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Cartas de viaje para el Día del Amor

Pasajero de infinitas travesías, el amor ha viajado de polizón en muchas naves. Poesía, religión, arte y pensamiento, han sido algunas. Otras, las ideologías, aspiraciones y certezas que, como la marea, han ido cambiando de rumbo todo el tiempo. Hoy ya no es destino el amor romántico, ni es heroico naufragar para quedarse en el paradigma del amor de siempre. Si hubiéramos de explicar y definir el tema -si acaso el amor puede explicarse, si acaso vale definirlo- podríamos celebrar este día de otra manera. (¿Qué le parece -lector querido- si revisando rutas y navegando entre historias y lecturas?)
Desde el principio de los tiempos, escribanos, historiadores, filósofos y poetas, incluyen al amor entre sus temas y al acto de amar entre sus verbos. Algunos quejándose, otros disfrutando. Ovidio, por ejemplo, en el año 43 antes de Cristo escribió que el amor es un niño cruel y todos los hombres, pobres víctimas de sus rebeldías. Más tarde Aristófanes habló del amor como el sentimiento más grande del ser humano y agregó que nada se podía comparar con el placer de sentirlo. Para Platón, es una luz para buscar un nivel superior de entendimiento y para Aristóteles el mayor tesoro cuando amar es amor a la sabiduría. En la mitología, el pequeño Cupido, todo el tiempo vendado porque el amor es ciego y detrás de él, tomados de la mano, Venus y Marte, porque en el amor y en la guerra todo se vale. San Agustín dijo que la única medida del amor es amar sin medida aunque después llegara Sigmund Freud psicoanalizando al amor como un mero romance entre el consciente y el subconsciente.
Leyendo el Cantar de los Cantares (¡Oh, si él me besara con besos de su boca!) , pasando por Catulo, Lesbos, Shakespeare, Chaucer, Baudalaire, Verlaine y William Blake, junto con las palabras de escritores y poetas de todos los tiempos y circunstancias, las rutas del almanaque del amor se vuelven claras: hallamos a William Burroughs, al final de sus días, antes de matar a su mujer Jane de un disparo en la cabeza, diciendo que “el amor es mayormente un fraude, una mescolanza de sexo y sentimentalismo vulgar”, pero también a Sor Juana asegurando que el amor comienza con desasosiego y pidiendo escucharan con los ojos las ciegas confesiones amorosas del corazón deshecho entre sus manos.
Siglos enteros de justas palabras y precisas historias se despliegan hablando de lo mismo: Dante paseándose por el infierno nada más para llegar hasta Beatriz, el joven Werther, de Goethe, convirtiendo todos los cielos nublados en el más puro espejo de su corazón hecho pedazos, Ana Karenina tirándose a las vías del tren antes de dejar de amar lo equivocado y Amaranta Buendía cuando puso su mano en la estufa nada más para no olvidar que, en alguna fecha, alguien le había arruinado el amor y quemado el corazón para siempre.
Composiciones muchas, unas más cercanas que otras: los amorosos que callan de Jaime Sabines; Villaurrutia en sus décimas, amorosas y lúgubres; un desolado Acuña anunciado su no correspondido amor antes de muerto, la poesía de Alí Chumacero, brillante como un secreto y habitada por la liturgia y el sexo (“Porque el tacto ilumina tu desnudo / amor que a su trémulo encuentro se ha mudado / en sal, paloma, vuelo, rosa y llama, / y oye cómo por tu piel florece / y madura la sombra de la muerte”). La devota sangre de López Velarde atrapado en la pasión terrible del dueto imposibles entre el amor divino y el amor carnal.
En cuanto a la efeméride precisa, es en las escrituras religiosas donde se indica que el amor sí tiene santo y seña: su mes febrero, su día el 14 y su patrono San Valentín. El santoral cuenta la historia de que Valentín era un sacerdote de la nueva religión prohibida, que hacia el siglo III ejercía su oficio en Roma y lo que más le importaba, viviendo en época tan pagana, era convencer a los incrédulos sobre la existencia de un Dios verdadero. Claudio, el emperador había decidido prohibir la celebración de matrimonios, porque en su opinión los solteros sin familia eran mejores soldados que los casados, ya que tenían menos ataduras y distracciones. Valentín desoyó sus órdenes y siguió celebrando bodas en secreto sin darse cuenta que la suerte estaba echada. Ni el mismo Dios pudo sacar a Valentín de su cautiverio y mucho menos impedir el juicio de los hombres. Fue martirizado y ejecutado el 14 de febrero del año 270 y su herencia permanece hasta hoy en el calendario.
Las derivaciones de tal martirio también son variopintas: van desde tarjetas, flores, chocolates e infinita cursilería, hasta expectativas irreales, plegarias atendidas, el rechazo furioso o una digna indiferencia. Es lo que hay y será.
En el amor cada quien sigue su ruta y escribe sus propias cartas de viaje.