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Opinión

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Accidentes petroleros

En la medida en que México siga siendo un país productor de petróleo, el tema de los accidentes petroleros seguirá pendiendo como espada de Damocles.

En su momento, el accidente del pozo petrolero Ixtoc, situado en el Golfo de México, levantó un escándalo nacional. Por desgracia, la faceta política del espinoso caso oscureció otras vertientes del caso igualmente importantes, aunque menos propicias para la curiosidad morbosa. Jorge Díaz Serrano, director general de Pemex y promotor del proyecto de convertir a México en potencia exportadora de petróleo, se convirtió por virtud de ese accidente en blanco de críticas feroces. Y en el torbellino de la polémica, el país nunca supo el costo de aquel desastre.

Sería estupendo tema para una tesis de posgrado una historia de los accidentes petroleros que han ocurrido en México desde que se creó Pemex. Parte fundamental de la investigación consistiría en conocer el costo en vidas humanas y en pesos y centavos de esos desastres, y un balance de las causas que los provocaron.

El tema de los accidentes petroleros viene a cuento por la noticia que aparece en los diarios sobre la plataforma de mantenimiento que se volteó en la Sonda de Campeche. Se podrá alegar que los casos no son semejantes y por tanto comparables, que mientras el Ixtoc era un pozo de exploración la plataforma que se accidentó es tan sólo de mantenimiento. Otra diferencia importante es que en el accidente reciente está involucrada principalmente una empresa privada, mientras que en el desastre del Ixtoc la responsabilidad total correspondía a la paraestatal. Sin embargo, el incidente que se comenta es motivo legítimo para la preocupación.

A ninguna persona con visión le puede satisfacer la explicación simplista de que la industria petrolera es una actividad riesgosa, expuesta irremediablemente a la ocurrencia de accidentes. En la vida humana, sobre todo si se desenvuelve en la civilización, la inmensa mayoría de los accidentes eran evitables si se hubieran tomado las medidas adecuadas de seguridad. Y un segundo aspecto clave es el de los costos económicos de esos desastres y la muy importante consideración de que los recursos involucrados tenían aplicaciones alternativas que no se pudieron cumplir. En la medida en que México siga inexorablemente siendo un país productor de petróleo, el tema de los accidentes petroleros quedará ahí pendiendo como una espada de Damocles.

Pero sobre todo, está la cuestión de que los accidentes petroleros cobran vidas humanas que son irreparables a cualquier costo, en particular considerando que en muchos casos los accidentes eran evitables.

bdonatello@eleconomista.com.mx

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