En una semana escalamos en los mercados globales del riesgo de un crecimiento menor al riesgo de viabilidad en muchos negocios, quizás en todos los sectores de una buena parte de las economías en el mundo desarrollado

La parálisis ha roto a los mercados. Mientras no haya una solución confiable con relación a la pandemia será difícil ver un cambio de tono en lo que sucede en las bolsas y en los mercados de deuda.

En cuestión de días, Europa occidental ha cerrado su economía; en Estados Unidos se interrumpieron vuelos y eventos masivos. La población se mantiene en sus casas y ahora nos dirigimos hacia el cierre de fronteras ya declarado con relación a Canadá y en Europa.

El tamaño de la parálisis en las principales economías del mundo desarrollado, dependientes principalmente de su sector de servicios implica una recesión que puede llegar a ser muy profunda.

Traduzca lo anterior en un aumento desproporcional del desempleo y la quiebra técnica de muchos negocios desde pequeños y medianos hasta compañías de gran escala en sectores que están resultando sumamente afectados.

El riesgo de crédito es muy perverso y tenía la misma condición de fragilidad que tenían las valuaciones excesivas en las bolsas.

A pesar del rescate que se le hizo después de la crisis del 2008–2009, el sector bancario en el mundo no logró crecer gracias a una sobrerregulación que intentaba evitar otra situación de fragilidad.

Pero los niveles de deuda privada explotaron ante el ambiente de tasas de interés muy bajas y su colocación se triplicó en 10 años. La deuda de alto riesgo (de baja calificación) creció todavía en una proporción mayor.

El problema es que los bancos centrales mantienen una conexión directa con el sector bancario, pero quienes necesitan liquidez ahora no son los bancos, son muchos negocios cuyo tamaño es superior al del sistema financiero.

Por ello, la reacción tan violenta, en especial de la Reserva Federal norteamericana, para reducir bruscamente la tasa de interés de corto plazo a cero y abrir todos los canales posibles de provisión de liquidez a la economía.

Falta ver lo qué harán los gobiernos, pero ya puede imaginárselo: una expansión de los déficits fiscales con una orientación clara de proveer recursos a los sectores en problemas e incluso a los individuos en particular. De hecho, el Senado de Estados Unidos aprobó un paquete de 1.3 trillones de dólares para tal efecto.

El financiamiento de este gasto requerirá el aumento de los balances de los bancos centrales y la emisión de mucha deuda por parte de los gobiernos. La magnitud de las recompras tendrá que ser grande y muy intensa.

La diferencia con respecto a la crisis del 2008-2009 que se centró en el sector financiero, es que en esta ocasión se centra en particulares. Es probable que la estructura de compradores de plazo no sea suficiente para absorber la colocación necesaria para llevar a cabo el rescate de los agentes económicos. En caso de que esto suceda, a diferencia de hace 10 años, los participantes podrían requerir tasas de interés mayores para participar en las emisiones de plazo, lo cual no implica sino problemas adicionales.

En estas circunstancias, de no haber una solución creíble al problema del contagio y mientras se mantenga la parálisis, los mercados de deuda se podrían poner más feos, de continuar la salida de fondos y si no aumentan los colaterales, hay poco valor fundamental; en otras palabras, en dichas circunstancias no hay capital que valga. Por eso, la debacle de las bolsas.

Se trata de una versión de la crisis de financiamiento del 2008, más global y potencialmente más dañina sobre las economías.

Curiosamente, México aborda esta problemática bien parado en términos de solvencia fiscal y de endeudamiento. Eso no sirve ahora para frenar el alza del tipo de cambio o el aumento del premio por riesgo.

México debería estar planteando un plan de emergencia para mantener solvente al sector financiero y para ayudar a los sectores que, sin duda, van a vivir también un entorno recesivo muy complicado.

La idea de convertir el superávit primario en déficit (o al menos reducir dicho superávit) y de ejecutar un programa agresivo de gasto es posible, a pesar de que signifique un mayor endeudamiento, si a los mercados se les comunica que debido a las nuevas circunstancias se retoma el esquema de coinversiones con el sector privado en Pemex, por ejemplo, o se posponen los proyectos emblemáticos de este gobierno que ahora lucen todavía menos viables, ¿será posible?