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Opinión

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10 de mayo no se olvida

I.Me llamo Octavio y soy alcohólico. Hoy cumplo un año sin beber. No, no me aplaudan compañeros. Fue un 10 de mayo el día que llegué aquí bien madreado. A pesar de lo madreado, llegué con la soberbia de creerme el mejor cardiólogo del país.

II. Antesala de un lujoso consultorio: el licenciado Luis Huitrón espera a doña Aurora Anaya, su mamá, a la que examina el doctor Octavio Santaolaya. Se abre la puerta del privado y el médico se adelanta para decirle al licenciado: -Los estudios confirman mi diagnóstico: su mamacita padece una insuficiencia cardiaca de pronóstico reservado. La altura de la ciudad de México le afecta negativamente. -¿Cree que vivir en Cuernavaca le sentaría bien? -Mucho mejor. -¿Qué tanto se secretean?- pregunta doña Aurora. -El doctor considera que sería conveniente que vivieras en Cuernavaca. -Pero hijo... -Nada, nada, el médico Santaolaya sabe lo que dice. Es una eminencia como lo comprueban todos esos diplomas -señala los cuadros que cuelgan de la pared-, mira su título de la UNAM y una maestría en Harvard. Ese diploma -Huitrón alude a uno diferente a los demás- ¿de qué es? -Ah, ése me lo dieron en el Maratón de Bebedores de Cerveza de la Feria de San Marcos, el año pasado. Quedé en tercer lugar. Desgraciadamente me retiré al segundo día... No aguanté las ganas de orinar.

III. Para mí tomar era la parte exótica y contrastante de mi seria personalidad profesional. Un pasatiempo inocuo del que inclusive me burlaba. Todavía no me caía el veinte del daño que me causaba mi manera de beber.

IV. Es de madrugada. En una colonia residencial, un auto va a gran velocidad. El vehículo lo conduce Octavio Santaolaya. Lo acompaña Laura, su esposa, va furiosa: ¡No te soporto! Estoy harta de vivir con un borracho. Quiero el divorcio, ¡Octavio, quiero el divorcio! -No es para tanto Laura. -No puedo vivir con un hombre que se fuga de la realidad recurriendo al alcohol. Además, apestas. Párate. ¡Qué te pares te digo! El auto que conduce Santaolaya se detiene. -Ya me paré. ¿Qué quieres? -Aquí me bajo. -Laura, mi amor, son las 4 de la madrugada y es peligroso que andes sola por la calle. Entiendo que estés enojada, pero ¿por qué te bajas del auto? -Porque aquí vivimos. Además de borracho, pendejo.

V. Fue la última vez que hablé con Laura. Al otro día se fue con mis hijas a Torreón donde viven mis suegros. Dejé de beber unos días. Hasta que con motivo del Día de las Madres la familia Pirinola me invitó a Cuernavaca. En realidad son la familia Huitrón Anaya, pero yo les puse Los Pirinola porque todos toman . No debí de haber ido, pero lo hice por tres cosas: Primera, doña Aurora es mi paciente. Segunda, el licenciado Huitrón me pidió examinar a su mamá. Tercera, por consulta a domicilio fuera de la ciudad cobro triple.

VI. En Cuernavaca, casa con amplio jardín y alberca. Efectivamente todos los presentes toman menos doña Aurorita que reposa en una mecedora. Llega Octavio acompañado de Karla, guapa mujer en sus 30 bajos. Santaolaya se resiste a tomar una copa sin antes examinar a su paciente. Lo hace y la encuentra en excelente estado de salud. -Es increíble lo que ha mejorado usted. -Tenía usted razón doctor, la altura de Cuernavaca me ha sentado muy bien. -Y se sentiría mejor si me hiciera caso y nadara todos los días. -Me da miedo la alberca. No sé nadar. -Haga un esfuerzo y aprenda a nadar. -Ya no tengo edad para eso. -Nunca es tarde para aprender, una tía mía tiene 78 años y está aprendiendo a bailar hawaiano por correspondencia. Llega el mesero y Octavio autoriza a su paciente tomarse un wiskito. Él pide uno doble.

VII .Mientras Karla juega cartas con la nuera, la hija y la sobrina de doña Aurora que la observa de manera inquisitoria, Huitrón le paga la consulta a Octavio que se guarda discretamente sus honorarios y con la confianza que dan los brindis cuando rebasan la docena, le comenta: Con todo respeto, doctor, que joven y guapa es su mujer. -Debo confesarle algo: no es mi mujer. -Ya decía yo que es demasiado joven. -Estoy en proceso de divorcio y esta chica es digamos mi novia. Espero que no haya problema. -Por supuesto que no. Sólo que no le comente a mi mamá lo de su divorcio. Ella es chapada a la antigua. No concibe que una pareja se separe. Y créame que lo admiro por traer a esa mujerona. -Bueno uno como médico tiene sus conquistas. -No me diga que es su paciente. -No, cómo va a ser mi paciente si no le duele nada. Es hija de uno de mis pacientes, un coronel retirado que tiene un soplo en el corazón. -Entiendo, el coronel tiene un soplo y usted se anda soplando a su hija.

