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Arte e Ideas

Lectura 3:00 min

Una comedia perfecta en una cajita de melancolía

El Gran Hotel Budapest es un mecanismo perfecto de comedia.

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Dicen que uno no debe hablar de estas cosas pero se los digo: es más fácil hacer reseñas negativas. Cuando al crítico le gusta mucho lo que ve se le llena la cabeza de ideas que no necesariamente sirven a la hora de escribir.

Esta es una reseña positiva. Muy, muy positiva. Me siento como niña y quiero contarlo todo de El gran hotel Budapest, la cinta más reciente del genial Wes Anderson. Y entonces... Y luego llegan unos... pero Ralph Fiennes se escapa... y luego Adrien Brody y Willem Dafoe... y que sale Bill Murray y y y . Imagínenme sin aire. Quiero contarles todo.

Y es que El Gran Hotel Budapest es una pieza a la vez sabrosa y delicada. Una comedia envuelta en nostalgia. Es como un juguete complicado en el que cada pieza cumple su función y cuando está en acción es perfecto.

Todo empieza con una historia dentro de una historia dentro de otra historia. Un celebrado autor (Tom Wilkinson) narra como en su juventud (Jude Law) conoció la historia del Gran Hotel Budpest.

El país de la melancolía debe ser Europa central, con sus castillos, sus nobles empolvados y su grandes hoteles, los spa originales, esos que aparecen en los textos de Thomas Mann y Stefan Zweig.

Uno de esos hoteles es el Gran Hotel Budapest, ubicado en los montes de una república con nombre de vodka. Un edén del lujo, la salud y el buen gusto. Al frente, un concierge de fábula: Monsieur Gustave H, interpretado en toda su gloria por Ralph Fiennes.

Gustave H es un hombre de categoría sin igual, ejemplo de elegancia. Camina erguido, nunca va sucio y es uno de los hombres más perfumados que han existido. Su colonia se llama L’Air du Panache, el aire del garbo, de la grandeza.

Monsieur Gustave es famoso por complacer a todos sus aristocráticos huéspedes temporada tras temporada. Sobre todo a las condesas, marquesas y duquesas de cierta edad. Verán, además de todo, Monsiuer Gustave H. es un amante de antología.

Una de sus amantes es Madame Villenueve Desgoffe und Taxis (Tilda Swinton casi irreconocible) una viuda de 80 años. Es la muerte de la madame y el robo de un cuadro invaluable el que pondrá a Monsieur Gustave a huir de la policía, y de la furia de Dmitri (Adrien Brody) el malvado heredero, acompañado siempre del vampiresco Jopling (Willem Dafoe).

Pero Monsieur Gustave no está solo. Contando la historia y acompañando como escudero al concierge va Zero, un botones que sólo conoce la lealtad. Zero está enamorado de Agatha (Soirse Ronan), una valiente pastelera que tiene un lunar en la mejilla en forma de México.

Persecusiones, actos de escapismo, estrellas en papeles secundarios y mucho L’Air de Panache completan la historia.

Wes Anderson se dice en deuda con los textos de Stefan Zweig. La literatura de Zweig, olvidada por varias décadas, seguramente tendrá un repunte gracias a la cinta. Yo no he leído nada del austriaco pero estoy tan fascinada con la obra que inspiró que no me perderé la oportunidad de echarle un ojo a su obra.

Pero libros aparte, El Gran Hotel Budapest es una experiencia tan placentera que ya me voy a verla otra vez. Adiós.

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