El presidente de Turquía Recep Tayyip Erdogan, aseguró con su victoria del domingo pasado un nuevo mandato como presidente y el control del Congreso gracias a la alianza de su partido de Justicia y Desarrollo (AKP) con la ultraderecha.

El campo en el que triunfó Erdogan estaba disparejo: el intento de golpe de Estado ocurrido hace casi dos años permitió al presidente turco detonar una represión en varios sectores de la sociedad; algunos políticos hicieron campaña desde detrás de las rejas; y un “clima de miedo” fue reportado por grupos de derechos humanos.

¿En verdad lo que vivió Turquía el domingo fueron unas elecciones presidenciales y legislativas democráticas?

Evidentemente no lo fueron, sin embargo, Erdogan elogió el resultado al calificarlas como “una lección de democracia para el mundo entero”.

Muharrem Ince, el retador más cercano a Erdogan, lamentó la naturaleza “injusta” de las elecciones, pero admitió su derrota.

Una oposición animada había mostrado unidad y fuerza significativas antes de la votación, sin embargo no logró sortear los obstáculos impuestos por Erdogan.

Visión del mundo y nacionalismo

Para el mundo, la elección fue el último paso de la consolidación total del poder de Erdogan.

Pero mientras muchos comentaristas en Occidente (y algunos críticos en casa) critican a Erdogan por sus inclinaciones islamistas, la verdadera ideología que sustenta su gobierno no es la religión, sino el nacionalismo.

En los últimos años, Erdogan ha estructurado discursos populistas en contra de las élites seculares de Turquía y también en contra de terroristas imaginarios y reales. Con su discurso, el presidente viaja al pasado para ofrecer nostalgia en donde sólo él podrá redimirlos.

Sus discursos y los anuncios de su partido apelan a imágenes de una Turquía “auténtica” habitada por familias leales hacia el Estado y felices por su entorno. Erdogan vende esas imágenes con facilidad en pequeñas ciudades del interior. También refuerza la idea de que “los cruzados” son sus enemigos cuyo objetivo es desestabilizar el país, por lo que hay que combatirlos.

El propio Erdogan es un verdadero musulmán e islamista, pero no parece gobernar como uno sólo”, escribió el analista Selim Koru. “El presidente parece mucho más interesado en cosas como la islamofobia en Europa y el conflicto entre Israel y Palestina, que en la situación económica de nuestro país. Al islamismo no lo trata como un conjunto de principios internos: lo convierte en una ideología para el resentimiento”.

Este “resentimiento armamentista”, un término tomado del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, que captura la profunda queja producida por los sentimientos de envidia y humillación es, posiblemente, el tema definitorio de la política mundial en este momento. Y Erdogan es un maestro en la instrumentalización.

El caso turco muestra que los populistas autoritarios pueden, a la larga, resultar sorprendentemente eficaces para deslegitimar a cualquiera que no esté de acuerdo con ellos; denigran a la oposición y dicen mentiras sobre periodistas críticos”, escribió el politólogo de Harvard Yascha Mounk.

Muestra que, aunque la mitad del país los odie profundamente, los populistas pueden mantenerse en el poder movilizando una base ferviente. Y también muestra que las élites políticas e intelectuales, tanto dentro del país como en todo el mundo, subestiman persistentemente la amenaza que este tipo de líderes representan para la supervivencia de las instituciones democráticas”.

Para Erdogan, un nacionalismo divisivo se ha convertido en la ruta clave para preservar el control.

Mayoría en el Parlamento

El AKP tendrá mayoría en el Parlamento debido a su alianza con la extrema derecha, Partido del Movimiento Nacionalista (MHP) que, a pesar de haber visto que un segmento de su apoyo se escindía a favor de la oposición, superó las expectativas.

Devlet Bahceli, el líder del MHP, ha pasado de ser un político sin futuro a una persona con influencia.

Polarizar a la sociedad, la clave

Los resultados electorales también mostraron el endurecimiento de la división política entre los turcos dispuestos a apoyar a Erdogan y los que quieren que se vaya. “El resultado de estas elecciones demuestra una vez más que la estrategia de Erdogan de polarizar el electorado funciona”, escribió el comentarista político turco Suat Kiniklioglu.

Cambios importantes entre el electorado ocurrieron no entre el campo pro-Erdogan y el bando de la oposición, sino en el interior de cada uno de los dos grupos.

Para los críticos de Erdogan, que ya temen la lenta muerte de la democracia turca, los resultados significan más problemas.

La elección del domingo completó la transición de Turquía a la presidencia ejecutiva, lo que elimina el puesto de primer ministro y otorga amplios poderes de gobierno al presidente, limitando la autoridad tanto del Parlamento como del Poder Judicial”, precisó Erin Cunningham, corresponsal en Estambul.

La perspectiva de Erdogan se basa en una destrucción paulatina de la democracia, lo que significa que ha aumentado la posibilidad de que se vuelva aún más autoritario”, escribió Semih Idiz de Al-Monitor. “Mientras tanto, las preocupaciones ultranacionalistas siempre han superado los principios democráticos, los derechos humanos y los derechos de las minorías para Bahceli del MHP, de quien se espera que se convierta en el vicepresidente de Erdogan”.

La verdadera preocupación no es sólo que ésta sea una alianza táctica, sino más bien una fusión mental”, dijo Nicholas Danforth, un experto en Turquía que habló en un panel organizado por el Instituto Washington para la Política del Cercano Oriente.