Por motivos familiares, Brasil es un país que me es muy cercano. Desde que tengo uso de razón, los avatares políticos brasileños han sido parte de mi entorno. Ya mayor, las sobremesas en casa de mis tíos eran francamente sesiones de historia oral sobre la emigración brasileña provocada por el golpe de Estado de 1964 al gobierno de centro izquierda de João Goulart, apoyado por el gobierno norteamericano, como sucedió con la mayoría de los golpes castrenses en toda América Latina, excepto en México… a donde vinieron a recalar algunos izquierdistas brasileños, entre ellos mi tío Romay que tanto me platicó sobre la transición brasileña y que pudo regresar a su país casi 20 años después de haberse asilado por azares del destino en la Embajada mexicana en Río de Janeiro.

Brasil es un crisol de razas, culturas, idiomas, costumbres, donde la crónica de castas es una realidad cotidiana, no es lo mismo ser de origen italiano, que alemán o portugués... Me sigue sorprendiendo que sea el único país del subcontinente que no tuvo una revolución de independencia, sino un proceso paulatino, gradual y pacífico, que comenzó con la huida de la familia real portuguesa a sus posesiones americanas tras la invasión napoleónica y terminó a consecuencia de la decisión de la princesa Isabel Cristina de Braganza, heredera del trono imperial, de abolir la esclavitud en 1888.

Un año más tarde, hacendados y militares la emprendieron contra las reformas sociales de doña Isabel, regente por enfermedad de su padre Pedro II, con lo que se gestó un golpe de Estado que llevó al exilio a la familia imperial en noviembre de 1889. Es curioso que el fin del imperio brasileño y los golpes de Estado del siglo XX en Brasil, el de 1930 contra Washington Luis Pereira de Sousa, para impedir el ascenso al poder del izquierdista Julio Prestes; las intentonas de 1956 y 1959 contra el gobierno de Juscelino Kubitschek y el golpe de 1964 contra Goulart hayan tenido en común el apoyo recíproco entre la oligarquía y los militares. Hoy vemos que la afinidad entre las grandes fortunas brasileñas y los militares —a lo que se sumó el desencantó por la corrupción generalizada de los gobiernos electos democráticamente desde 1984, con Tancredo Neves y su vicepresidente José Sarney, quien finalmente asumió el cargo por el fallecimiento del primero— fue un factor decisivo en el ascenso de Jair Bolsonaro.

Veinte años de dictadura militar dejaron una impronta indeleble en la sociedad, especialmente para la generación que creció al amparo del régimen dictatorial y asumió sus valores.

Bisnieto de inmigrantes italianos procedentes del Véneto, Bolsonaro nació en Sao Paulo en 1955, en una familia de clase media. Se inclinó por la carrera militar, fue paracaidista y sirvió en el ejército brasileño durante 17 años. No cursó estudios universitarios. Saltó a la fama por quejarse públicamente en medios de los malos sueldos que percibían los militares a mediados de los años 80. Incluso fue arrestado por denunciar un plan de los oficiales para protestar por los bajos salarios mediante la explosión de bombas en sitios estratégicos. En 1988 fue electo concejal de São Paulo por el Partido Demócrata Cristiano, tres años después fue electo diputado federal por el mismo partido y desde entonces, ha sido legislador seis veces seguidas hasta que contendió por la presidencia.

La trayectoria legislativa de Bolsonaro ha sido diversa, pues se ha afiliado al menos a nueve partidos; la única constante es que, a lo largo de su carrera legislativa, siempre ha presentado una agenda conservadora, afín a la junta militar que gobernó de 1964 a 1984. Incluso, una de sus declaraciones más controvertidas fue a favor de la tortura.

Nacionalista a ultranza, es liberal en lo económico, presenta un discurso pararreligioso —hasta en el nombre: se llama ¡Jair Messias!— de tipo mesiánico; verdaderamente cree que su misión es sacar a Brasil del hoyo de corrupción en que lo dejaron los comunistas.

Parece que no se entera que el comunismo todavía no llega y que el socialismo real cayó en 1989. No sólo odia al comunismo: detesta a cualquier clase de izquierda, a las minorías sexuales, a los negros, a los indígenas y todo lo que no sea “normal” según su percepción.

Seguro debe ser normal casarse tres veces, lo mismo que hacer comentarios misóginos… Pero lo más grave, quizá, es que Bolsonaro está a favor de mociones que trasgreden el respeto a los derechos humanos para garantizar la seguridad, su principal propuesta de campaña. Propuso en algún momento instaurar la tortura para los delitos de secuestro y tráfico de drogas y eventualmente, la pena de muerte, lo cual ahora niega.

Bolsonaro es una réplica de Trump pero en paulista… Hasta en lo políticamente incorrectos se parecen.

Lo misterioso es que si el mundo repudia a Trump, y ya se sabe qué pasa cuando se exacerba el nacionalismo y la xenofobia, ¿por qué los brasileños votaron en segunda vuelta a favor de Bolsonaro? En principio, habría que decir que los brasileños, como los mexicanos, están hartos de la corrupción gubernamental y que se comprobaron diversos actos de corrupción, mayor o menor, efectuados bajo los gobiernos de Lula da Silva y de Dilma Rousseff.

Otro punto es que la inseguridad en Brasil es también un problema que asola a la población. Robos a mano armada, secuestros, tráfico de personas, narcotráfico, lo mismo que se ve aquí pero en un territorio cuatro veces mayor y con diferencias más agudas, son el pan nuestro de cada día.

Por eso Bolsonaro resultó un candidato presidencial tan atractivo, incluso para nichos poblacionales a los cuales el hoy presidente electo de Brasil agredió verbalmente, como mujeres, indígenas, homosexuales y afrodescendientes. Muchas de esas personas señalan que no votaron por él por cuestiones ideológicas, sino por qué tiene muy claro qué hacer para combatir la delincuencia, para ampliar los sistemas de salud y seguridad sociales, para permitir la portación de armas para la legítima defensa, para evitar que la educación sexual en las escuelas primarias promueva los valores gays, para imponer mayores sanciones a los delitos de abuso sexual en contra de mujeres, reducir la deuda pública y las tasas de interés, entre otras cosas.

Bolsonaro presentó un catálogo de propuestas de sentido común que resultaron muy atractivas para el electorado blanco, masculino y de clase alta, pero también para ciertos sectores que supuestamente tendrían que haber sido favorecidos por la izquierda. Hay una constante entre estos grupos y es que perciben que el Partido de los Trabajadores —el de Lula— como organización está integrada por hipócritas políticamente correctos, que dicen ser de izquierda y se pasean con relojes de lujo y ropa de marca; que dicen ser igualitarios y en el fondo son sumamente racistas, homofóbicos y corruptos.

El caso es que Brasil entra a la lista de países con gobiernos ultranacionalistas, en donde no sólo hubo una alternancia de partidos en el poder, sino que hubo un cambio de 180 grados. México cumple la primera premisa, la segunda no, pero no por ello el discurso lopezobradorista es menos estridente. Se trata de un populismo distinto.