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Apenas ayer

Miguel Hidalgo y Costilla, padre de la patria. Foto EE: Especial.
A las nueve de la mañana de aquel funesto 30 de julio de 1811, Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla y Gallaga Mondarte Villaseñor fue fusilado al amanecer. La espera había sido larga.
Lo habían aprehendido en las Norias de Acatita de Baján y después llevado a Chihuahua donde fue interrogado durante muchas horas y muchos días. Después había comenzado el juicio. Lo acusaron de haber levantado al ejército, fabricado armas, monedas y cañones, de criminal y asesino. De tratar de arrebatarle al reino español el muy preciado territorio de la entonces llamada Nueva España. Y también de no respetar su investidura como hombre de la iglesia y haber convertido su curato en un lugar de fiestas, cultivo de seda e insurrección.
La sentencia fue la excomunión y la condena la pena de muerte.
El día de su fusilamiento –apenas un día como ayer, lector querido- pidió que no le vendaran los ojos ni le dispararan por la espalda como a los traidores. No alcanzó a notar cómo se descomponían de angustia algunos de los presentes. Algunos, porque estaban a punto de contemplar la muerte del ya célebre cura Hidalgo; otros, porque secretamente también querían libertad e independencia.
Sobre los hechos de aquel día se dijeron muchas cosas: que las balas se hicieron perdedizas, los soldados no lograban atinarle al corazón, que hubieron de sentarlo en un banquito y que, aunque le vendaron los ojos, su mirada -azul como ninguna- logró fulminar al pelotón de fusilamiento antes de que pudieran acabar con él.
Hubieron de pasar muchos años para obtener noticias de primera mano. Y fue gracias a una carta publicada en 1822 en el periódico La Abeja Poblana, cuyo autor, de nombre Pedro Armendáriz, escribió lo siguiente:
“El año de ochocientos once, me hallaba en Chihuahua de Ayudante de plaza del Señor Comandante General Salcedo; mi empleo era Teniente de presidio, Comandante del segundo escuadrón de Caballería de reserva, y vocal de la Junta de Guerra: como tal sentencié entre otros a muerte, a los señores Cura Don Miguel Hidalgo y Costilla, Don Ignacio Allende, Aldama, Jiménez y Santamaría; fui testigo de vista más inmediato de sus muertes, con motivo a que a mi cuidado se fiaron en capilla, hasta que como principal verdugo los hacía pasar por las armas”-
Antes de pasar al momento crucial, el autor no se resiste a salpicar la fatalidad con comentarios amables y prosigue:
“El señor Hidalgo luego que llegó a Chihuahua se puso preso con las seguridades en el cuartito número 1° del Hospital; muy a menudo se confesaba, se condujo con la mayor resignación y modestia, se mantuvo orando a ratos, en otros reconciliándose, y en otros parlando con tanta entereza, que parecía no se le llegaba el fin a su vida.”
Después, cuenta los detalles finales de la existencia del padre de la patria con las siguientes palabras:
“Acompañado de algunos sacerdotes, doce soldados armados y yo, lo condujimos al corral del mismo Hospital a un rincón donde le esperaba el espantoso banquillo; la marcha se hizo con todo silencio: no fue exhortado por ningún eclesiástico en atención a que lo iba haciendo por sí en un librito que llevaba en la derecha, y un crucifijo en la izquierda; llegó como dije al banquillo, dio a un sacerdote el librito, y sin hablar palabra, por sí sólo se sentó en el tal sitio, en el que fue atado con dos portafusiles de los molleros, y con una venda de los ojos contra el palo, teniendo el crucifijo en ambas manos, y la cara al frente de la tropa que distaba formada dos pasos, a tres de fondo y a cuatro de frente: con arreglo a lo que previne le hizo fuego la primera fila, tres de las balas le dieron en el vientre, y la otra en un brazo que le quebró: el dolor lo hizo torcerse un poco el cuerpo, por lo que se zafó la venda de la cabeza y nos clavó aquellos hermosos ojos que tenía; en tal estado hice descargar la segunda fila, que le dio toda en el vientre, estando prevenidos que le apuntasen al corazón: poco extremo hizo, solo sí se le rodaron unas lágrimas muy gruesas: aún se mantenía sin siquiera desmerecer en nada aquella vista, por lo que le hizo fuego la tercera fila que volvió a errar no sacando más fruto que haberle hecho pedazos el vientre y espalda, quizá sería porque los soldados temblaban como unos azogados; en este caso tan apretado y lastimoso, hice que dos soldados le dispararan poniendo la boca de los cañones sobre el corazón, y fue con lo que se consiguió el fin”.
Se sabe que después de la mala hora, el cuerpo de Hidalgo se sacó a la plaza pública y se colocó en una mesa para que lo viera el público. Después le cortaron la cabeza para cubrirla de sal, conservarla y entregarla al gobierno virreinal, como habían hecho con las de los otros tres. Durante once años permaneció colgada en una de las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, para que sirviera de escarmiento. Más para tal fin -ya lo sabe usted, lector querido- no sirvió de nada.