Muy satisfactorio fue el pronunciamiento que se hizo en la reciente reunión de los líderes de los países del Grupo de los Siete, al ofrecer apoyo a Brasil para defender la Amazonia, afectada hoy como ayer por los incendios.

La respuesta del gobierno de Bolsonaro fue negativa, lo que es comprensible porque ha promovido el uso de tierras para granjeros, agricultores, madereros y mineros, que las usan sin importarles el daño ecológico. Es la desmesura del poder.

No hay una posición del gobierno orientada a la prevención. De ahí la insistencia de los líderes del Grupo de los Siete, particularmente del presidente de Francia, Emmanuel Macron, de que proteger la Amazonia es responsabilidad de todos. Es una de las zonas más ricas en biodiversidad y un pulmón del mundo. “Nuestra casa está en llamas”, dijo Macron en la reunión mencionada.

En los últimos 40 años, la selva amazónica ha perdido 20% de su superficie, un territorio equivalente a dos veces Alemania. Ello, a causa de la deforestación. Y el peligro actual es que se puede perder el control de la situación que es delicada. En este año se ha registrado 85% más incendios.

La selva amazónica es una experiencia lamentable, pero existen otros casos igualmente desafortunados en África, Indonesia, Siberia, Estados Unidos, Australia y la zona centroeuropea. Además, no se tienen los recursos materiales para combatirlos, lo que plantea como política enfrentarse a la problemática del cambio climático y la deforestación. A más calor, mayores desastres naturales.

Marc Castellnou, experto en gestión y extinción de incendios, advierte sobre los peligros: “Los Pirineos pueden quemarse enteros, igual que las masas forestales de Canadá (...) Si Groenlandia ha ardido dos meses, qué no puede arder (...) La respuesta al fuego debe ser quitar combustible al paisaje”. Si bien es muy reciente la alarma que ha significado el problema del cambio climático, todavía no se asumen responsabilidades contundentes, una mayor fuerza en las medidas. Existen muchos errores de omisión. Éstos son muy graves, debido a que es un problema global, de previsibles desastres a largo plazo, irreversibles e inciertos.

También existe la especulación de que las propuestas de los ecologistas implican un descenso del nivel de vida material de un gran número de personas, porque conducen a contenciones en los procesos productivos. El calentamiento global pone en jaque las trampas del actual modelo de desarrollo. Lo estamos viendo con la actitud de Bolsonaro, que descuida el problema ecológico de su país a cambio de la ilusión de un crecimiento económico en la región amazónica con inversiones depredadoras. Hay experiencias en todo el mundo de que áreas importantes de bosques se devastaron con la promesa de un desarrollo económico futuro, resultando una desolación ecológica y humana.

El reto es que hay que pensar en las próximas generaciones y lo que pueden heredar del presente. El problema del cambio climático, dice un reciente estudio de la ONU, “altera los patrones meteorológicos, lo que a su vez produce un efecto amplio y profundo sobre el medio ambiente, la economía y la sociedad, que pone en peligro los medios de subsistencia, la salud, el agua, la seguridad alimentaria y energética”. Esto a su vez agudiza la pobreza, la migración, el desplazamiento forzado y el conflicto.

El calentamiento global ya muestra su cara destructiva en las enfermedades. Se han detectado cáncer de pulmón, ictus, afecciones respiratorias y diabetes, entre otros padecimientos.

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Sergio Mota Marín

Economista

Economía y Sociedad

Escritor y licenciado en economía, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. De 1984 a 1990 fue embajador de México ante el Reino de Dinamarca, donde se le condecoró con la orden Dannebrog.