Durante los últimos 15 años se había registrado una tendencia plana en la brecha salarial de género, que refleja los avances modestos en términos de igualdad entre mujeres y hombres en el mercado laboral. 

En el 2005 las mujeres ganaron en promedio 16.7% menos que sus pares hombres, para 2010 esta cifra se redujo a 11.6%, en 2015 regresó a 16.7% y sólo hasta el 2020, el año de la pandemia Covid-19, se logró tocar un mínimo histórico: una brecha de género de 9.6%. 

Estas cifras de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) empatan con los resultados que el Inegi y el Coneval, instituciones oficiales nacionales, que revelaron que la pandemia acortó la diferencia entre los ingresos de las mujeres y los de los hombres. 

Sólo un fenómeno inédito, como lo fue la crisis Covid-19, logró recortar desigualdades de género. Y aunque esto pareciera positivo, no lo es tanto: primero, porque este “avance” es insuficiente para estar en condiciones de igualdad, y segundo, porque fue un efecto secundario de una recesión económica y no un proyecto de política pública que no resuelve necesidades estructurales. 

¿Cómo fue que las brechas de género se cerraron durante la pandemia?

A diferencia de otros países que desde antes de la pandemia registraban una tendencia paulatina a la baja en sus brechas salariales de género, en México en cuestión de meses se observó un recorte importante en esta brecha. 

Este recorte está ligado fundamentalmente a la caída generalizada de la fuerza laboral más grande: la masculina.

Con la información estadística disponible es posible observar que, al tiempo que se registró una caída generalizada de los ingresos, hubo un incremento importante de la pobreza multidimensional. Esto significa que además de que los mexicanos tienen menos dinero, también tienen un acceso menor a ciertos derechos básicos como una casa, alimentos, agua, electricidad, educación, salud o seguridad social.

En México la pandemia arrojó a 3.8 millones de personas a la pobreza y la razón porque la que esta cifra no es mayor fue la existencia de transferencias externas: remesas, pensiones y apoyos sociales públicos o privados. El ingreso laboral de los mexicanos cayó 10.7% mientras que las transferencias crecieron 8.3%, de acuerdo con las cifras de la ENIGH. Aunque no alcanzan a compensar la caída de sueldos y salarios, las transferencias ayudaron a que la crisis no fuera mayor. Esta fue una de las cosas que marcó la diferencia entre hombres y mujeres.

Históricamente los hombres son económicamente más independientes que las mujeres, la mayor parte de su dinero viene de sus ingresos por trabajo, mientras que un porcentaje más grande del dinero de las mujeres viene de otras fuentes. De modo, que la población femenina enfrentó cierta “ventaja” de estas desigualdades.

Pero ni siquiera esta “ventaja” fue suficiente para alcanzar niveles de igualdad; lo que refleja otro dato abrumador: la brecha de género es tan grande que ni con una contracción de 10 puntos porcentuales se alcanza la igualdad. 

En otros países de la región Latinoamérica, como Colombia, que presentaba una brecha de género más baja, durante el año de pandemia se alcanzaron niveles cercanos a la igualdad. En Colombia las mujeres ganaban 4% menos que los hombres en 2019 y para 2020 ahora ganan 0.1% más. Por su parte, en Costa Rica desde el 2019 la OCDE registra que los ingresos promedio de mujeres y hombres son relativamente iguales.

La trampa de la desigualdad estructural 

Aunque la pandemia recortó de manera importante la diferencia entre los ingresos totales y laborales de las mujeres respecto de los de los hombres; todavía no hay igualdad ni en el mercado laboral ni en el acceso a derechos y oportunidades. 

La tasa de participación femenina es de apenas 43.9% mientras que la de los hombres se ubica en 75.9%; el trabajo doméstico remunerado está liderado en 95% por mujeres y casi todas trabajan bajo esquemas de alta vulnerabilidad e informalidad; las mujeres tienen jornadas de limpieza del hogar y cuidados de casi el mismo tiempo que sus trabajos remunerados y son mayoría en sectores altamente vulnerados por la pandemia como la salud y la educación. 

Este recorte en la brecha salarial por género es apenas una rama del árbol de necesidades a resolver en materia de derechos de las mujeres en el ámbito laboral y fuera de él. Y no será sino a través de políticas públicas, destinadas a erradicar la discriminación y violencia estructural, que México alcanzará la igualdad. 

ana.garcia@eleconomista.mx