Albert Williams, de 33 años, estaba arrodillado frente al televisor en su casa de Luisiana, el pasado 13 de enero. Viste un jersey blanco con el apellido Brees estampado en su espalda y porta una gorra negro con dorado que completa su vestuario de los New Orleans Saints. No se mueve y sólo murmura algunas palabras como si recitara una plegaria.

Pocos segundos después, en el aparato aparece el pateador Greg Zuerlein, quien anota un gol de campo que consuma la victoria de Los Angeles Rams ante los Saints en el juego por el campeonato de la Conferencia Nacional. Williams avienta un vaso de vidrio contra la pared de su sala y luego arranca el televisor y lo tira por la ventana.

“Estos comportamientos son habituales en los fanáticos de los deportes, que tienen una pasión más grande que el de los simples aficionados.

Cuando ven los juegos de su equipo creen que son un jugador más y sienten todas las emociones que los atletas que están en el juego. Muestran síntomas de proyección, e identificación y desahogo”, explica Lucrecia Agundis, psicóloga egresada de la UNAM.

El desahogo se da debido a que la mayoría de las personas, incluidos estos fanáticos, llevan una vida de reglas sociales en su vida diaria, dice la especialista. Pero cuando éstos observan a su equipo en la televisión y en el estadio, pueden asumir actitudes que  normalmente no considerarían.

“Gritar, llorar, enojarse, reír, y hablar con desconocidos como si fueran amigos son actitudes que  hacen para desinhibirse cuando juega su equipo”.

El caso de Williams no es el único. En el marco de los playoffs de la NFL y el Super Bowl LIII, El Economista hizo un recuento de los fanáticos de la NFL que tuvieron reacciones violentas o depresivas cuando sus equipos perdieron, que fueron grabados y cuyos videos se subieron a la plataforma YouTube.

En total, se documentaron 48 casos.

“Estas personas tienen una estructura psicológica intensa con sus emociones; son menores de 45 años, que es la edad en la que un adulto tiene su criterio completamente formado, y la mayoría son varones”, agrega la especialista.

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En 1991, Paul Bernhardt, un psicólogo conductual de la Universidad Estatal de Georgia, quería probar una teoría. Pensaba que los fanáticos de los deportes estaban sometidos a emociones tan fuertes que provocaban que sus cuerpos produjeran grandes cantidades de testosterona, la hormona asociada con la masculinidad.

Para comprobarlo, le pidió a un empleado de un bar de Georgia que le permitiera recopilar la saliva de los vasos de cerveza después de que los fanáticos de los Yellow Jackets de Georgia State y los Bulldogs de Georgia observaron un partido de futbol americano entre ambos colegios.

La saliva es una prueba no invasiva para identificar los niveles hormonales. Cuando el médico regresó a su laboratorio con la saliva recopilada, encontró que había 20% más de testosterona en los vasos de los fanáticos del equipo ganador.

Durante la final del Mundial de Estados Unidos 1994, en la que Brasil venció a Italia, realizó una prueba con aficionados brasileños e italianos. Encontró un aumento de testosterona en los vencedores, aunque también observó un incrementó de dopamina y oxitocina, sustancias que produce el cerebro, que se asocian al placer y facilitan la confianza en una persona.

“Además, estos fanáticos tienen un incremento de adrenalina en el cerebro, especialmente cuando su equipo hace una una buena jugada. Lo anterior provoca que el sistema nervioso esté más alerta de lo normal”, señala Agundis.

Que el sistema nervioso esté más alerta hace que los fanáticos sean más proclives a demostrar sus emociones.

Agundis aceptó que estos individuos, cuando ven a sus equipos, recurren a sus comportamientos más instintivos: “Por eso pasan de un estado de ánimo a otro con tanta facilidad”.