El sistema electoral en Estados Unidos quedó al descubierto el 8 de noviembre pasado cuando el candidato del Partido Republicano, Donald Trump, venció a la demócrata, Hillary Clinton, en las elecciones presidenciales. El resultado fue sorpresivo por muchas razones que incluyen que Hillary estuvo arriba en las encuestas y que el número total de personas que votaron por la ex Secretaria de Estado superaron en número a los que votaron por el magnate.

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Hillary Clinton recibió más votos que Donald Trump. Recibió casi 2.9 millones de votos populares más que el republicano. La demócrata en total recibió 65, 844,954 votos (el 48.2% de los votos totales) frente a los 62, 979,879 (el 46.1% de los votos totales) de su rival y ganador, según los resultados revisados y certificados de las elecciones en los 50 estados y el Distrito de Columbia.

Clinton ganó a Trump en el voto popular, es decir, más personas en Estados Unidos querían que ella fuera presidenta, pero el sistema electoral en el país norteamericano no funciona así. Más bien se contabilizan los votos de cada estado en colegios electorales y cada entidad tiene un número asignado de colegios electorales según la cantidad de personas que lo habitan. No importa si la elección estuvo dividida, si un candidato obtiene la mayoría de los votos el total de los colegios electorales de ese estado son para un solo candidato. Los estados que más población tienen son más influyentes en la decisión nacional. Trump ganó por que obtuvo más votos de los colegios electorales, pero no más votos ciudadanos y en un sistema electoral donde gana el voto popular, Trump no sería presidente.

Las encuestas se equivocaron por que miden el voto popular, que indica realmente la cantidad de personas que están dispuestas a sufragar en favor de un candidato. Están moldeadas como la democracia en los países debe funcionar. Por eso, si miramos de lejos, las encuestas se equivocaron pero, si analizamos que el sistema electoral en Estados Unidos no representa el clamor de la mayoría, la encuestas estaban en el sendero indicado. Debido a las reglas del juego electoral en Estados Unidos, la candidata presidencial Hillary Clinton se convirtió en la perdedora que más votos ha recibido en la historia de los Estados Unidos. Esto sólo había sucedido una vez antes en la historia reciente de Estados Unidos, durante las elecciones del 2000 que enfrentaron al ex presidente George W. Bush y al entonces ex vicepresidente Al Gore, Bush se hizo con las riendas de la Casa Blanca pese a haber obtenido menos votos que su rival demócrata.

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Cada sistema electoral en el mundo tiene sus particularidades adecuadas a las costumbres, rasgos históricos, tradiciones y necesidades de cada país. Pero al final el principio es el mismo y se busca que la mayoría de personas se imponga sobre la minoría.

El 2016 sacudió a las élites políticas de todo el mundo, mostrando que el descontento popular con las decisiones que han tomado y la desaprobación del trabajo que han realizado. Dos eventos mostraron a los políticos de todo el mundo que las sociedades quieren un cambio. En el caso del Reino Unido, se votó por la salida de la Unión Europea. En este caso, la mayoría sí se impuso, aunque la elección fue muy cerrada. En el caso de las elecciones en Estados Unidos, la minoría se impuso pero el mensaje fue muy claro para la élite en Washington D.C., aunque ambos casos demostraron las contradicciones que la democracia moderna plantea. Esos dos eventos podrán tener a estudiosos de la teoría política de todo el mundo analizando los resultados de los clamores populares.

Pero en lo que a democracia respecta, el triunfo de Donald Trump tiene, sin duda, puntos que requieren de un análisis más expedito.

Un reporte anual sobre democracia en todo el mundo elaborado por The Economist Intelligence Unit (EIU), la división de investigación y análisis de The Economist Group, la compañía hermana de la publicación semanal inglesa, The Economist, cambió a Estados Unidos de la selecta lista de las democracias plenas a la de democracias imperfectas tras las elecciones del 2016.

Según el estudio del EIU, casi la mitad de la población mundial vive en una democracia de algún tipo a pesar de que sólo el 4.5% residen en una "democracia plena". Un cambio del 8.9% registrado en el 2015 cuando se consideró que Estados Unidos dentro de este selecto grupo de países.

