La vestimenta de un partido de Grand Slam en la actualidad: una de las jugadoras utiliza un híbrido entre leggins y short (su pierna derecha está cubierta hasta media pantorrilla y la izquierda solo hasta un cuarto de su muslo), mientras que su rival viste una minifalda sobre unos leggins diseñados con manchas.

Así lucieron Serena Williams y Naomi Osaka en las semifinales del Australian Open 2021 (victoria para Osaka por 6-3 y 6-4). Estos outfits, propiedad de la marca Nike, habrían sido impensables en el tenis de hace 100 años, pero ahora reflejan su evolución no solo en temas de ropa, sino en la multiculturalidad de sus participantes.

“En sus inicios, el tenis solo era practicado por las clases pudientes de la sociedad, entre la aristocracia y la gente adinerada, por lo que erróneamente se le considera un deporte elitista; pero en la actualidad ya se ha popularizado y democratizado tanto que cualquier persona de cualquier estrato social puede practicarlo”, describe a El Economista, Alfredo Ramírez, periodista especializado en tenis con más de 25 años de trayectoria en el periódico El Norte.

Entre finales del siglo XIX y principios del XX, el llamado ‘deporte blanco’ era caracterizado por jugadores de tez blanca procedentes de familias adineradas que lucían diseños de uniformes basados en eventos sociales de etiqueta y totalmente en color blanco.

Serena y Naomi, de ascendencia afroamericana y asiática, respectivamente, además de formadas en canchas públicas, demuestran que eso se acabó. Además, lo traducen con las coloridas vestimentas que han lucido durante su carrera y que tienen el respaldo de un gigante de la industria: Nike, la marca deportiva más valiosa del mundo de acuerdo a Forbes (39,100 millones de dólares de valor en 2020).

“La ropa en el tenis antiguo era un elemento para marcar la diferencia entre la clase aristocrática con las clases más bajas. Los hombres jugaban en pantalones y camisas de franela de larga duración y las mujeres llevaban vestidos hasta los tobillos, ambas indumentarias completamente blancas porque con ese color se disimulaban muy bien las marcas de sudor.

Actualmente, la vestimenta en el tenis significa elegancia y comodidad al mismo tiempo, pero también se toma en cuenta el aspecto comercial en el cual las principales figuras son los mayores vendedores de ropa deportiva, pues en el año hacen diversos cambios de sus outfits y son los rostros de grandes campañas publicitarias”.

En un partido de tenis, en sus orígenes, las mujeres lucían faldas largas y corsés hechos de algodón, lino y encaje; los primeros partidos entre hombres y mujeres se dieron alrededor de 1870 y servían para una práctica común de coqueteo, narra Kevin Jones, curador del Instituto de Diseño de Moda y Museo de Comercialización de Los Ángeles, a la revista Time.

Charlotte Dod fue la primera que revolucionó este deporte. Era 1887 y, con 15 años de edad, competía en Wimbledon sin corsés ni encajes. Ganó el torneo y creó polémica no solo por su renovada vestimenta, sino porque se le acusaba de que ese cambio había sido una ventaja para que fuera campeona.

En 1919 vino otra ‘revolucionaria’: Suzanne Lenglen, quien también ganó en Wimbledon en ese año, pero desde la perspectiva de Jones, dejó algo más que el título en la cancha: “ella no solo jugó. Ella actuó e ideó los movimientos más singulares. Saltaría por toda la cancha, nunca tratando de ser remilgada y correcta. Ella haría lo que fuera necesario para que la pelota pasara por encima de la red: contorsionar el cuerpo, cruzar la cancha a toda velocidad y lanzarse a por la pelota”.

Fue el inicio de una nueva era en la vestimenta: “Cuando el tenista francés Jean René Lacoste declaró: ‘Sin elegancia, jugar y ganar no son suficientes’, de alguna manera predijo lo que pasaría con la vestimenta en el tenis, pues atrás quedaron los atuendos incómodos y se empezó a usar una vestimenta que da libertad de movimiento, pero sin perder la sofisticación que el tenis representa, dando paso a lo que se llama la elegancia funcional y que es aplicada por todas las marcas deportivas que visten a los y las jugadoras”, analiza Ramírez, quien actualmente es el director de comunicación del Abierto GNP Seguros en Monterrey.

La transformación del tenis tiene otro impulso importante en 1957 cuando Althea Gibson se convirtió en la primera afroamericana en ganar Wimbledon y abrió un legado que llegó a un récord en el US Open de 2020, cuando hubo 12 tenistas de raza negra en competición, algo que no había ocurrido.

La multiculturalidad, los resultados exitosos y las personalidades de las jugadoras actuales han permitido a las marcas como Nike, Gucci y Lacoste explorar nuevos diseños, colores y campañas comerciales. Según expertos, es una mezcla de comodidad para ejercer la actividad física y de glamour para ser visualmente atractivas.

En el caso de las mujeres en la actualidad, ¿sus atuendos han sido modificados por comodidad deportiva o para ser visualmente más atractivas?

“La mercadotecnia tiene mucho que ver en los outfits de las tenistas, pero las marcas deportivas no han dejado a un lado la comodidad en el juego. Por ejemplo, en 2017, Maria Sharapova jugó el US Open con una vestimenta inspirada en vestidos de noche, hasta con pedrería, pero al mismo tiempo le daba la comodidad suficiente para realizar sus mejores golpes, y ese es el objetivo de las marcas deportivas, de que las tenistas se vean atractivas, pero al mismo tiempo no demerite en su juego. Y el tenis se ha adaptado, pues salvo Wimbledon, que solo acepta que predomine el blanco en el vestuario, ningún torneo prohíbe explícitamente el uso de cualquier tipo de vestido, short, falda, blusa y hasta mallas, como el caso de Serena Williams y su vestido ajustado de una sola pieza que utilizó en el Abierto de Australia de este año”, responde Ramírez.

No obstante, aún hay reticencias en algunos eventos. En 2018, durante el Abierto de Francia, Serena Williams levantó polémica por vestir un traje completo en color negro que la hacía sentir “como una princesa guerrera, siempre quise ser una súper heroína y esta es mi forma de serlo”, a lo que Bernard Giudicelli, presidente de la Federación Francesa de Tenis, respondió: “creo que hemos ido demasiado lejos. (El traje de Serena) ya no será aceptado, hay que respetar el juego y el lugar”.

En ese mismo año, la francesa Alize Cornet fue sancionada en el US Open por el juez de silla, Christian Rask, por quitarse la blusa rápidamente al darse cuenta de que la tenía al revés, mientras que los hombres pueden hacer esto sin ninguna infracción de por medio. “¿Violación de qué? ¿En serio?”, dijo la tenista al momento de la sanción.

La organización del Abierto de Wimbledon, por su parte, ha establecido en sus códigos de vestimenta que el blanco debe ser el prioritario y aclara tajantemente: “el blanco no incluye el color blanquecino ni el crema”.

Pero la industria y sus personajes continúan en transformación: “Naomi Osaka y Roger Federer son un vivo ejemplo de la mercadotecnia aplicada en el tenis. La japonesa se convirtió el año pasado en la deportista mejor pagada del mundo y mucho tiene que ver su origen multiétnico que ha sido muy bien aprovechado por sus manejadores de imagen que hicieron que ganara 30 millones de dólares sólo por contratos de patrocinios, mientras que Federer ha habido ocasiones en que no ha jugado un torneo en todo el año y aun así ha ganado 60 millones de dólares por ser imagen de diversas marcas”, finaliza Alfredo Ramírez.

fredi.figueroa@eleconomista.mx