Rafal Márquez Lugo ingresó a la cancha del estadio Azteca dando pasos firmes, con el pecho erguido, esbozando una sonrisa, al mismo tiempo que sacudía su cabello, ansioso porque iniciara su primer Clásico. Quizá el refuerzo de Chivas presagiaba la que terminaría siendo una tarde mágica, en la que de sus botines nació la victoria 3-1 de su equipo sobre América, resultado que dejó intacto el orgullo, que los puso en la pelea por un boleto a la liguilla.

Hoy Márquez Lugo tenía una cita con la historia. Primero, al poner en ventaja a su equipo tras el 1-1 parcial que habían decretado Marco Fabián y Juan Carlos Medina. Rafa tomó una pelota en tres cuartos de cancha, levantó la mirada y mandó zapatazo que Diego Reyes desvió con la cadera, dejando sin nada que hacer a su arquero quien con impotencia vio como Guadalajara se iba de nueva cuenta arriba en el marcador.

Apenas chocó la pelota con las redes, los pasos del delantero estelar de las Chivas se hicieron cada vez más firmes, uno tras otro, hasta que la euforia lo llevó a dar un salto cerca del centro de la cancha, con el brazo extendido, el puño cerrado, gritando su primer gol en un Clásico.

Tras estrenarse en el partido más importante del torneo, Rafael se asumió como el líder de su equipo en la cancha, levantó la voz cada vez que fue necesario, corrió por todas las pelotas y le marcó diagonales a sus compañeros, quienes lo buscaron en más de dos ocasiones, hasta que de pronto se sacó una jugada de la chistera y terminó, eufórico, corriendo por toda la cancha.

Y es que segundos antes el refuerzo rojiblanco tomó un balón muy lejano a la portería americanista, levantó la mirada, le metió la pierna izquierda, con la potencia y colocación exacta para dejar fuera de la acción a Hugo González, arquero que se lanzó inútilmente y miró como la pelota pasó lejos de su guante e instantes después su verdugo corría enloquecido por todo el terreno de juego, perseguido por sus compañeros, sabiéndose el héroe de la tarde.

Y Márquez Lugo coronó su tarde heroica a instantes del final, cuando su entrenador lo retiró de la cancha sólo para ser ovacionado por toda a afición de Chivas, de la que se despidió levantando sus brazos, juntando sus palmas para finalmente persignarse, estrecharle la mano a su técnico y sentarse en la banca con una sonrisa que difícilmente se le borrará de su rostro.

Rds