Nadal está enfadado.

¡Venga, hombre! grita y golpea su raqueta.

Empaca sus cosas y camina a la ducha torciendo tanto la boca que casi toca su oreja.

Por hoy se acabó.

Rafa cumplió el año pasado 30 y hace tiempo que dejó de ser Sansón, con el look de pelo largo y desaliñado que enamoraba a las adolescentes, aunque todavía lo hace. Nadal ya con el cabello recortado también dejó de ser el chico irreverente del circuito que deseaba comerse el mundo probablemente porque ya se lo ha devorado unas cuantas veces y hoy se ocupa más de él.

Hace unos tres años que el cuerpo (las rodillas y las muñecas principalmente) le recuerdan que puede ser todo lo que le apetezca: invencible, ganador, exitoso, carismático, deseado, amado, admirado. Pero algo sí que no: una máquina.

Nadal está enfadado. Son las últimas semanas del invierno sudamericano en Río de Janeiro y a unos días de iniciar los Juegos Olímpicos entrena con Marin Cilic, campeón del US Open. Una pareja de turistas mexicanos lo observa practicar en la pista central del Parque Olímpico y dicen que el día que lo conocieron fue cuando lo vieron jugar la final en el Abierto Mexicano de Tenis en el 2005. Aquella ocasión destazó a Albert Montañés 6-1 y 6-0, 54 minutos y a festejar, eso duró el partido.

De aquel Nadal quedan ya pocas cosas, probablemente esa furiosa idea de siempre querer ganar, pero de su despliegue poco.

Rafa sigue teniendo un físico de miedo, pero no tan perfecto como hace más de 12 años, cuando se asemejaba a un guerrero ateniense con los brazos hinchados de músculos torneados y quien con el puro despliegue físico derrotaba a todos, era inalcanzable, quien decidía seguirle el ritmo, velocidad y potencia... terminaba liquidado. Alguna vez fue el mejor del mundo. La última ocasión, en junio del 2014.

Hoy en el Parque Olímpico está molesto, rabioso consigo mismo.

Semanas después de aquel entrenamiento, su entorno reconoció que Rafa recordó su estirpe de guerrero después de los Juegos Olímpicos. Empezó la remontada anímica después de un par de años de pesadilla donde cualquiera del circuito le ganaba. El tenista que se había construido como el cyborg... decidió que era momento de ser distinto.

Hoy en Australia buscará regresar a una final de un Grand Slam, lo que no ocurre desde hace tres años cuando disputó el título de Roland Garros y lo ganó, el mismo año que también jugó la final en Melbourne y perdió.

Nadal todavía tiene la garra intacta . Carlos Moya ahora entrena con él y jugó contra él. Si alguien le ha mirado a los ojos tan cerca en una pista de tenis es él. La furia de Nadal ahora trasciende a lo que hagan sus músculos. Ocupa la cabeza.

No soy una persona segura de sí misma en ninguna cosa de la vida. No soy una persona decidida en casi nada. Nunca he presumido de eso. Me cuesta mucho tomar decisiones... pero cuando juego, en los momentos importantes, tengo la determinación de hacer algo . Esto hace distinto a Rafael Nadal.

Hace unos años, en un evento en la Ciudad de México, un par de periodistas cuestionamos a Guillermo Cañas, un tenista argentino que presumía de haber derrotado más de una vez a Roger Federer (en aquel entonces en su mejor momento).

-¿Cuál es la diferencia entre el número uno, tres o 10 del mundo?

-Los detalles.

Rafael cuida más los detalles. No sólo tiene que ver con su estilo de juego, su físico, también cómo lo ejecuta.

Hoy la situación ha cambiado: por ejemplo, en ninguno de sus dos primeros partidos del Abierto de Australia un saque suyo superó los 200 kilómetros por hora... y eso significa que cualquier jugador promedio le puede responder. Pero ahora dicen los expertos que cuida más sus tiros, y como lo dice Moya... si el partido se alarga... ahí Nadal tiene ventaja .

Nadal el guerrero. Nadal el cyborg. Nadal Sansón. Nadal como cualquiera, justo allí se engrandece mucho más. Rafael devastado en la pista del estadio Olímpico, con la sal pegada al rostro, pero con una sonrisa que también casi tocaba las orejas. Nadal hincado con el pecho temblándole y las lágrimas escurriendo.

Australia certifica lo que hace más de medio año intuíamos. Está de vuelta.

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