En una entrevista televisada hace algunos meses, horas antes de su quinto informe, Felipe Calderón dijo con inocultable candor: A veces, hay ciertos detalles de gobierno que son como pesadilla , y para explicarse mejor agregó: Uno mueve una mano en el sueño y no se mueve, o dispara un arma y no se dispara y tira un puntapié y no ocurre nada .

No fue mera casualidad que el Presidente recurriera a esa analogía onírica, ya que por entonces el país vivía uno de los tantos episodios de enorme tensión política de los últimos años.

Lo curioso fue que en un instante de espontaneidad las cámaras captaron un gesto, acompañando las palabras del Primer Mandatario de la nación, que revelaba parte de la gravedad del conflicto humano subyacente.

Se trataba, ni más ni menos, que de la exposición pública de la tremenda dificultad personal del Presidente -en esos momentos- para poder cumplir con su visión particular de cómo debería gobernar el país.

Joaquín López-Dóriga -en su papel de incisivo entrevistador- había provocado que el curso del pensamiento del entrevistado descarrilara el guión preestablecido y, de manera inusual, expresara su íntimo sentir ante millones de espectadores. El Presidente develó algo de su inconsciente.

Aun cuando en sentido estricto no se trataba de la narración de un sueño, la descripción del avance de una mano que se imbrica con el fallido intento por disparar un arma o por dar una patada, concentra imágenes que sin dificultad pueden leerse como la secuencia mental de una probable acción que precede a la violencia inminente.

La analogía describe movimientos corporales que tendrían que desplegarse ante peligros reales o imaginarios. Es imposible saber si su propósito era atacar o defenderse. No obstante, el fracaso de la acción refleja lo crítico de la experiencia y la urgencia por solucionarla.

El carácter pesadillesco deriva precisamente de la sensación de impotencia al estar actuando sin obtener los resultados esperados. A pesar del tremendo esfuerzo, nada de lo previsto parece estar sucediendo como debiera, nada ocurre de acuerdo con el plan establecido. De ahí pudiera desprenderse quizás aquel enojo que supuestamente embargaba al Presidente y sobre el que tanto machacó López-Dóriga durante la entrevista.

El que podamos conocer algo de lo que nuestros gobernantes realmente piensan y sienten, más allá del rígido cartabón, no debiera ser un asunto menor en una sociedad democrática. Existe una percepción de hartazgo ante discursos artificiosos que dejan muy poco o ningún margen a la realidad.

La investigación científica ha logrado ya identificar qué áreas del cerebro se inhiben (disminuye el consumo de oxígeno y el metabolismo de glucosa) al estar improvisando o inventando. Estas zonas cerebrales son las mismas que reposan durante el sueño, la meditación y la hipnosis.

Debería legislarse para que -antes de votar- los ciudadanos tuviéramos libre acceso a las imágenes cerebrales de quienes aspiran a gobernarnos.

Así sabríamos con un grado razonable de confianza qué áreas se activan (o desactivan) cuando los políticos esconden -o creen decir- la verdad.