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Capital Humano

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Pon a prueba tus prioridades

Priorizar no consiste en declarar qué es importante, sino en demostrarlo con el uso del tiempo, la atención y las decisiones, especialmente cuando elegir implica renunciar a algo más.

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Priorizar no consiste en declarar qué es importante, sino en demostrarlo con el uso del tiempo, la atención y las decisiones.FOTO: Shutterstock.

Arianna Prasio

Stephen Covey escribió: “Lo más importante es que lo más importante sea lo más importante”. Se trata de un juego de palabras cuyo entendimiento tal vez no implique un gran reto, pero –quizá–- sea una de las ideas más difíciles de llevar a la práctica.

Todos sabemos decir qué es importante para nosotros: la familia, la salud, nuestro equipo, el desarrollo de las personas, la estrategia, los clientes, tener tiempo para pensar, construir relaciones, vivir mejor… el problema comienza cuando dejamos de escuchar lo que decimos y observamos lo que hacemos. ¿Es congruente?

Porque las prioridades tienen una característica incómoda: no se demuestran en el discurso; se revelan en la forma en que utilizamos nuestros recursos escasos.

Y probablemente los tres más escasos sean nuestro tiempo, nuestra atención y nuestra capacidad de decidir. Por eso existe una prueba muy sencilla para saber cuáles son nuestras verdaderas prioridades: mirar nuestra agenda.

Si digo que mi salud es una prioridad, ¿qué espacio ocupa en mi semana?

Si digo que mi familia es lo más importante, ¿recibe mi mejor tiempo o solamente el que queda disponible?

Si como líder digo que desarrollar a mi equipo es fundamental, ¿cuántas conversaciones de desarrollo tuve este mes?

Si aseguro que necesito pensar estratégicamente, ¿cuántas horas de mi agenda están realmente destinadas a pensar y cuántas a reaccionar?

Y si digo que determinado proyecto es crítico para la organización, ¿mis decisiones reflejan esa urgencia?

La agenda tiene poca tolerancia para las buenas intenciones. Pero hay una segunda prueba todavía más interesante: observar qué estamos dispuestos a sacrificar cuando dos prioridades compiten entre sí.

Mientras todo cabe, priorizar es relativamente sencillo. El verdadero orden aparece cuando hay que elegir.

  • Cuando una reunión importante coincide con un compromiso personal.
  • Cuando atender una urgencia significa cancelar el espacio destinado a pensar.
  • Cuando decir sí a una nueva iniciativa implica quitar recursos a otra.
  • Cuando una oportunidad atractiva amenaza con distraernos de aquello que habíamos definido como estratégico.

Es ahí donde las prioridades dejan de ser declaraciones y se convierten en decisiones. Tal vez por eso uno de los mayores problemas de las organizaciones no sea la falta de prioridad/es, sino el exceso de ellas.

Todo es estratégico.

Todo es urgente.

Todo tiene que suceder este trimestre.

Todos los proyectos son importantes.

Pero si todo es prioridad, nada lo es. Priorizar significa necesariamente renunciar. Decidir qué merece recursos también significa decidir qué no los recibirá. Elegir dónde poner atención implica aceptar conscientemente dónde no ponerla.

Y eso requiere disciplina. Existe incluso una tercera prueba: preguntarnos qué ocupa nuestra mente cuando nadie nos está diciendo qué atender.

Porque nuestra atención también tiene agenda. Podemos pasar horas resolviendo asuntos pequeños porque nos producen la satisfacción inmediata de sentirnos productivos, mientras postergamos una conversación difícil, una decisión importante o un problema estratégico que requiere profundidad.

Estar ocupado y estar enfocado no son lo mismo. Quizá valga la pena hacer periódicamente una auditoría personal de prioridades.

Tomar las tres cosas que hoy afirmamos que son más importantes y confrontarlas con tres evidencias: nuestra agenda, nuestras decisiones y nuestra atención.

  • ¿Dónde estuvo mi tiempo?
  • ¿Qué elegí cuando tuve que escoger?
  • ¿Y qué problema recibió mi mejor energía mental?

Puede que las respuestas coincidan con aquello que decimos que es importante. Pero también puede que descubramos algo incómodo: que nuestras verdaderas prioridades son otras. Y entonces aparece una última pregunta.

Si alguien observara solamente mi agenda y mis decisiones de las últimas semanas, sin escuchar una sola palabra de lo que digo, ¿podría identificar correctamente qué es lo más importante para mí?

Porque quizá Covey tenía razón. El verdadero reto no es saber qué es importante. Es conseguir que, efectivamente, lo más importante siga siendo lo más importante.

Arianna Prasio

Directora de Gestión de Talento en Prosa. Experta en transformación organizacional, cultural y de gestión del cambio con 20 años de experiencia en Recursos Humanos. Le apasiona el desarrollo profesional de las personas; promueve su bienestar y felicidad en el lugar de trabajo.

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