Una fuerte vergüenza sentí como mexicano al enterarme de la solución parcial que logró el gobierno mexicano para evitar la imposición de aranceles de 5% desde el 10 de junio a todos los productos mexicanos. Es verdad que había que intentar cancelar la imposición de aranceles a toda costa, pues como dijo algún autor, podía ser peor que la ruptura del T-MEC. Pero el modo en que México lo hizo, la manera en que lo negoció, el comportamiento de López Obrador de Santa Anna (que entregó nuestra soberanía a los gringos, cuando había otras maneras de presionar a los americanos menos vergonzantes), la manera tan a la ligera con la que se lo tomó (todo se arregla con una manifestación más por el orgullo nacional, ahora en Tijuana) y las expectativas de negociaciones futuras, a cambio de las fuertes concesiones que México tuvo que hacer para evitar los aranceles, nos colocan en una situación similar a la entrega de México en 1848 por Antonio López de Santa Anna, “su alteza serenísima” en 1848, que nos costaron la mitad del territorio y que fueron muestra de una falta de patriotismo.

México tuvo que declararse tercer país seguro, con lo que se compromete a darle trabajo, educación y salud a cualquier centroamericano que toque a la puerta, cuando no ha podido garantizar medicinas a los hospitales del IMSS para nuestros connacionales y el fantasma de la recesión ahora sí amenaza con sus fueros, tenga Andrés Manuel otros datos, que se deben referir al beisbol de la Liga mexicana. Además, enviará 6,000 elementos de la Guardia Nacional, que inicialmente estaban diseñados para proteger a la protección civil mexicana, a cambio de un utópico plan de recuperación de Centroamérica con la ayuda económica de Estados Unidos (de los que no va a ver más que un papel de baño que nos aviente el presidente norteamericano).

¿Había otras vías? Por supuesto que sí. Empezando por los aranceles espejo o aranceles de retorsión que bien colocados, hubieran forzado a los exportadores americanos a presionar a Trump a dar marcha atrás en la imposición de las cuotas compensatorias. Ya se hizo lo mismo ante la injusta imposición de aranceles a nuestro acero y se logró eliminarlos sin poner en peligro la viabilidad de la ratificación del T-MEC (que por otro lado, de qué sirve si no garantiza la desgravación arancelaria al mercado norteamericano).

Diversificar nuestras exportaciones y nuestras inversiones e intereses con otros países, especialmente China. Siguiendo la regla de las finanzas de que no hay que poner todos los huevos en una misma canasta, sobre todo cuando tu contraparte no cumple su palabra, México podía haber aprovechado su posición geopolítica estratégica de ser vecinos de Estados Unidos para lograr alianzas con muchos de los países agraviados o detestados por el presidente republicano, aprovechando además el odio y los rencores que ha sembrado en el resto del mundo a nuestro favor, especialmente con China y la Unión Europea.

Ya decía don Daniel Cossío Villegas que entregarnos a los norteamericanos podía ser peor que entregar nuestra alma al diablo, lo que ya estamos sufriendo, con recesión a la vista. Y no pensemos que colorín, colorado, este cuento se ha acabado. Con esto, los dolores de muelas con el presidente Trump no han hecho más que empezar, y durarán, en parte por el apoyo indirecto que han supuesto las posiciones de México, al menos cuatro años más. Y todo eso, quizá todavía peor, con un aumento de la popularidad de López Obrador, que antes de este acontecimiento había subido a 64.1%, que fue incapaz de negociar cara a cara con Trump ni de trasladarse a verlo al G20. Si esto es la 4T en nuestra política exterior, mejor sería que resucitara el espíritu de Santa Anna, peor no nos podría ir y nuestro orgullo nacional se encontraría igualmente mancillado

*Máster y doctor en Derecho de la Competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del área de Competencia, Protección de Datos y Consumidores del despacho Jalife & Caballero.