VIII. Además de alcohólico, soberbio y pendejo soy mentiroso. La verdad es que Karla ni siquiera era mi amiga. La conocí cuatro horas antes cuando pasé por ella al departamento de Diana, una madame que se dedica a proporcionar, mediante una buena suma económica, damas de compañía. Doña Aurora Anaya no dejó de observar a Karla y yo no dejé de beber.

IX. Esta mujer no se parece a la de la fotografía que tiene usted en su escritorio. Se ve más joven. -Es por el photoshop. -Pero la que se ve más joven es ésta. -El photoshop no nada más se usa para rejuvenecer, también sirve para envejecer. La foto del consultorio la envejecí con photoshop para que mi mujer se viera más madura, más respetable. -Mamá ya deja en paz al doctor Santaolaya. -Sí señora póngase a nadar. -Ya le dije que no sé nadar. -Bueno, tómese otro trago. La señora Anaya opta por la última prescripción del médico. Karla le pide a Octavio la acompañe al baño y aprovecha para decirle: -Mira darling, el dinero que le diste a Diana por mis servicios no incluye tanto tiempo. Si quieres que yo te siga acompañando tienes que darme más lana.

X. Total, le di 4,500 pesos más. Exactamente la cantidad que recién me dio el licenciado Huitrón por la consulta a domicilio foráneo. La chava se ganó 4,500 pesos sin tener título de la UNAM ni maestría de Harvard. Vamos, ni siquiera había quedado en tercer lugar en el Maratón de Bebedores de Cerveza de la Feria de San Marcos.

XI. Sin perder de vista a Karla, doña Aurora recoge vasos y platos sucios, y sobras de su fiesta. El doctor Santaolaya que regresa a la mesa luego de vomitar en el baño va con ella: Señora, permítame besar su mano, una mano cariñosa, la mano de una mujer que ni siquiera en el día consagrado a las que nos dieron la vida deja de trabajar. Yo ya no tengo madre, por desgracia, pero si tuviera me gustaría que fuera como usted.

Propongo un brindis por esta mujer incansable como hormiga, amorosa como una leona que cuida a sus cachorros, bella como una flor, sabia como la naturaleza. -Y observadora como detective, ya me lo caché doctor. La mujer de la foto de su oficina tiene los ojos claros y ésta los tiene cafés. ¡No es su mujer! -Permítame explicarle, doña Aurora. -¡Hasta los del photoshop le creí! Pero ahora sí estoy segura de que no es su mujer.

Es usted un cínico. -Cálmese señora, los corajes le pueden hacer daño a su corazón. -Es usted un descarado. ¡Mal marido! Ya me imagino a su pobre esposa en su casa y usted aquí con esta lagartona. -¡Cálmese doña Aurora! Usted lo que necesita es nadar, nadar, nadar...

XII. La locura del alcohol me hizo aventar a la señora Anaya a la alberca. Luego, no supe de mí. Corrí a mi coche. No recuerdo nada hasta que llegué a la casa de mi hermano, que fue el que me trajo aquí hace un año. Ya me recomendó mi padrino como parte del noveno paso disculparme con la familia Huitrón Anaya. Mañana mismo lo haré.

XIII. Licenciado Huitrón, habla el doctor Santaolaya para disculparme por los aciagos acontecimientos de aquel penoso Día de la Madre. -Ah, ¿se refiere al método un tanto violento que empleo usted para enseñarle a nadar a mi mama? En cuanto usted salió en su auto, ella nado solita. Fue el mejor regalo del Día de la Madre que pudo haberle hecho. -Bueno, el ser humano tiene la facultad de nadar por instinto. -Pues mamá nada a diario y me dicen que se siente mejor. -¿Le dicen? -Sí, es que mi mamá hace seis meses que no me habla. Está muy enojada conmigo porque me voy a divorciar. Encontré el amor de mi vida. -Pues le deseo suerte, don Luis. -Hasta luego doctor. Entra a la escena una mujer, es la ya conocida de nosotros: Karla. -¿Con qué doctor hablabas? -Con el doctor Santaolaya. -¿Le dijiste a Octavio de lo nuestro? -Más o menos.

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