Mucho se ha dicho sobre diversidad e inclusión laboral. Tanto que hemos convertido el tema en un discurso repetitivo que cada vez invita menos a la reflexión. Y no sólo me refiero al contexto de las personas con que trabajamos, sino a la forma en cómo trabajamos con ellos. Pensemos en cómo estamos ejerciendo la inclusión bajo esquemas de colaboración remota y escenarios cada vez más conectados vía digital. Cómo estamos abordando el esquema tecnológico que insiste en remoldear nuestras relaciones como un diferenciador que no existía en otras épocas.

Antes de entrar en un plano más práctico, hay una aclaración que no sobra hacer: diversidad e inclusión no son lo mismo. Si bien semánticamente corresponden, sus acepciones difieren. Y para no entrar en definiciones de diccionario, hay una sencilla metáfora que —desde mi punto de vista— ilustra muy bien la diferencia y su relación. Pensemos en la diversidad como los ingredientes que conviven en una obra gastronómica, mientras que la receta es la forma en que se armonizan para crear un plato final que conjuga armónicamente todos sus elementos.

Retomando el punto inicial, la realidad es que las formas de trabajar en nuestras organizaciones están cambiando. Esquemas y herramientas que, hasta hace unos años eran desconocidas, ahora son la constante que permite a empleados trabajar de forma remota. Hoy, no tener a un equipo en un mismo espacio físico no representa un reto para que una organización pueda avanzar. Sin embargo, sí representa un reto a la inclusión: ¿cómo lograr que los colaboradores que no comparten un espacio físico, se sientan incluidos? Es ahí en donde, sin darnos cuenta, la tecnología está creando un nuevo grupo de diversidad y, con él, un paradigma de inclusión.

¿Cuántas veces, al abrir una conferencia, aseguramos que quienes acuden remotamente tengan un foro para expresar ideas? ¿Cómo hacemos para que contextos de empleados remotos y presenciales sean similares y que aseguren un desempeño independiente al factor distancia? Sin duda son reflexiones que vale la pena hacer para crear mecanismos que nos permitan identificar y construir una cultura de inclusión. 

En este tema, por ejemplo, hay pasos muy sencillos que permiten dar espacio a todos: presentar a los colaboradores remotos y brindar un tiempo específico (no los minutos de una llamada) para que contribuyan en la reunión. Otro mecanismo es apuntar los nombres de los participantes remotos en un lugar visible de la sala; esto crea conciencia sobre la presencia de otros en la reunión. 

De la misma forma, tomar conciencia de esa diversidad y alternar foros para discusión de proyectos, aprendizajes e ideas dentro de las reuniones de equipo es un ejemplo práctico que motiva la inclusión. Cada reunión, un miembro distinto tiene la oportunidad de expresarse y los demás de escuchar.

También, basada en experiencias personales, es importante destacar la importancia de brindar espacios individuales —los socorridos one on one— a miembros de nuestro equipo; particularmente cuando se es líder con reportes a cargo. Basta con agendar breves periodos semanales —libres de agenda— en los que la conversación sea guiada por las inquietudes de ambos participantes. Es decir, una conversación informal, abierta a temas de cualquier índole, con el único objetivo de compartir. Si bien el formato es libre, el uso de video conferencia es muy útil para tener una comunicación no verbal y reducir distracciones.

Finalmente, y como en todos los temas de diversidad, es importante que seamos receptivos para detectar cuando algo no está funcionando. Seamos vocales si nosotros mismos nos damos cuenta de esas áreas de mejora. Trabajemos en nuestra empatía para que, aquellos que no comparten el mismo espacio de trabajo puedan recibir la misma atención de quienes sí lo hacen. Construyamos sobre acciones que den como resultado recetas de colaboración remota, sostenible, motivante, diversa e inclusiva.

La autora es Senior Legal Counsel en Amazon México.