Se dice que Luis Echeverría estuvo tentado de cambiar el sistema político para reelegirse. Es probable que no haya sido el único mandatario que tuvo esa tentación. Seguramente llevado por ese afán, empujó la candidatura de José López Portillo, su amigo, al que tal vez creyó que podría controlar. Ya se sabe cómo terminó el asunto y como terminaron otros intentos similares. El afán de perpetuarse en el poder es un complicado mecanismo interior en el que se combinan pulsiones psicológicas y percepciones políticas. Es una perogrullada decir que el poder enloquece a las personas, pero el dicho es hasta cierto punto cierto. Echeverría cambió una serie de códigos de hacer política y en su percepción seguramente creyó que estaba transformando positivamente a México y el mundo. Tenía “necesidad” de que su “legado” se continuara.

El presidente López tiene, al igual que Echeverría, la idea de que sus cambios están mejorando al país. En el mar de deseos y propuestas que se le ocurren, destaquemos algunos: acabar con la corrupción; fortalecer a las familias y sus valores y con esto restañar el tejido social; acabar con la violencia dando apoyos sociales en educación, empleos, créditos y alternativas productivas; potenciar al sector de energía estatal; poner en cintura a las grandes empresas y los empresarios a los que percibe como los grandes beneficiarios y cómplices de la vieja clase política; rescatar los valores patrióticos; hacer conscientes a las clases medias de su responsabilidad para con los más pobres; y acabar con la desigualdad destinando vastos recursos a sectores empobrecidos.

Hay más de esto, pero ahora no entremos en la discusión de si son posibles de alcanzar o no, o si las estrategias (es un decir) seguidas son las correctas. Ni siquiera nos detengamos en hablar de la nobleza de las intenciones presidenciales. Concentrémonos en contestar una pregunta: ¿en quiénes confía el presidente López para que lo ayuden a lograr todo esto y más? La respuesta podría no gustar a los Robledo, a las Sheinbaum, a los Ebrard, a los López Gatell, pero la realidad es que solo confía en sí mismo. Lo ha dicho una y otra vez en las mañaneras. Sí, llena de elogios a sus colaboradores, pero cuando algo sale mal comienza a hablar del elefante reumático y otros tópicos que dejan claro que él es quien tiene que empujar las cosas.

Ahora, ¿qué tiene que ver con la posibilidad de que intente reelegirse? Para contestar esta pregunta nadie lo ha dicho mejor que el periodista Jorge Zepeda Patterson (Milenio 14-I-21):

“Lo que está intentando hacer López Obrador, a su buen entender, es otorgarle al poder político la capacidad para modificar un estado de cosas que ha funcionado a favor de los privilegiados y en contra de las mayorías desfavorecidas sistemáticamente a lo largo de los últimos 30 años. En su concepción, solo un poder central robusto e identificado con el interés de los pobres puede ser capaz de revertir las inercias y romper el statu quo que instalaron los gobiernos neoliberales y que hacen imposible la redistribución social y la construcción de oportunidades para los de abajo.”

Pero como dice el mismo Zepeda, ese poder central “robusto” no es el del Estado o el del gobierno, sino que reside en el poder unipersonal del presidente López.

En lo personal, no dudo que el mandatario tenga la idea de retirarse una vez concluido su periodo presidencial, pero en la medida en que los objetivos no se cumplan (y no se están cumpliendo) se preocupará cada vez más por su legado, comprenderá o creerá que sus colaboradores le están fallando, que la corrupción está ahí, que el sector de energía no despega, que el sistema de salud no es danés o sueco, que los apoyos sociales (clientelares) no funcionan como nivelador de las desigualdades, que el crecimiento económico no llegará en el sexenio ni al “mediocre” 2% que tanto criticó y que la ayuda de las fuerzas armadas está envenenada por los abusos y la opacidad.

Dentro de este gran esquema lopezobradoriano, más entelequia que realidad, el presidente pretende establecer una especie de pacto social con los grupos sociales que reciben los apoyos: tercera edad, jóvenes que no estudian ni trabajan, campesinos pobres, receptores de créditos, etc. No es el dinero el único atractivo, de hecho, el principal imán es el discurso justiciero del presidente: “ya no me pertenezco, le pertenezco al pueblo”, “hay que poner primero a los más pobres”. Si alguien suponía que esos discursos ya no funcionaban en la “modernidad”, descubrirá con amargura que sigue vigente aquí y en China (pasando por Estados Unidos).

La conclusión lógica que sacará el presidente, tarde o temprano, es que, para cumplir su legado, no hay otro hombre que él mismo. El “pueblo” se lo “pedirá”.