Estados Unidos, que alguna vez fue una de las democracias modelo para otros países en el mundo, se ha convertido en una "democracia imperfecta", ya que la confianza popular en el funcionamiento de las instituciones públicas ha disminuido. La calificación cayó a 7.98 desde el 8.05 que obtuvo en el 2015, haciendo que la principal potencia económica del mundo se deslice por debajo del umbral de 8.0 para una "democracia plena".

Aunque este año la confianza popular en el gobierno, los representantes electos y los partidos políticos cayó en Estados Unidos, lo cierto es que según el EIU la tendencia ya se mostraba a la baja y sólo representa el resentimiento popular que incluso precedió a la elección de Trump, pero el magnate tuvo la empatía política para percibir y capitalizar. Según el EIU, Trump se convirtió en un beneficiario de la baja estima que los votantes estadounidenses tienen a su gobierno, los representantes electos y los partidos políticos. Aunque Trump no es responsable de un problema que ha tenido una larga gestación en la sociedad estadounidense.

Según el estudio del EIU, aunque no hubiera habido elecciones en Estados Unidos en noviembre del año pasado, esa nación estaba en vías de convertirse una "democracia imperfecta", una tendencia que según el estudio se observa en la confianza popular que se tienen en las élites políticas y las instituciones en Europa durante la última década y que ayuda a explicar el resultado del referéndum británico Brexit en junio del 2016, así como la creciente ola de movimientos populistas en toda Europa.

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La confianza popular en el gobierno y los partidos políticos es un componente vital del concepto de democracia incorporado por el modelo del Índice de Democracia del EIU y el estudio concluye que el creciente descontento popular con las instituciones clave de la democracia representativa ha sido un factor en la regresión democrática de los últimos años y en el surgimiento de partidos y políticos insurgentes, anti-mainstream y políticos en Europa y América del Norte .

Encuestas realizadas por Pew, Gallup y otras agencias confirmaron durante el año pasado que la confianza del público en el gobierno ha caído a mínimos históricos en Estados Unidos. Según el estudio el EIU, esto ha tenido un efecto corrosivo sobre la calidad de la democracia en ese país, y se refleja en la disminución de la puntuación, en el Índice de Democracia.

Según el centro de Investigaciones Pew, el 19% de los estadounidenses confían en que el gobierno haga lo correcto; el 74% piensa que la mayoría de los funcionarios electos ponen sus propios intereses por encima de los del país; el 57% están frustrados con el gobierno y el 22% están enojados; el 74% piensa que la mayoría de los funcionarios electos "no les importa lo que piensen las personas como yo"; y el 59% dice que el gobierno necesita "una reforma muy importante".

La victoria de Donald Trump fue disruptiva para los conceptos de democracia porque se logró frente a la hostilidad que atacó la campaña del magnate desde cualquier esquina de la clase política estadounidense, incluso desde su propio Partido Republicano, los grandes negocios, los medios de comunicación y la élite cultural. Trump aprovechó con empatía popular que en Estados Unidos, la clase política parece cada vez más fuera de contacto con la gente que pretenden representar y, a menudo, parece expresar desprecio por sectores del electorado.

Si se busca entender por qué Estados Unidos bajó su categoría de nación democrática la naturaleza del significado de las victorias de Brexit y Trump no deben ser subestimadas. La política como la conocemos desde hace 70 años no va a volver a lo "normal", según concluye el estudio del EIU. Estos vacíos son claramente aprovechados por los discursos populistas en ambos lados del espectro político, arrebatando electores a los partidos establecidos que las clases políticas representan. No en vano, Trump, confiado en su percepción del descontento, amenazó al Partido Republicano de abandonar su bandera y buscar la Presidencia desde la independencia partidista.

Las élites gobernantes se enfrentan a la necesidad de cambio para reencontrarse con sus votantes que se perciben como engañados y manipulados por una clase política que no ofrece soluciones. Hasta ahora, las clases políticas han mostrado poca idea de cómo responder a estas necesidades y un muy limitado rango de maniobra.

La confianza popular en los gobiernos, las instituciones, Partidos políticos y sus representantes en las esferas políticos ha estado en franca caída durante décadas en Estados Unidos, dando como resultado una crisis de legitimidad para las élites políticas de hoy y disminuyendo la percepción de democracia.

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