Donald Trump tiene como prioridad reducir o darle la vuelta al déficit comercial de los Estados Unidos; para ello ya ejerce un conjunto de medidas proteccionistas y presiones políticas, vinculando la negociación del TLC al tema migratorio e involucrándose en tensiones comerciales con China.

En este contexto America First, significa, para Trump, tanto honrar políticamente los compromisos de campaña con su base electoral, como establecer acciones agresivas de política comercial, aunque éstas después se diluyan y el costo asociado lo pague el consumidor norteamericano.

Para ello, tampoco le importa el sin sentido económico de blindar, con el muro, la frontera con nuestro país, ni la crisis humanitaria que provocaría tanto bloquear el flujo de centroamericanos en nuestro país hacia Estados Unidos, como cancelar el DACA (Acción Diferida para los Llegados en la Infancia) para 750,000 jóvenes.

Los tiros de apertura de esta guerra comercial, parafraseando a Barry Eichengreen, historiador económico de la Universidad de California, Berkeley, tendrán una efectividad limitada, pues los aranceles para “castigar” a China y otros países presuntamente “culpables” del déficit comercial estadounidense se diluirán, al haber exentado de los mismos al 70% de los países que exportan acero y aluminio y, por supuesto, estos países —exentos— sustituirán las fuentes originales de dichas importaciones.

Primer tiro: el arancel del 25% que Estados Unidos anunció hace unas semanas a las importaciones de acero y de 10% a las de aluminio, exceptuando a Canadá, México y, recientemente, a la Unión Europea y Corea del Sur.

Segundo tiro: en vista de que la balanza comercial con China es ampliamente deficitaria —tanto en valor absoluto como en porcentaje del PIB— éste es el primer blanco de sus medidas, al imponer aranceles a mercancías y productos equivalentes a 60,000 millones de dólares del comercio chino.

Tercer tiro: China respondió la semana pasada estableciendo aranceles a productos norteamericanos por un valor aproximado de $3 mil millones de dólares y, quizás lo más doloroso para los mercados financieros internacionales, dejando de comprar treasury bills de ese país y, si continúan las tensiones comerciales liquidando montos importantes de los mismos.

Cuarto tiro: el 3 de abril Estados Unidos agrega una nueva lista de productos chinos con aranceles adicionales de 25%. El 4 de abril, China difunde tener planes de gravar productos estadounidenses por $50 mil millones entre los cuales estarían bienes agrícolas y agroindustriales, así como impuestos a los aviones producidos en EU. Paralelamente el viceministro de finanzas chino declara que hay margen para negociar y evitar una “guerra comercial total”.

Para The Economist (Godzilla escapes. Markets think trade war is good for “absolutely Nothing”, 23/03/2018) Trump es presuntuoso, quizás por su naturaleza de negociador inmobiliario; su táctica es generar inseguridad en la contraparte al advertir que se levantará de la mesa y luego permanecer en ella a cambio de concesiones menores a sus pretensiones originales.

De esa forma, recibe elogios de su base política por plantarle cara a los supuestos culpables del déficit comercial y de la pérdida de empleos en los Estados Unidos. Por otra parte, según el el think tank inglés Capital Economics, aunque a ninguna economía abierta le conviene una escalada proteccionista —y menos a China por su alta dependencia en las exportaciones a Estados Unidos (y 60,000 millones de dólares constituye un monto estratosférico), por ahora, el daño de los aranceles en la economía china será acotado, pues las tarifas solo tendrían un efecto en el crecimiento de ese país del orden de 0.2% del PIB anual.

Además, Estados Unidos todavía es un país muy barato para exportar productos. De acuerdo con datos del Banco Mundial (Indicadores del Desarrollo Mundial, 2016), en 2016 su tasa arancelaria media fue de 1.6%, mientras que en otros países como México y Brasil, dichas tasas ascienden a 4.4% y 8%, respectivamente, tal como se observa en el gráfico sobre los aranceles en el mundo. Por todo esto, los primeros tiros de la guerra comercial entre Estados Unidos y China aún cuando provocaron la baja sensible y acentuada volatilidad en los índices bursátiles en estos primeros días del segundo trimestre del año, prácticamente no han afectado las perspectivas de crecimiento de ambos países.

Además, los recientes recortes de impuestos en Estados Unidos, implican un mayor impulso a las importaciones, que más que compensan el efecto de su encarecimiento a través de aranceles.

En todo caso, si a las medidas proteccionistas ya establecidas sigue una escalada de nuevas acciones en este sentido, el escenario más probable sería contraproducente: una desaceleración económica en Estados Unidos, que efectivamente reduciría la demanda por importaciones debilitando la economía de ese país, lo que contradice el objetivo de Trump de fortalecerla.

Aun así, los inversionistas están indudablemente preocupados, pues ante la luz amarilla de “alarma”, se incrementan las tensiones comerciales y se deterioran las expectativas. Este tipo de acciones genera repercusiones diversas en los mercados internacionales, derivado de su estrecha interdependencia.

Ojalá que las acciones proteccionistas ya establecidas no siga una guerra total porque, como ha mencionado Paul Krugman (Dando tumbos hacia una guerra comercial, 25/03/2018), Nobel 2008 y ex miembro del Consejo de Asesores Económicos del Presidente de Estados Unidos, “lo cierto es que las guerras comerciales son malas y casi todos acaban perdiendo económicamente. Si eventualmente hubiera ganadores, estos serían los países que fortalezcan su influencia geopolítica gracias al deterioro reputacional de Estados Unidos; y eso significa que, en la medida en que algún país pueda perfilarse como vencedor de la guerra comercial de Trump, ese país será... China.… y, en lo personal, me permito agregar Rusia.

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