una clara contradicción. Pero la falta de ética no es nada más atribuible a los gobernantes chinos, sino al resto que ha permitido que, violando los derechos humanos, sociales y políticos, se les abra las puertas del mundo comercial y financiero supuestamente basado en las mejores prácticas morales, de transparencia y de protección a los derechos de propiedad. El costo ha sido muy alto.

Lo que inmoralmente convenía a todos cerró los ojos a la verdadera razón del porqué hoy sufrimos consecuencias devastadoras como el Covid-19, la irracional invasión del espacio de la naturaleza por parte del ser humano que ha llegado en China, por ejemplo, al aberrante atracón de comer animales vivos como perros, gatos, murciélagos, insectos y simios, a los que les parten el cráneo para comer el cerebro mientras el animal termina de morirse. ¿Qué práctica es ésta? ¿Qué la justifica en el siglo XXI? No es por el número de habitantes que tienen que comer, eso sería tanto como justificar que en la India coman ganado o en África engullan a todos los leones, jirafas y elefantes para saciar el hambre. China tiene que parar ya y ser llamada a cuentas. Es otro virus que envían al mundo por no suprimir sus salvajes prácticas en contra de la naturaleza y, en general, por andar recorriendo el mundo mostrando una cara de modernidad cuando internamente tienen una moral discutible que viola derechos elementales del hombre, así como de propiedad y de ética económica sin que nadie diga nada. Y todavía hay quienes la ven como salvadora del virus que ella produjo.

Carlos Alberto Martínez

Doctor en Desarrollo Económico y Derecho

AUCTORITAS

Profesor en la Universidad Panamericana, Ibero y TEC de Monterrey. Ha trabajado en el Banco de México, la Secretaría de Hacienda, en Washington, DC y en la Presidencia de la República. Actualmente estudia el doctorado en Filosofía con investigaciones en el campo de la ética y la economía. Autor de libros en historia económica, regulación financiera y políticas públicas.