El cacahuate es de los productos que menos se negocian en el mercado internacional. Es decir, la mayor parte de la producción se destina a los mercados domésticos.

De acuerdo con la información disponible, China e India producen 60% de la producción mundial, que en el 2011 fue de 35.43 millones de toneladas.

En México se observan dos periodos muy marcados en la producción de cacahuate. Del 2000 al 2006 se presentó una caída de 142,216 a 68,242 toneladas.

Para los siguientes años hubo ligera recuperación, logrando en el 2010 una producción de 81,485 toneladas.

El consumo nacional aparente para el 2010 fue de 187,581 toneladas, por lo que fue necesario importar 117,926 toneladas, ya que se exportaron 11,830 toneladas.

Para el 2011 las importaciones se incrementaron a 133,806 toneladas.

Así, es evidente la dependencia que tiene nuestro país de la oferta mundial, principalmente de Estados Unidos.

Al respecto, es posible afirmar que para los productores mexicanos este cultivo representa una buena alternativa, ya que existe una demanda creciente y es una alternativa de negocio muy atractiva en términos económicos.

De acuerdo con estimaciones para Sinaloa, principal estado productor de cacahuate, el cultivo bajo condiciones de temporal, semilla mejorada y aplicación de fertilizantes demanda una inversión de 9,858 pesos por hectárea, con ello se obtienen una producción de 1.5 toneladas de cacahuate, el cual se vende a 8,500 pesos la tonelada. Con estas cifras, el retorno de la inversión es de 1.3 veces a una.

Es importante considerar que el cacahuate tiene muchos usos, desde el consumo directo como botana, hasta la extracción de aceite y obtención de harinas.

Para cada uno de esos mercados las especificaciones de calidad son diferentes, por lo que de acuerdo con el mercado objetivo es la variedad de la semilla.

En todos los casos el aspecto sanitario es fundamental. El reto lo representa el control del hongo del género Aspergillus, que produce una aflatoxina de elevada toxicidad, por lo que se recomienda implementar buenas prácticas desde el cultivo, cosecha, almacenamiento y proceso. Preferentemente, y de acuerdo con las exigencias del mercado, contar con certificación.

Finalmente, otro reto para los productores es la agregación de valor, desde el proceso de descascarado hasta el tostado. Tampoco hay que olvidar que es posible realizar mejores tecnológicas para incrementar productividad.

*J. Antonio Manríquez Núñez es especialista de la Subdirección de Evaluación Sectorial en FIRA. La opinión es responsabilidad del autor y no necesariamente coincide con el punto de vista oficial de FIRA. ?amanriquez@fira.gob.mx