Reykjavik, Islandia. La XXI Copa del mundo de Rusia va a distraer al planeta durante un mes y veremos en ella a sus maestros habituales como Brasil (población: 207 millones) y Alemania (80 millones); también a selecciones que acuden de manera frecuente como lo son Nigeria (190 millones) y Japón (126 millones). Sin embargo, habrá países como Islandia (340,000), cuya población es equivalente al tamaño de un barrio en California. Imaginemos que Bakersfield, California, hiciera la Copa del mundo o, como dijo Bergthor Thorvaldsson, propietario de una tienda de ropa en Islandia: “el tamaño de una pequeña ciudad en Texas”.

En Islandia es típico escuchar a sus pobladores que conocen a alguno de los jugadores de su selección. No son dioses, son vecinos. Personajes terrenales con poca actitud vanidosa.

En el país no existen los Cristiano Ronaldo. ¡Son vecinos de carne y hueso!

El gerente de un bar deportivo en Reykjavik puede decir con orgullo que conoce al mejor jugador de la historia de Islandia; un guía de turistas conoce a 22 de los 23 jugadores de Islandia a través de un amigo, y el dueño de una tienda de ropa de 24 años tiene a un viejo amigo que conoció hace años en la escuela, cuyo hermano conoce bien a dos jugadores de la selección de futbol.

La cercanía de los jugadores de la selección con los ciudadanos hace de Islandia una nación atípica porque los ídolos no son lejanos ni se les mira a través de las pantallas de televisión, están en las calles y se puede platicar con ellos.

Hallgrimsson es el gerente del bar y nos cuenta que tres horas antes de que inicie un partido de la selección comienza a comentar con los clientes sus pronósticos y detalles de lo que para él será determinante en el juego. Claro, los clientes son fanáticos. Hallgrimsson “nos dice la alineación” de la selección, comenta Sunna Gudrun Petursdottir, una mujer con casco vikingo y frente pintada con los colores de la selección. Tiene 35 años y es gerente de un hotel. “Él nos dice las tácticas (planificadas) del equipo, pues conoce muy bien a la figura de la selección. Cuando lo hace, reina un total silencio en el bar. No suenan los teléfonos y mucho menos alguien se atreve a escribir lo que dice Hallgrimsson en WhatsApp. Es algo hermoso y nadie haría nada para arruinar la planificación de un partido por muy borracho que estés. Nunca comprometerías a nuestro amigo”.

“Es mi dentista”

Hallkelsson vende camisetas y bufandas en el estadio Laugardalsvollur.  Nos cuenta que hace dos años, el entonces capitán de la selección Hermann Hreidarsson apareció en la tienda después de un partido para comprar camisetas de regalo para amigos. Por un descuido no logró subirse al camión de la selección por lo que Hallkelsson y su familia lo llevaron al hotel de la concentración. Pero eso no es todo. El vendedor de camisetas entrena a niños de entre cuatro y cinco años, incluido por supuesto, el hijo de uno de los jugadores.

El hijo mayor del proveedor de camisetas y uno de los hijos de Eidur Gudjohnsen, una de las leyendas de la selección que se encuentra retirado, juega también en el equipo. Así que el año pasado en la ciudad de Akureyri, ubicada en la costa norte (la cuarta ciudad más grande de Islandia con 18,000 habitantes), Gudjohnsen y los niños patearon una balón de futbol alrededor de un sauna.

A poco más de dos horas de viaje en automóvil desde Reikiavik, las islas Vestmannaeyjar tienen una de las topografías más deslumbrantes de este planeta y sólo son habitadas por 4,300 personas. Muchísimas ovejas y corderos viven en laderas, cuya inclinación podría hacer que algunos de nosotros caigamos al Atlántico Norte después de tomar un par de cervezas.

Los frailecillos, los adorables pajaritos de Islandia, son una auténtica atracción para los turistas. La panorámica del volcán  Eyjafjallajokull  es fantástica. En el 2010, la exhalación de cenizas interrumpió las rutas de los vuelos del Atlántico Norte: al inicio fue un espectáculo, pero después de una semana las cenizas se convirtieron en un dolor en la ceniza.

Subo a un taxi y pregunto por el entrenador de la selección de Islandia Vestmannaeyjar. El taxista me voltea a ver y me dice: “Es mi dentista”.

Hallgrimsson tiene 51 años y grandes dientes, no ha estado examinando bocas humanas en los últimos tiempos porque está bastante ocupado en Reikiavik entrenando a la selección. La gente lo saludó recientemente durante las elecciones locales en Vestmannaeyjar. Su casa en esa localidad es grande, pero nada ostentosa. Tiene dos plantas, la de arriba es su residencia y abajo su consultorio.

Con el simple hecho de racionalizar lo que me dijo el taxista me vino a la cabeza una sensación que no puedo contener: ¡esto es increíble!

Los islandeses serán por primera ocasión en la historia de las copas mundiales testigos de un fenómeno que generará en ellos más cercanía e identificación.

Es curioso, pero cuando escuchas decir a alguien que conoce a un amigo de un jugador de la selección y a otros asegurar que conoce al director técnico, y así, de manera sucesiva, te das cuenta de que el lema nacional es que los jugadores no son dioses sino vecinos.

“La cercanía es obviamente una cosa muy especial”, dijo Hallgrimsson. “Nos conocemos personalmente más que otros jugadores y fanáticos en el mundo. Todos conocen a algún jugador o conocen a alguien que conoce a los jugadores”. Eso significa que el equipo es propiedad de todos.

Lo anterior significa también que la selección es un fenómeno de la cercanía que une a toda la nación a través de un gran sentimiento. No es otra cosa que una bendición en el campo.

Ayuda a crear una buena química en el interior de la selección debido a que se siente muy arropada. “No es algo que puedas pedir” como si se tratara de un menú, asegura el portero Hannes Thor Halldorsson.

Hólmar Örn Eyjólfsson, defensa de la selección, asegura al respecto: “Creo que la cercanía te da un impulso extra. Te sentirás un poco más involucrado emocionalmente. Tienes la auténtica sensación de que estás luchando no sólo por ti, no sólo por tu equipo, sino por todos en el país”.

Cualquier italiano que viva en Islandia se quedaría sorprendido por el fenómeno de la selección, ya que en el país de la bota, el futbol divide a la nación, y no estamos hablando de equipos de primera división sino de la selección nacional.

Siempre habrá debates en si el entrenador es bueno o no; si los jugadores convocados son los mejores o no. Por cierto, la selección italiana no viajará a Rusia, ya que fue eliminada por Suecia en un partido vital.

La falta de críticas y burlas de la sociedad islandesa en contra de los jugadores de la selección probablemente se deba al extraño hecho de que los jugadores no son realmente extraños. Son compañeros. Son vecinos.

“Nunca somos demasiado duros con ellos”, dijo Kolbrun Gigja, el gerente del bar de deportes. “Aquí, sentimos lo que están sintiendo ellos. Nos sentimos con ellos. Cuando están jugando, es como si nosotros estuviéramos jugando”.

“Si alguien tuitea algo sobre un jugador, alguien conocerá a ese jugador y lo defenderá”, dijo Solrun Flovenz, una mujer joven en un mostrador turístico.

En efecto, los jugadores no son dioses, son vecinos.