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Bistronomie

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Ribera del Duero: cómo su estrategia convirtió a la región en una marca global del vino

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No es solo vino: es una estructura que combina tradición, estrategia y decisiones para convertir una región en una marca global.

Diego López

En la mesa, el vino suele explicarse por sí solo. Se habla de notas, de añadas, de uvas y de terroir, pero pocas veces se mira hacia el otro lado de la copa: ese espacio donde no hay barricas ni viñedos, sino decisiones, presupuestos, tensiones y acuerdos que terminan definiendo su valor en el mercado. Ahí es donde realmente se construye el prestigio de una región, y donde el vino deja de ser solo bebida para convertirse en una industria que exige orden, visión y estrategia.

En Ribera del Duero, una de las denominaciones más reconocidas del mundo, ese trabajo descansa en una dupla que no siempre se ve, pero que lo define todo: el presidente y el director general. Enrique Pascual García y Miguel Sanz Cabrejas no solo representan cargos administrativos, representan dos formas de entender el vino que, al encontrarse, lo convierten en narrativa, producto y valor económico en el mercado global, y hablaron en exclusiva para Bistronomie. 

Dos historias que explican una misma industria

El presidente nació entre viñas. Para él, el vino no es una elección profesional, es una herencia cultural profundamente arraigada. "Desde pequeño formaba parte de la vida diaria", se desprende de su historia, donde el vino era parte de la mesa, del campo e incluso de la infancia. Esa relación íntima le da algo que no se puede aprender en una oficina: sentido de pertenencia y una defensa casi natural del origen.

Del otro lado está el director general, quien llegó desde una lógica completamente distinta. Su vínculo con el vino no fue heredado, fue construido. "Vi una oferta de empleo… y pensé: ese puesto tiene que ser para mí", recuerda sobre el momento en que decidió entrar a la industria. No buscaba únicamente un trabajo, buscaba desarrollar su carrera en un sector que le apasionara, pero también que le exigiera construir estructura donde aún no existía.

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Viñedos Ribera del DueroCortesía

Esa diferencia de origen es lo que termina fortaleciendo la relación. Mientras uno entiende el vino desde la raíz, el otro lo entiende desde su proyección.

Cuando el problema no es el vino, sino cómo venderlo

La historia reciente de Ribera del Duero no se explica únicamente por la calidad de sus vinos, sino por la capacidad de resolver una debilidad estructural que pocas veces se menciona en la narrativa gastronómica. La región sabía producir grandes vinos, pero no tenía una estrategia clara para posicionarlos en el mercado.

"Ribera sabía hacer grandes vinos, pero no sabía vender", reconoce con claridad quien hoy lidera la parte operativa. Esa frase resume uno de los mayores retos de cualquier industria gastronómica: transformar calidad en valor percibido.

Hoy, la denominación agrupa más de 300 bodegas y produce cerca de 90 millones de botellas al año, una cifra que no solo habla de volumen, sino de complejidad operativa. No se trata de una sola marca, sino de un ecosistema donde conviven vinos accesibles con etiquetas de alto lujo, todos bajo una misma identidad que debe ser coherente ante el consumidor.

Construir ese mensaje común sin borrar las diferencias es, probablemente, una de las tareas más sofisticadas dentro del mundo del vino. 

Gobernar una denominación: entre el control y la reputación

El trabajo del Consejo Regulador no ocurre en una bodega, ocurre en la intersección entre la calidad y la confianza. No vende vino, pero define su valor. No produce etiquetas, pero determina quién puede usar el nombre de la región y quién no.

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Ribera del DueroFreepik

"Si no cumplen, no pueden llamarse Ribera del Duero", es una de las afirmaciones que deja claro el peso de esta institución. Detrás de cada botella hay un sistema de verificación que asegura que lo que llega al mercado cumple con estándares técnicos, agrícolas y sensoriales.

Pero la tarea no termina ahí. También implica construir una narrativa que funcione en mercados globales, donde un consumidor puede enfrentarse a miles de opciones en segundos. "Un consumidor tarda unos 15 segundos en tomar una decisión", explican desde la lógica comercial.

En ese breve momento, toda la estructura administrativa, la inversión en promoción y el trabajo colectivo de una región tienen que traducirse en una sola cosa: confianza.

La mancuerna que convierte una región en marca global

Es aquí donde la relación entre presidente y director general adquiere su verdadera dimensión. No se trata solo de dividir funciones, sino de sostener una visión común desde perspectivas distintas.

El presidente aporta legitimidad, historia y una conexión directa con el origen del vino. Es quien entiende que detrás de cada botella hay una tradición que no puede perderse. El director general aporta orden, estrategia y capacidad de ejecución en mercados internacionales, donde competir implica mucho más que tener un buen producto.

Juntos, han logrado que una denominación relativamente joven —con apenas 43 años de historia— compita en mercados donde otras regiones tienen siglos de ventaja. Hoy, Ribera del Duero tiene presencia en países como Estados Unidos, México, China y diversas economías europeas, consolidando una estrategia que combina promoción, educación y posicionamiento.

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vino itaFreepik

Pero ese crecimiento no es casual. Es resultado de decisiones constantes sobre cómo invertir recursos, qué mercados priorizar y cómo comunicar una identidad que sea reconocible sin importar el país. 

El vino como proceso humano y administrativo

En medio de cifras, estrategias y mercados, hay un elemento que atraviesa toda la conversación: la vocación. Porque dirigir una denominación de origen no es simplemente administrar un presupuesto, es sostener una promesa colectiva.

"El mejor vino es el que está aún por hacer", dicen cuando se les pregunta por una etiqueta favorita, y en esa frase hay más que una respuesta elegante. Hay una filosofía de trabajo que combina exigencia, evolución y compromiso con el futuro.

Ese es, quizá, el punto donde la gastronomía y la administración se encuentran. El vino no solo se produce en el campo, también se construye en las decisiones que lo llevan al mundo.

Al final, lo que llega a la copa no es solo vino. Es el resultado de una estructura que funciona, de una mancuerna que equilibra tradición y estrategia, y de un trabajo constante que busca que cada botella represente, con precisión, el lugar del que viene.

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