Autor que queremos seguir leyendo y de quien esperábamos seguiría, demiurgo al fin, reinventando el mundo que habitamos.

El día de hoy guarda un especial significado para mí. Hace cinco años, un martes 23 de agosto, un médico me dijo, como parte de su diagnóstico, que las probabilidades de que hoy estuviera vivo eran del 40%.

Pocos relojes, o conteos regresivos son más importantes que ese. No importa si entre ambas fechas se dió un tratamiento agresivo y oportuno o una afortunada (y continuada) remisión del mal que me aquejaba. Una vez que alguien le pone fecha de caducidad a nuestra vida, aunque sea estimada en base a datos estadísticos por demás impersonales, es poco probable que se nos olvide (o que dejemos de llevar la cuenta).

Este fin de semana no conseguí pensar en otra cosa. No sólo por el acercamiento inexorable de la fecha de referencia, sino porque el sábado pasado el reloj final dio la hora para un querido amigo y colega. Y lo hizo como suele, en forma intempestiva y absurda.

Al parecer (los reportes son vagos y contradictorios), la noche del viernes (madrugada del sábado), Nacho salió de Querétaro en su automóvil con destino a Guadalajara. Era una noche lluviosa. A un par de kilómetros de su casa, su vehículo se vio involucrado en un choque múltiple con otros dos (o fue golpeado por un tercero que se dio a la fuga, dice otro periódico). El caso es que salió muy herido de la colisión y fue llevado al hospital más cercano donde su cuerpo no resistió más.

A las cinco de la mañana se enteraron algunos de sus más cercanos amigos. A mediodía un boletín de prensa de Bellas Artes lo confirmó y dio a conocer a los medios nacionales. La primera reacción entre muchos que conocimos a Nacho fue la conmoción y el estupor. La tristeza llegó poco después. Y la rabia.

En principio me dolió que alguien como él, que cuidaba cada frase de sus textos con una escrupulosidad sólo equiparable a la solvencia con que las construía; hubiera sido reducido a las líneas desangeladas con que se difundió la noticia. Tenía que ser un indicador de que se trataba de una noticia falsa, pensé con vaga ilusión.

Después, ya corroborada la noticia, reflexioné que parte del coraje lo provocaba la propia vulgaridad del suceso, como si las personas que nos son excepcionales estuvieran fuera de la lotería vital que parece gobernar nuestra existencia.

Pero en realidad es la rabia que deja la partida del amigo entrañable, del padre devoto, del colega respetado, del autor que queremos seguir leyendo y de quién esperábamos seguiría, demiurgo al fin, reinventando el mundo que habitamos.

Si algo nos enseña la vida, si algo nos enseña el absurdo violento y cotidiano del mundo, es que los asuntos más elementales de la existencia, la muerte entre ellos, están tan fuera de nuestro control como cualquier posible comprensión.

Los intentos por atrapar esa transición y su imposible previsibilidad suelen llenarse de frases que decimos a propios y extraños con sabiduría impostada. Tratando de expresar o evitar el dolor y la sorpresa, pero sobre todo la repentina y específica soledad que nos ha invadido cada célula del cuerpo, y de la que no sabemos cómo escapar.

Podemos repetirnos aquello de que hay que vivir cada instante como si fuera el último y exprimir cada minuto del día. Que quienes temen la muerte es porque temen la vida. Que los que se van siguen viviendo en la memoria de los que quedan, y parafraseando a Eliot, nunca se van del todo mientras los recordemos. Pero casi todas esas frases se han vuelto fórmulas tan gastadas que ya no son capaces de proporcionar mayor consuelo.

¿Para qué engañarnos? No hay manera de que la partida de alguien como Nacho Padilla pueda sentirse menos estúpida y cruel. No en este momento, no a sus cuarenta y siete años y en la cima de su capacidad intelectual y creativa.

La estupidez no radica en lo arbitrario del accidente, sino en lo repentino y definitivo de su ausencia. Tiene mucho que ver con esos recuerdos que de pronto se han vuelto los únicos que tendremos. Pero también en el desperdicio: en los trabajos inconclusos, las obras inéditas, las comidas y charlas que se dejaron para después y ya no serán.

Está, por supuesto, en las notas que ya no construirán un nuevo manuscrito, los libros que no serán terminados. Pero principalmente sus sonrisas perdidas, la dicha robada a miles de instantes, casi todos en las vidas de la gente que más lo conoció y quiso, en los que estaba obligado a seguir formando parte.

Twitter @rgarciamainou