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El molcajete: Quién fabrica el utensilio de piedra que la licuadora no ha logrado desplazar

En comunidades de Michoacán y Guanajuato todavía hay familias que extraen piedra volcánica, la cargan desde el cerro y la trabajan hasta convertirla en uno de los utensilios más reconocibles de la cocina mexicana.
El molcajete empieza como una decisión sobre la piedra. En San Nicolás Obispo, Morelia, lugar especializado en este trabajo, los artesanos buscan el material en los cerros del Águila y del Remolino y en una zona conocida como El Sótano. No basta con desprender cualquier fragmento de roca volcánica: se revisan tamaño, consistencia y porosidad porque esas características determinarán después cómo se comportará el utensilio al triturar chile, semillas, ajo o jitomate.
Encontrar el material adecuado puede tomar días, semanas e incluso meses. La piedra de la zona tiene una porosidad intermedia: suficientemente rugosa para generar fricción durante la molienda, pero no tan abierta como para favorecer filtraciones o acumular residuos grandes. La selección forma parte de un conocimiento técnico que en octubre de 2025 quedó documentado incluso en términos legales, cuando el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial otorgó protección a la Indicación Geográfica Molcajetes de Piedra Volcánica de San Nicolás Obispo.
La declaratoria permite observar el oficio sin reducirlo a una imagen inmóvil del artesano frente al cincel. Reconoce tres categorías de producción: molcajete cien por ciento artesanal, fabricación manual-mecánica y talla mecánica.
La piedra continúa seleccionándose y trabajándose bajo criterios aprendidos en la comunidad, pero tornos, esmeriles y pulidoras forman parte de algunos talleres.
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Molcajete
En San Nicolás Obispo había, al comenzar 2026, más de 40 artesanos dedicados principalmente a la fabricación de molcajetes. El trabajo se ha diversificado hacia metates, salseros, comales, filtros de agua y objetos ornamentales, mientras la Feria del Molcajete abrió un canal adicional para exhibición y venta.
La especialización permite entender que detrás de un utensilio disponible hoy en mercados, restaurantes o tiendas en línea existe una pequeña cadena productiva que comienza varios kilómetros antes del taller.
Sacar piedra para poder vender un molcajete
A unos 300 kilómetros de ahí, Comonfort ofrece otra fotografía del mismo oficio. En el Ejido Camacho, Guanajuato, Jaime Olalde González busca la piedra con la que fabrica molcajetes desde hace más de 35 años. Aprendió de su padre y trabaja junto con otros integrantes de una familia vinculada durante décadas a la talla. En esta zona, la roca puede encontrarse en bloques de varias toneladas que deben perforarse, fracturarse y reducirse antes de ser trasladados al taller.
El proceso conserva una parte física difícil de sustituir. Para fragmentar los bloques se utilizan cincel, martillo y, cuando el tamaño lo exige, pólvora. En una jornada, los hermanos Jaime y Heriberto Olalde necesitaron cerca de tres horas para trabajar una roca en el cerro, dividirla en piezas transportables y subir el material a una camioneta. Una piedra de aproximadamente cuatro toneladas puede rendir alrededor de 500 molcajetes de ocho pulgadas, la medida de mayor salida comercial en la zona.

Molcajete
El molcajete todavía no existe cuando la piedra llega al taller. Hay que retirar material, definir el recipiente, abrir la concavidad, formar las patas y corregir bordes. Después se selecciona otro fragmento para fabricar el tejolote. En la demostración de los Olalde, el moldeado de una pieza tradicional tomó unos 45 minutos, sin contar las horas empleadas en conseguir y transportar la materia prima.
El trabajo manual convive con una pulidora eléctrica utilizada para afinar determinadas zonas; lo decisivo sigue siendo saber cuánto material retirar y en qué dirección trabajar para no fracturar la pieza.
Los talleres de Comonfort producen en conjunto alrededor de 1,600 molcajetes a la semana, unos 6,400 mensuales, y que parte de esa producción se dirige a Estados Unidos y China. La dimensión comercial contrasta con otro dato del mismo municipio: hace dos años se contabilizaban más de 80 molcajeteros y a principios de 2026 quedaban 27. Algunos dejaron el oficio para emplearse en fábricas de Celaya, Querétaro o San Miguel de Allende, donde encuentran prestaciones laborales y un ingreso menos sujeto al volumen que puedan fabricar y vender.

Molcajete
Heriberto Olalde produce alrededor de 15 piezas semanales y reportó un precio de venta de 180 pesos por unidad; Jaime fabrica aproximadamente 20 y las vende en 350 pesos. El precio no corresponde únicamente a los minutos que transcurren frente a la piedra ya cortada. Antes hubo que encontrar el banco, extraer material, fragmentarlo y llevarlo hasta el lugar de trabajo. Heriberto, que no tiene camioneta, recorre cerca de una hora hasta el Ejido Camacho y utiliza un burro para transportar la piedra.
El problema para la continuidad del oficio no parece ser, por tanto, la desaparición del objeto. Hay compradores y existen mercados externos; lo que se ha vuelto menos competitivo es el trabajo necesario para producirlo frente a otras opciones laborales. En Comonfort, el dato de producción mensual y la caída en el número de fabricantes conviven en el mismo momento: se siguen vendiendo miles de piezas, pero son menos las personas dispuestas a hacerlas.



