Una de las críticas más comunes que reciben las redes sociales es que aunque son una herramienta para conectar con personas en todo el mundo, están conformadas alrededor de la popularidad. De ahí que la aspiración de muchos sea que su contribución se vuelva viral y que ese éxito termine siendo extensivo a su vida.

La preocupación por la opinión de los demás no es nueva. Mucho antes de que MySpace tuviera sus primeros bits, el qué dirán era ya una de las consideraciones de peso en la vida social. La buena educación (y las carreras políticas) se construían en dos vías que no necesariamente estaban conectadas: nuestro comportamiento privado y nuestra imagen pública.

En su libro The Objective Leader, Elizabeth Thornton aborda la validación como parte de los modelos mentales con los que desciframos el mundo. Me refiero a las creencias e ideas profundas que tenemos sobre cómo las cosas deben ser. Nuestros modelos mentales definen nuestra realidad y el sentido que le damos a esta.

Dependiendo del individuo, el modelo mental puede tener características definidas. Como aquellos que buscan la validación externa, los perfeccionistas, los controladores o aquellos que ven la vida como una competencia en la que deben resultar ganadores. Todos estos modelos, dice Thornton, tienen raíz en la inseguridad personal, en la idea de que no somos lo suficientemente buenos para lo que la vida requiere de nosotros.

Thornton cita un estudio de liderazgo llamado The Objective Leader Assesment en el 55% de los participantes responde que su autoestima está frecuentemente ligada a lo que piensan los demás. Solemos olvidar que esos juicios y valorizaciones están matizadas por los propios modelos mentales de los otros, y muchas veces la “validación” que recibiremos no tiene nada que ver con nosotros mismos.

En 1902, Charles Horton Cooley concibió el concepto del yo-espejo que explica cómo la visión que de nosotros tienen los demás, construye, cambia y mantiene nuestra propia imagen. Pero como es imposible saber cómo realmente nos ven los demás, terminamos  construyendo, cambiando y manteniendo nuestra identidad con la visión que imaginamos que los otros tienen de nosotros. En resumen: “No soy lo que pienso que soy y no soy lo que tú piensas que soy, soy lo que yo pienso que tú piensas que soy”.

Las redes sociales están directamente conectadas con la idea de la validación externa, y esta se da de dos maneras. La primera, y más inofensiva, tiene que ver con la idea de adaptarnos, de conformarnos al grupo social. Es aquella que nos hace buscar en Rotten Tomatoes o IMDB cuál es la calificación consensuada de una película antes de verla. Es la que nos lleva a leer reseñas, profesionales o del público (en Amazon por ejemplo) antes de animarnos a comprar algo. Recurrir a las listas de best-sellers o a las estadísticas de taquilla. Mirar el Trip Advisor antes de viajar, elegir restaurante o consultar otras herramientas online para determinar “qué tan bien está calificado” algún bien o servicio (es también la que lleva a autores, restauranteros y otros empresarios a comprar reseñas falsas en estos sitios, pero eso es tema para otro día).

Esta validación puede reforzar nuestra decisión y cargarle su peso (y responsabilidad) a la masa anónima. Después de todo, si la película es mala, si el producto que compramos no funciona, o si el restorán tiene mal servicio, siempre podemos argumentar que lo que falló no fue nuestro juicio, sino el de la herramienta.

El segundo tipo de validación es la que se genera junto a la adicción a las redes sociales y la conexión tecnológica. Esta afecta a cualquiera, pero especialmente a los jóvenes aún en proceso de encontrar y definir su identidad. Esta es la que está ligada a los “me gusta” de Facebook, Instagram o cualquier otra red, simbolizados por una mano que nos dice que estamos bien o un corazón rojo que nos indica que estamos recibiendo amor.

Cuando determinamos nuestro valor por esta validación percibida, ponemos nuestra salud mental en riesgo. No sólo porque aspiremos a una vida glamorosa como la que proyectan celebridades o influencers, sino porque aprendemos a ser aceptados así; al principio, quizá, compartiendo cómo somos, hacemos y pensamos, y si eso no genera la respuesta que necesitamos, siempre queda la opción de construir una versión distinta. Una, ligada a lo que nos gustaría que los demás pensaran de nosotros, a lo popular, a lo que funciona, a lo cool. Y la única moneda de cambio, la única manera de saber si lo hacemos bien, si valemos mucho, es cuantificando las respuestas: el engagement y los likes.

Y ahí está el negocio del “algoritmo”. Al principio clasificaba y distribuía la información de acuerdo a su popularidad intrínseca (un concepto que se recicla a sí mismo, de manera que llega un punto en que no sabemos si los libros están en la lista de más vendidos porque fueron populares o son populares porque están en la lista de los más vendidos).

Las empresas detrás de las redes sociales han ido modificando sus algoritmos para que esa validación ya no surja nada más de nuestro talento para postear cosas chistosas, insólitas o geniales; o por el alcance que tienen nuestras conexiones. Poco a poco, ya no importa tu número de amigos o seguidores. En las más recientes versiones del algoritmo sólo hay una manera de tener la exposición (léase validación) adecuada: si queremos ese engagement, debemos comprarlo, y “uno de nuestros ejecutivos de servicio al cliente se comunicará contigo a la brevedad, después de todo eres muy valioso para nosotros”.

@rgarciamainou

Ricardo García Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).