Tanto en los países europeos como en Estados Unidos se estudian las formas de crear una renta básica universal para los desempleados y jóvenes que no son absorbidos por el proceso productivo. La idea es vieja y empezó como una forma de utopía en tres siglos diferentes por pensadores como Thomas Paine, Bertrand Russell o Milton Friedman, entre otros.

En México, el Frente Ciudadano ha formulado algo similar como parte de su proyecto político para beneficiar a 50 millones de pobres. De inmediato han surgido voces a favor de la idea pero, también, opiniones contrarias por sus costos. Y recomiendan a sus autores que usen la calculadora para estimar impactos financieros.

Lo más importante es que están surgiendo ideas para enfrentar el problema social. La mitad de los hogares del país es pobre y 25% está en pobreza extrema. Uno de cada cinco jóvenes ni estudia ni trabaja. Estos hechos no pueden ignorarse sobre todo para aquellos que están en la actividad política y cuya responsabilidad es formular soluciones viables.

Por mucho tiempo la política se ha visto alimentada por una retórica de acusaciones, victimismo, resentimiento. Ello ha conducido a la fragilidad. Conduce a que se impida pensar y se permanezca en el pasado. La responsabilidad, sin embargo,  proyecta futuros que son necesarios articular.

La lógica económica nos dice que la distribución del ingreso entre las clases sociales la determinan dos factores: uno es la cultura y el otro  es la productividad. Mientras más educada y productiva sea una sociedad mayor será su igualdad. Por contra, mientras sea menos educada e improductiva, será más desigual. Si a esto le agregamos los efectos de las nuevas tecnologías ahorradoras de mano de obra, los desequilibrios creadores de desempleo aumentan. Asociado a ello, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos ha alertado que la pobreza ha subido “por falta de empleo de calidad”.

En México, el apoyo que ofrece el gobierno a través de sus programas sociales son paliativos, moralmente justificados, pero que sólo deberían considerarse temporales. Sin embargo, se han convertido en permanentes porque los problemas de la pobreza continúan siendo parte importante de la sociedad.

A la mano invisible del mercado habría que agregar la mano visible del Estado, a través del gasto social como motor del crecimiento económico. Pero esto es diferente a entregar dinero en efectivo.

Se ha comprobado, en los países escandinavos, que son los modelos del Estado de bienestar, que sus gastos en educación y sanidad desde los años 50, lo que han hecho que sus ciudadanos sean más productivos. Además, según Transparencia Internacional, los Estados menos corruptos son los que tienen grandes presupuestos sociales como Dinamarca, Finlandia y Suecia. También son países con un crecimiento moderado y consistente. Ni milagros económicos que después se desinflan ni precariedad.

De lo que se trata es de invertir bien en salud y en educación. En América Latina se gasta casi tanto en educación como en Europa, pero los resultados son comparables con África. Un apoyo a los jóvenes en los años de formación es una alternativa a la renta básica.

En México, la política social tiene muchos problemas. Las soluciones pasan por unificar el sistema de ayudas sociales, simplificar la burocracia y eliminar ineficiencias.

Sergio Mota Marín

Economista

Economía y Sociedad

Escritor y licenciado en economía, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. De 1984 a 1990 fue embajador de México ante el Reino de Dinamarca, donde se le condecoró con la orden Dannebrog.