Buscar
Opinión

Lectura 3:00 min

Changos lectores

main image

L.M. Oliveira

No sé si les pasa, pero yo noto que me he vuelto disperso. Más bien, que ciertos entornos, como estar sentado frente a la computadora o, peor, con el teléfono al lado, impiden que mi concentración sea plena. Mientras escribo este artículo, por ejemplo, debo batallar para no buscar algo en Google, que luego me lleve a Twitter, para terminar leyendo una nota sobre la próxima extinción del café. Vivimos en un mundo donde empresas se dedican, con dolo, a motivar nuestra inclinación a lo novedoso, para tener nuestra atención y ganar dinero. Y nosotros como si nada. La que parece una mera característica, la inclinación a lo novedoso, es una capacidad que desarrollamos cuando vivíamos en medio de la sabana, donde debíamos vigilar nuestro entorno, pendientes de cambios, de «novedades». Esto nos ayudaba a protegernos de los depredadores. Ante un ruido «novedoso» dejábamos de hacer lo que hacíamos para ver si se trataba de una ortiga que mecía el viento, o de los pasos de un león.

Si estamos constantemente expuestos a novedades generamos una adicción a ellas que impide que nos concentremos. Y, claro, la falta de concentración conduce, entre otras cosas, a la incapacidad de leer con detalle un texto. He escuchado decir: «¿para qué leo si puedo ver películas en mi plataforma favorita y recibir gozo». O: «los viejitos no entienden que las cosas cambian, no quieren dejar nacer este nuevo mundo, que será audiovisual». El problema es que la lectura a detalle y profunda genera transformaciones en el cerebro que otras actividades no logran producir. Leer a profundidad permite el pensamiento crítico y multiplica nuestra capacidad de ser empáticos, de ponernos en el zapato de los demás. Piensen ahora en un mundo con menos capacidad crítica y menos empatía.

Debemos trabajar en pos de nuestra capacidad de concentrarnos y leer. Para ello no se requiere dejar de ver televisión ni de usar redes sociales, sino de hacerlo con disciplina para darnos un espacio lejos del teléfono, la televisión y la computadora donde concentrarnos en la lectura. A los niños tenemos que dejar de sobreestimularlos con pantallas y ayudarlos a desarrollar su capacidad de poner atención, leyéndoles. A la larga, los niños serán menos ansiosos y tendrán mejor posibilidad de usar el pensamiento abstracto y crítico. A los adultos nos permitirá sumergirnos profundamente en el texto y, así, pensar sobre lo que leemos y compararlo con nuestros deseos, valores y creencias. Esto hará que las neuronas se unan en nuevas sinapsis. Además, se fortalecerá el canal de la empatía. Si lo anterior les interesa, les recomiendo los libros de Maryanne Wolf : «Proust y el calamar» y «Lector, vuelve a casa».

Lo cierto es que los seres humanos deambulamos cientos de miles de años por el planeta sin leer; podemos seguir sin hacerlo. Pero si escogemos esa ruta perderemos el cerebro lector, que es más capaz de concentrarse, de pensar en abstracto, de imaginar y de ser crítico; todos elementos centrales de la justicia y la creación de conocimiento. Changos ya somos, pero también podemos ser changos lectores.

Temas relacionados

L.M. Oliveira

L.M. Oliveira es escritor. Autor de "El mismo polvo" y "El oficio de la venganza". Es Titular A en el Centro de Investigaciones sobre América Latina y El Caribe.

Únete infórmate descubre

Suscríbete a nuestros
Newsletters

Ve a nuestros Newslettersregístrate aquí
tracking reference image

Noticias Recomendadas

Suscríbete