La modernidad requiere la voluntad de ser ofendido. Y tal y como la violencia antiestadounidense en todo el Medio Oriente y más allá lo muestra, esa voluntad es algo que al mundo árabe, el corazón del Islam, todavía le falta.

Una y otra vez en los últimos años, mientras que el mundo exterior ha maltratado las paredes de las tierras musulmanas y los musulmanes han abandonado sus lugares de origen en busca de mejores oportunidades en el mundo occidental, la modernidad -con su crítica a veces desagradable pero, al final, benigna del Islam- ha provocado protestas fatales. Para entender por qué explota la violencia y tratar de evitarlo, debemos discernir lo que alimenta este sentimiento de agravio.

Hay un dolor árabe y una volatilidad frente a un juicio por parte de los forasteros que se deriva de un duradero y profundo sentimiento de humillación. Un gran abismo separa a la mala situación de los árabes en el mundo actual de su historia de grandeza. En este contexto, es fácil de entender su orgullo herido.

En la narrativa de la historia transmitida a los niños de todo el mundo árabe y reforzada por los medios de comunicación, los árabes fueron favorecidos por la divina providencia. Salieron de la Península Arábiga en el siglo séptimo y llevaron el Islam desde Marruecos hasta la lejana Indonesia. En el proceso, invadieron los imperios bizantino y persa, y luego cruzaron el Estrecho de Gibraltar a Iberia, allí se formó una civilización brillante que se presentó como un reproche a la intolerancia de los estados europeos del norte. Córdoba y Granada fueron adornados y exaltados en el imaginario árabe. Andalucía reunió todo lo que los árabes favorecían: poesía, glamorosas estancias y filósofos que debatían los grandes temas del día.

Si el surgimiento del Islam fue espectacular, su caída fue rápida y despiadada. La bendición de Dios, vista en función durante el ascenso de los musulmanes, ahora parece que los ha abandonado. El Califato gobernante, con su base en Bagdad, fue sacudido por una invasión de los mongoles en el siglo XIII. Mercenarios de las estepas turcas saquearon ciudades y dejaron un legado de golpes de estado militares que aún son la pesadilla de los árabes. Poco quedaba de su filosofía y literatura, y después de que los turcos otomanos invadieran los países árabes al sur de su país en el siglo XVI, los árabes parecían salir de la historia; ellos ahora eran los súbditos de otros.

La llegada de Occidente a su mundo trajo consigo la superioridad militar y los logros administrativos e intelectuales a su seno, y los extranjeros eran implacables en sus juicios. Ellos menospreciaron la capacidad militar de los árabes y se escandalizaron por el tratamiento tradicional de la mujer y la separación de los sexos que paralizó a la sociedad árabe.

Pese a que los árabes insisten en que sus defectos fueron infligidos por los extranjeros, conocen sus debilidades. Los jóvenes árabes en la actualidad pueden ser susceptibles y orgullosos de su cultura; sin embargo, están profundamente avergonzados de lo que ven a su alrededor. Ellos saben que más de 300 millones de árabes han caído en el estancamiento económico y la decadencia cultural. Ellos saben que la posición de los estados árabes en las medidas que importan como la libertad política, la condición de la mujer y el crecimiento económico es baja. En la intimidad de su propia lengua, en la charla cotidiana en la calle, en los blogs y en los medios de comunicación y en las obras de arte y la ficción, ellos demuestran sin cesar lo que les sucedió.

Pero, ay del forastero que se aventure en ese terreno explosivo. El paradigma es que los occidentales profesan la malicia de los árabes y que los juicios occidentales son siempre parciales y crueles.