—¿Cuánto duró la charla técnica para ese partido?

- Cuatro días

—¿Cuatro?

Sí. Después del partido contra Holanda (empate a dos goles, último de la fase de grupos), empezamos a preparar el partido. Organicé un entrenamiento esa misma noche. Les marqué una línea casi en el círculo central y les dije que más atrás de esa línea nuestra defensa no bajaría.

Les dije que jugaríamos con un líbero, que era Jorge Campos, y que los presionaríamos en su propio terreno.

—¿Hubo alguien en desacuerdo?

Me hicieron preguntas. Pero se los expliqué de la siguiente manera: Klinsmann y Bierhoff eran dos delanteros que su mejor recurso era el cabezazo. Para evitar que cabecearan teníamos que evitar que centraran y para eso necesitábamos que no lo hicieran.

¿Cómo hacerlo? Debíamos evitar que les llegara el balón a los extremos. Por eso presionamos a sus defensas y funcionó. El gol de Luis (Hernández) vino luego de que les quitamos el balón en el mediocampo y el segundo casi cayó así.

“México le perdona la vida a Alemania”.

Ése fue el titular del diario El País en el triunfo de los alemanes sobre México en los octavos de final del Mundial de Francia 98. Han pasado 20 años desde aquella tarde en Montpellier y cuando Manuel Lapuente —entrenador de aquel representativo— recuerda el encuentro aún le provoca sentimientos encontrados.

Por un lado, lamenta los últimos 20 minutos cuando los alemanes remontaron el partido con tantos de Jurgen Klinsmann y Oliver Bierhoff y, por otro, le enorgullecen los primeros 70, porque asegura que sometieron al cuadro que dirigía Berti Vogts.

“Los teníamos controlados, hasta que nos descuidamos”.

Lapuente cree que existen coincidencias entre esa selección alemana y la actual. Cuando se le pregunta si los mediocampistas actuales de Alemania son más técnicos, dice que es una probabilidad, pero que la forma para anularlos es la misma que en Francia: presionarlos antes de que reciban el balón.

“El riesgo de que te hagan daño baja si ni siquiera pueden ponerse de frente a la portería”.

Hace una pausa y recuerda que tuvo una charla con Carlos Salcedo a inicios de este año. Dice que le planteó tres escenarios para el partido contra Alemania: esperarlos en su propio terreno, mantener la posesión de la pelota o presionarlos desde que salen con el balón controlado.

—¿Qué le respondió?

Que esperarlos era un suicidio.

—¿Y de las otras opciones?

Que hay que apretarlos desde arriba. Mencionó que no les puedes prestar el balón y que tienen que evitar perder el balón en la salida, como sucedió en la Copa Confederaciones en la que perdieron 4-1. Espero que el resto del equipo esté de acuerdo, porque si lo están, ya saben cómo le van a jugar al campeón del mundo.

A Corea del Sur —rival de México en el segundo partido de la fase de grupos— también le enfrentó la selección de Lapuente. Fue en el partido de debut. Al medio tiempo perdía por la mínima diferencia porque —según él— se equivocó en el planteamiento táctico. Colocó a Braulio Luna de lateral derecho y a Ramón Ramírez de extremo en esa misma banda para ganar altura contra Deng-Gook Lee, el centrodelantero surcoreano que medía 1.87 metros.

—¿Por qué no funcionó su táctica?

Porque cuando eres superior a un equipo debes jugar a lo que sabes y no a neutralizar al rival.

Eso sólo funciona con oponentes que son claramente superiores, como Alemania. En el segundo tiempo, Jesús Arellano ingresó de cambio y pudimos dominar el juego. Los goles los hicimos gracias a individualidades al servicio del juego colectivo.

—¿Hubo cambios en el futbol surcoreano?

En su mayoría no. Hay dos o tres futbolistas que son más técnicos que antes, pero coincidentemente cuentan con un centro delantero (Shin-wook Kim) que mide 1.98 metros y en el que se basa su ataque. En esos casos, se debe repetir su fórmula: México debe imponer su planteamiento de juego y no depender de lo que haga al rival.

Lapuente se convirtió en entrenador de la selección a menos de un año de disputarse el Mundial de Francia. Definió su cuadro titular dos meses antes de la justa, en una gira que hizo el representativo por Europa y en la que sufrió una goleada frente a Noruega en Oslo.

“Pero después vino nuestro mejor momento”, dice sobre la victoria contra Corea del Sur, los empates in extremis ante Bélgica y Holanda y la citada eliminación ante Alemania.

El buen momento de Lapuente no se limitó a Francia 98. Después vino la Copa Confederaciones, un año después. Aquella noche lluviosa en el Estadio Azteca, México levantó el título más grande de su historia.

Todo empezó hace 20 años.

alain.arenas@eleconomista.mx