En muchas ocasiones, las personas experimentamos la sensación de controlar el entorno en una actividad determinada. Si somos ejecutivos de una empresa percibimos que controlamos su operación, funcionamiento y resultados; si somos padres de familia, creemos que controlamos la conducta presente y futura de nuestros hijos; si somos inversionistas, creemos que controlamos con nuestras decisiones el resultado de rentabilidad que obtendremos.

La realidad es que, en la mayoría de los casos, en todos los ámbitos de la conducta humana existe, en mayor o menor proporción, una parte del entorno o del desarrollo de los eventos que está fuera de nuestras manos.

Esta tendencia a sobreestimar nuestra capacidad para controlarlos se conoce como ilusión de control y consiste en creer que tenemos el conocimiento preciso para crear acciones o respuestas apropiadas a los mismos.

En un ejemplo extremo, que puede parecer ridículo pero no lo es, se ha encontrado que los jugadores profesionales tienden a tirar los dados más fuerte cuando desean que caiga un número más alto y más suavemente cuando desean que salga un numero bajo. Como si con ello ejercieran realmente un control sobre el resultado de un acto que es, evidentemente, por completo aleatorio.

En relación con este sesgo, en un reciente artículo titulado El impacto de la ilusión de control en la eficiencia percibida de los mercados financieros , los investigadores Sidra Ajmal, Maria Mufti y Zulfiqar Ali Shah, presentaron los hallazgos de una investigación realizada con inversionistas, analistas financieros y académicos en finanzas en Paquistán.

En su investigación, concluyen que una elevada proporción de quienes se suponen expertos en los temas tienden a ser afectados por esta conducta y que quienes la reflejan en mayor grado presentan sistemáticamente un nivel menor de análisis y de manejo de riesgo, que impactan en la rentabilidad final de las sus inversiones.

El estudio mostró un componente importante de las anomalías presentadas en el mercado financiero se debieron precisamente a la irracionalidad mostrada por un segmento importante de los inversionistas.

¿Qué podemos aprender de este estudio?

1. Un punto de partida es reconocer y entender que en la medida que aumenta la complejidad o riesgo potencial de un instrumento de inversión, está también asociado un mayor grado de incertidumbre.

Por ello es necesario un entendimiento de las condiciones que pueden incidir en el comportamiento o rentabilidad del instrumento, sin quedarnos sólo con los escenarios más optimistas.

2. Además es necesario reconocer que los mercados financieros se han hecho cada vez más interconectados y dinámicos, presentando comportamientos cuya predicción puede resultar compleja. Piense por ejemplo en la predicción del clima: podemos con cierto grado de certeza saber el clima para mañana y conocemos las reglas fundamentales que rigen los sistemas meteorológicos, pero conforme aumentamos el rango de tiempo de la predicción, la multiplicidad de interacciones que pueden alterar el clima hace que sea más complejo predecir su comportamiento.

3. Debemos recurrir a profesionales que nos brinden un panorama claro de lo que implica nuestra inversión y los riesgos reales asociados a la misma, sin que se privilegie una falsa seguridad del resultado de nuestra inversión.

4. Finalmente, cuando sienta que está completamente cierto y seguro del resultado de su inversión es momento de revisar su información y evaluar si su información es correcta, si quien lo aconseja lo hace con un real entendimiento del comportamiento de los mercados financieros y si no simplemente estamos siendo presa de una exagerada confianza en nuestra capacidad como inversionistas.

*El autor es especialista en economía conductual Director General de Mexicana de Becas, Fondo de Ahorro Educativo. Síguelo en Twitter @martinezsolares

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